miércoles, 19 de junio de 2013

LA CALLE DE LOS BESOS


            No sabía si realmente me gustaba aquel hombre, o simplemente estaba deslumbrada por su planchado traje de ejecutivo y su sonrisa perfecta, pero lo cierto es que, cuando mi teléfono sonó y vi su número en la pantalla, descolgué. Pude hacer lo que otras veces, silenciar el aparato y no contestar a sus llamadas dejando que se aburriese de insistir, pero aquella vez contesté y acepté esa cena.

            Las recepcionistas de hotel estamos hartas de ver citas clandestinas entre hombres como ese y mujeres que entran con gafas de sol y guardando el aro de casadas en el bolso; por eso siempre fui reticente a quedar con ninguno de los huéspedes fuera del trabajo, pero la verdad es que aquel hombre, cuando venía a Barcelona, se hospedaba siempre en el mismo hotel del Ensanche donde yo atendía la recepción, y jamás lo vi con compañía alguna ni nadie preguntó por su número de habitación. Se quedaba una noche, dos a lo sumo, y nunca se sabía cuándo iba a volver.

            Siempre tenía una broma para mí al llegar y un “gracias por todo” cada vez más afectuoso al marcharse. Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero a medida que pasaban los meses su predilección por mí se fue haciendo cada vez más patente, hasta las camareras de planta murmuraban a sus espaldas. Cotilleé su ficha: era de Madrid. Su maleta solía llevar, al llegar, la etiqueta de facturación de alguna compañía aérea.

            “He venido a Barcelona docenas de veces, y nunca he salido a ver la ciudad por la noche. ¿Usted me acompañaría a cenar mañana?” Desconcertada, pero con el corazón al galope, anoté mi número en el reverso de una tarjeta del hotel y se lo di con discreción. Las relaciones personales con los clientes están mal vistas en los establecimientos de más de cuatro estrellas.

            Después de aquella llamada me arreglé con cuidado: ni muy provocativa, ni monjil. Ni excesivamente elegante, ni demasiado informal. Ni muy pintada, ni demasiado discreta. Ropa interior sexy, perfume de los de noventa euros le frasquito (olvidado por una clienta del hotel, mi sueldo no da para tanto), y un recogido que dejaba caer mechones locos sobre mi nuca, algo a lo que los ejecutivos de traje y corbata difícilmente se resisten.

            Cenamos en un restaurante del Paseo de Gracia, y después paseamos por Las Ramblas, el barrio gótico… Iba traduciéndole los nombres de las calles, escritos en catalán, y los carteles que no entendía, mientras charlábamos de todo un poco. Los dos íbamos estrechando el cerco sobre el otro con cuidado, en una suerte de cortejo nupcial que ambos sabíamos cómo acabaría. Era terriblemente atractivo, culto, elegante, caballeroso, atento. El sueño de cualquier chica.

            Pasamos por el Carrer dels Petons, hacia el que yo hábilmente le había conducido como por casualidad. Me preguntó qué significaba aquel nombre. “Calle de los besos”, susurré junto a su hombro. Era el momento, mi momento de expresión inocente y labios entreabiertos que él no pudo resistir besar como un adolescente huracanado.

            Cogimos un taxi para ir hasta mi piso, en Hospitalet de Llobregat. El taxista casi nos echa del vehículo por olvidar el decoro, y no le culpo; traté de darle conversación para mantener controladas su boca y sus manos hasta el final del trayecto, porque supuse que el pobre conductor estaría pasando bastante apuro, y ahí fue donde todo se estropeó.

            Le pregunté a qué se dedicaba. Era obvio que él conocía mi profesión, pero yo no sabía nada de la suya. “Soy ejecutivo de banca. Pertenezco al consejo de administración de una gran entidad que acaba de fusionarse”. Adivinó por la expresión de mi cara lo que iba a decirle. Puede que no fuera la primera vez que lo escuchaba.

            Me bajé del taxi yo sola, y él volvió al hotel. Puedo ser muchas cosas, pero… ¿acostarme con un banquero? ¡Ni hablar! Que una es pobre, pero tiene su dignidad.

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