lunes, 17 de junio de 2013

LAS DUDAS DE DARÍA


            Desde que comenzó su andadura en el complicado mundo de las relaciones humanas, Daría no levantaba cabeza. Iba de fracaso en fracaso, de decepción en decepción, y no entendía por qué. Ya en la guardería era capaz de regalar su chupete, el babero y hasta los pañales de reserva que llevaba en su bolsa a los otros niños, volvía a casa sin nada, pero tampoco podía decir que entre sus compañeros de aula infantil tuviera ningún verdadero amigo. Esto le siguió pasando en el colegio, donde a veces se quedaba sin almorzar por repartir su bocadillo y regalar su zumo a sus “amigas”, para luego encontrarse con que, a la hora de jugar a la cuerda en el patio, nadie quería ser su pareja.

            Peor aún fue la adolescencia; a pesar de que siempre prestaba los apuntes, sus libros y sus discos, nadie quedaba con ella para estudiar, y al final hacía los trabajos en grupo siempre con alguno de los llamados “marginados” del instituto, entre los que ya era una más. Y Daría se preguntaba cuál era la razón. Daba cuanto tenía a quien se lo pedía, y más daría si más tuviera, pero su generosidad no era entendida ni apreciada; quien necesitaba algo acudía a ella, y en cuanto obtenía los esquemas, el libro, o lo que fuera que buscaba, desaparecía y no quería más tratos con la pobre chica.

            Terminó de crecer igual de cálida y generosa, pero bastante triste. Aunque, eso sí, el patito feo de la pubertad devino en cisne, de modo que los moscones pronto revolotearon a su alrededor, pasando lo que tenía que pasar: que al final se enamoró de uno de ellos. Y Daría, tan confiada como siempre, tan desprendida, entregó en esa relación todo cuanto era. Le llenaba de atenciones, aprovechaba todo su tiempo libre para ir a verle… Aún él no había dicho “agua quiero” y ella ya estaba construyendo un pozo. Se volcó del todo, lo apostó todo, porque así era su carácter y así la habían parido. Pero él solamente quería una chica mona con quien salir cuando le apeteciera, que no era siempre. Algún rato, alguna copa, un retoce de vez en cuando, pero nada más. Nada de planes, ni de compromisos, ni de entrega. “Me agobias”, le dijo. Y Daría recibió la bofetada con la mejilla izquierda de su corazón y lloró hasta que se vació por dentro.

            Le pasó tres veces más, y no aprendía. Se enamoraba, lo daba todo por él, e invariablemente terminaba abandonada, con el músculo del querer apaleado y la sensación de haber sido estafada de nuevo. Llegó a dudar si la culpa era suya, si querer no implicaba darlo todo sino sólo un poquito de uno mismo. Llegó a pensar que debía dar menos, ser menos Daría, esconder su generosidad para no quedarse sola. Dudó entre ser egoísta y perder la esperanza. Solamente cuando encontró alguien hecho de su misma pasta logró definitivamente afirmar que, de verdad, se sentía amada. Con Duero todo era fácil: las flores eran respondidas con flores y no con sonrisas de compromiso, los poemas con poemas y no con burlas, los besos con besos plenos que no esquivaban su boca, las miradas profundas con miradas iguales y no con vistazos esquivos, el tiempo con tiempo y no con prisas, los síes con síes y no con excusas. Y descubrió que él tenía la mejilla derecha del corazón hecha callo de tanta bofetada recibida desde la infancia, de modo que de los dos miocardios hicieron uno solo, fuerte y curtido, y Daría pudo ser, por fin, feliz. A partir de entonces, le diera cuanto le diera, siempre recibiría otro tanto de vuelta, y ya no dudaría más.

            Daría y Duero siguen siendo igual de generosos con sus amigos y con la gente a la que van conociendo, pero han aprendido la lección: cuando alguien empieza con las excusas, los retrasos y los plantones, cuando el nivel de implicación no es el mismo entre ellos y esos amigos, o esos primos, o lo que sea, ya no dudan ni gastan energías. Cortan por lo sano, evitando una decepción mayor, y sólo vuelcan su cariño y su atención en quien sabe apreciarlos y corresponderlos.

            Más tarde o más temprano, todos aprendemos qué tenemos que hacer para ser más felices.

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