jueves, 20 de junio de 2013

LA SUPER-LUNA


            Nunca había oído que ese fenómeno pudiese existir. Tampoco es que yo sea una estudiosa de los temas astronómicos ni nada parecido, pero no me sonaba de nada eso de la “super-luna”. Para mí, la luna no era más que un trocito de luz suspendido en el cielo nocturno, una roca sujeta a que el sol le cediese algo de brillo y la propia Tierra fuese variando su sombra sobre ella para mostrarlo todo, o solamente una parte de su anatomía.

            No he sido tampoco mujer crédula en brujerías, supersticiones y creencias populares de las que se atribuyen a la luna, de modo que no me fijaba en ella más que lo imprescindible. Me daba igual cortarme el pelo o las uñas en creciente o en menguante, mis ciclos tampoco los observaba comparándolos a los suyos, siendo para mí lo de la coincidencia de fechas y fases un mero hecho casual. Por eso, cuando aquella anciana me abordó en la calle y me dijo aquello, no le hice mucho caso.

            “Parirás mañana, con la super-luna”, me dijo. Cierto era que yo no tenía más que ganas de dar a luz y ver por fin la cara de mi bebé, pero me faltaba una semana para salir de cuentas, de modo que el día siguiente era una fecha tan probable como el siguiente, o el siguiente del siguiente, o esa misma noche. Tampoco sé qué le indicó a aquella mujer que yo estaba ya casi a término, porque no soy de las que se ponen redondas con los embarazos, y mi tripa era, por fuera, más bien discretita comparada con otras que he visto. “No creo en esas cosas, señora” le dije para no ser maleducada y marcharme sin siquiera contestarle.

            Era pequeña y enjuta, arrugada como una pasa y con el pelo muy blanco. Blanco lunar. Su vestido, demasiado grande y repleto de amapolas, le daba el aspecto de una lunática recién levantada de una larga siesta. Su mano sarmentosa se acercó a mi vientre con la palma vuelta hacia arriba, como pidiendo limosna. Instintivamente, me aparté. No quería que me tocase.

            “Tranquila, mujer, que no voy a hacerle daño a tu niña. Deberías creer en la luna, ella es la que rige todo lo femenino del mundo: las hembras, las mareas, la savia de las plantas… Los partos se desencadenan cuando ella cambia, los pájaros emigran, los bancos de peces van y vienen, y es ella quien los obliga. Tú parirás mañana, y tu hija llevará mi nombre, que es el mismo que el suyo: Selene”.

            A mí todo aquello me empezó a dar escalofríos. ¿Cómo sabía aquella mujer que mi bebé era una niña? ¿Qué le hacía pensar que alumbraría al día siguiente, coincidiendo con la super-luna? Y, sobre todo, ¿Selene? El nombre sonaba siniestro en labios de aquella especie de hechicera de las amapolas que me miraba fijamente con sus ojillos de roca milenaria. “La super-luna solamente es un disco grande en el cielo. Y yo pariré cuando lo que llevo dentro quiera o los médicos decidan, de modo que tenga una moneda y deje de molestarme”, le dije, intranquila. Ella se guardó los cincuenta céntimos y sentenció: “cuando ella diga que la marea en que flota tu hija debe moverse, se moverá sin que tú puedas pararla. Pero no te apures, que todo irá bien”. Y se alejó después de enseñarme su sonrisa desdentada. Aquella noche no dormí, y durante todo el día siguiente me vigilé por si notaba algún síntoma.

            Di a luz cinco días después de la famosa noche de la luna gorda, en pleno cuarto menguante, y le puse a mi hijo Pablo, como su padre y su abuelo. No volví a ver a la anciana del pelo blanco, pero confío en que alguna institución psiquiátrica se haya hecho cargo de ella. Hay cada loco suelto por ahí…

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