jueves, 13 de junio de 2013

LOS MATERIALES DEL AMOR


            La mujer le preguntó a Dios qué era el amor. Él le contestó que es cuando dos personas sienten que su mayor deseo es estar siempre una junto a la otra. Que cuando dos se aman, la mayor felicidad es compartir todos los momentos y todas las cosas, da igual si son buenas o malas, dulces o amargas, tiernas o duras: siempre serán de los dos.

            “¿Y cómo sabré si el otro siente lo mismo que yo?”, siguió preguntando la mujer. Dios le respondió: “porque te lo dirá”. “Pero, ¿y si miente?”, quiso saber ella. Él se encogió de hombros. “Tendrás que fiarte de su palabra”.

            La mujer, al cabo del tiempo, conoció a un hombre y se enamoró. Vio que, efectivamente, lo que más deseaba era compartir todo con él: el mantel y las sábanas, los días y las noches, la risa, las lágrimas, el frío y la canícula, el dinero y hasta el aire para respirar. Se lo dijo a aquel hombre, y él le contestó que quería lo mismo, que lo serían todo el uno para el otro mientras su pecho albergase el latido de la vida. Y decidieron casarse.

            Antes de hacerlo, la mujer volvió a entrevistarse con Dios. “¿Cómo sabré si mi matrimonio funciona bien?”, preguntó. Él le dio una balanza. “Este es mi regalo de bodas. Sobre ella viviréis, cada uno en uno de los platillos. Si dentro de diez años no ha cambiado el material del que está hecho vuestro corazón, estaréis a la misma altura. Si no es así, si uno de los dos está arriba y el otro abajo, significará que las cosas no han funcionado como debían”. Ella le dio las gracias por aquel presente y lo llevó al hogar que iba a compartir con el hombre al que amaba.

            Los dos esposos se subieron a la balanza y quedaron a la misma altura, porque sus corazones eran de carne palpitante, sangre caliente, miel y juventud, y se amaron durante un tiempo. Pero a medida que iban pasando los años ella iba bajando y él iba subiendo, y la mujer no hallaba la razón de aquel desajuste. “Si yo te sigo queriendo igual que antes, ¿cómo es que mi lado es ahora más pesado que el tuyo?”, le decía a su esposo. Y él contestaba: “eres tan buena y tan generosa que es normal que peses más”. Pero con el discurrir de los meses la diferencia cada vez se hacía mayor. “Eso es porque los hijos que me vas dando hacen que tu corazón se agrande para amarnos a todos”.

            Al término de los diez años, la mujer subió de nuevo a hablar con Dios. “Mi matrimonio no va bien, y no sé por qué. La balanza está descompensada, pese a que yo hago todo lo que puedo para que no sea así. Mi corazón no ha cambiado, ¿ves? Es de carne, sangre y miel, solamente se ha ido de él la juventud, pero en su lugar está la experiencia. ¿Qué ha cambiado en el suyo?” Dios no se lo dijo, pero le dio un espejito para que lo colocase frente al pecho de su esposo. Allí, en ese reflejo, vería los materiales de su interior y sabría la respuesta.

Aquella misma noche, mientras él dormía, ella miró al cristal y vio que lo que latía en aquel hombre era de plástico, mentiras y besos de otras bocas. El dolor fue tan intenso que su propio palpitar se hizo de plomo, y su platillo de la balanza cayó hasta tocar el suelo mientras el de él se elevaba hasta perderse por encima del tejado de su hogar.

Trabajosamente, la mujer fue a devolverle a Dios su regalo de bodas. “Mi matrimonio está roto, de modo que ya no necesitaré el presente que me otorgaste”. Él tronó: “¡Mujer ingrata! ¿No sabes que mi ley no permite el divorcio? Lo que yo he unido tú no puedes separarlo, aunque no te vayan bien las cosas. Si él ha mentido y te ha faltado, ya rendirá cuentas ante mí en el Juicio Final, pero tu deber de esposa es continuar a su lado”.

La mujer volvió a la Tierra, echó la balanza al contenedor del reciclaje y a su marido de casa, pidió el divorcio y se quedó con el piso, el coche y los niños. Cuando terminó los trámites le dijo a Dios: “Cuando una pierna se pudre hay que amputar para conservar la vida. Yo acabo de extirparme los cuernos. Dudo mucho que dejar consumirse mi existencia junto a alguien que no me quiere me haga mejor persona, de modo que apúntame el pecado de divorciarme en mi lista, porque de aquí al Juicio Final tengo aún muchas oportunidades de ser feliz”.

Y, dicho esto, buscó un campamento de verano para los niños y se fue en uno de esos “cruceros para singles” con la maleta llena de vestidos de fiesta.
 
 

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