lunes, 10 de junio de 2013

ME LLAMAN MALEDUCADA


            En el colegio aprendí muchas cosas. La primera fue que a los coles como el mío, del sistema público y situados en los barrios obreros de las grandes ciudades, no va ningún político a hacerse fotos. Si hay una gotera, se convive con ella. Si se rompe un grifo, hasta el curso siguiente puede que no sea reparado. No hay papel higiénico porque somos unos asilvestrados y lo malgastamos haciendo bolas, mojándolas y pegándolas al techo. Y si te toca en un aula con treinta enanos de tu edad, o te espabilas mucho o te quedas atrás, porque un profesor para tantos no puede atender a todos de forma personal. Los lentos se van quedando en las cunetas.

            La segunda cosa que aprendí es que, cuando coincides en una excursión a algún museo con los chavales de un cole “de los de uniforme”, vas a ser radiografiado por todos ellos, que ya desde bien chicos aprenden a distinguirse de los pobres, y te van a mirar como si tuvieras piojos. Claro, no es lo mismo polo del Corte Inglés y pantalón planchado con raya que chándal de oferta del Decathlón. Y que tus padres, que son limpiadores, tenderos, obreros de fábrica, peluqueros o camareros, trabajan para los suyos, que son abogados, arquitectos, cirujanos o asesores de algo.

            La tercera cosa que aprendí fue que mis armas eran el “por favor”, el “gracias”, el “buenos días”, los libros y mi cerebro, apoyados por mi esfuerzo. Y con eso tenía que labrarme un futuro.

            Comencé la carrera, y pude ir matriculándome gracias a las becas, a las propinas que mi abuela sisaba trabajosamente de su pensión (a costa, lo sé, de comer mucho más pollo que ternera, y muchos más macarrones que fruta fresca), a las horas extra pagadas en negro a mi padre en la fábrica, y a la porquería que mi madre quitaba de escaleras, portales y casas ajenas. Me partí los cuernos estudiando mientras los demás salían, pedí favores, recorrí bibliotecas, puse copas los fines de semana mientras los otros se las tomaban, y así fui afrontando tasas, libros, fotocopias, materiales de dibujo, la compra del ordenador, la cuota de internet en casa para poder avanzar.

            Han sido años muy duros, en los que he sudado para estar siempre la primera, o de las primeras. Nada de cervezas en el bar de la facultad, nada de fiestas, nada de nada, porque tenía pocos años para alcanzar mi meta, la economía de casa de mis padres no iba a sostenerme eternamente, y los títulos no los regalan. Que ni novio he tenido para no distraerme de mi objetivo. Pero lo conseguí: primera de mi promoción, premio especial del Ministerio de Educación por mis brillantes resultados. MIS brillantes resultados. MÍOS, pero también de mis profesores, de mis padres, de mi abuela, de mi cole de barrio obrero, de las becas que me concedieron.

            Hoy he recogido mi premio, y ahí también se distinguía a la perfección de dónde veníamos cada uno, como en aquellos museos de cuando pequeña en los que las trenzas perfectas y con lazos de aquellas niñas, y las rayas bien peinadas y engominadas de aquellos niños, contrastaban con los prendedores de mercadillo que llevaba yo, con mis zapatillas heredadas y mi chándal de parches en las rodillas. También ellos, los favorecidos, los que solamente se tuvieron que preocupar de estudiar, los de las universidades católicas, los colegios de pago y los profesores particulares, han venido a por sus premios. Ellos son como campos arados con potentes tractores, abonados con los mejores productos de última generación, sin un insecto ni una mala hierba gracias a carísimos fitosanitarios, regados con agua de manantial, y ahora recogen sus impresionantes lechugas. Nosotros, los de los pantalones vaqueros y las camisetas verdes, somos como terrenos cultivados en pendiente. En pendiente cuesta arriba. Arados a mano y con sudor, abonados con la basura recogida de los hogares, regados con agua reciclada y con la lluvia que nos ha querido caer, librados de las malas hierbas con azadón y callos en los dedos. Los caracoles que vinieron a roer nuestro esfuerzo nos los hemos cenado, y al final nuestras lechugas son tan impresionantes como las suyas. Menos numerosas, eso sí, pero igual de buenas.

            En esta ocasión los políticos sí vinieron a hacerse la foto. Concretamente uno que ha creído oportuno, viendo los resultados, encarecer las tasas, aumentar los alumnos por aula en los colegios públicos, quitar asignaturas que nos enseñaban a ser mejores personas para sustituirlas por doctrinas de fe, reducir las becas a la mitad, dar dinero a los coles en que separen los niños de las niñas, bajar el sueldo a los enseñantes públicos. Si yo, premio especial por mi expediente académico, tuviera que empezar a estudiar ahora, no podría hacerlo. Por muchas escaleras que fregase mi madre.

            Hoy he recogido mi diploma y me he negado a saludar al político. No le he insultado, no le he agredido, no le he escupido, pero tampoco le he dado la mano, ni dos besos, ni nada. No es mi amigo. Solamente es un señor que ha venido a cosechar el fruto de lo que plantaron y cultivaron otros. Curiosamente, un señor que pretende que, el día de mañana, las únicas lechugas que haya en el mercado sean todas lechugas pijas. Y me ha mirado desdeñoso, como si yo tuviera piojos, con la misma mirada de los niños de polo Corte Inglés y pantalón planchado con raya.

            Por negar ese saludo me llaman maleducada. Pero al menos no me siento hipócrita.
 

4 comentarios:

  1. Hola Susana, siempre te leo, porque me encantan tus historias. En este caso no puedo estar de acuerdo contigo. Yo fuí también a un colegio público, mis padres se esforzaron mucho para que estudiaramos mis hermanos y yo.Nos enseñaron a respetar a los demas y yo nunca me he sentido discriminada porque otros tuvieran mas que nosotros, claro que me hubiera gustado tener ciertas cosas, pero con el tiempo aprendes que no son tan importantes, que para ir a determinados actos tienes que cumplir las normas y si no, no vas,que hay muchas injusticias en el mundo, claro que las hay, pero si yo no me comporto correctamente ofendo a mis padres, porque ellos me enseñaron a comportarme correctamente. (ya se que sería una discusión muy larga, pero este no es el medio)
    Gracias por tu relato Susana.
    Un beso

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    1. Cuando estamos hablando de una persona que no se merece ni el más minimo respeto( más bien, casi que se merece la cárcel...), por mucho titulo que le hayan dado, ignorarle en un acto público no es un acto maleducado, es un gesto de dignidad. De hecho, los padres deberían estar orgullosos de que mantengas tu dignidad y tus principios.

      Tener educacion de más precisamente con quien la está destruyendo a 4 manos es irónico, ¿no crees? Con no haberle escupido ha quedado como una reina ;)

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    2. Me gusta escuchar distintas opiniones que no coincidan con la mia, por ver si me estoy equivocando en algo, (que muchas veces ocurre). Pero cuando no estoy de acuerdo con algo o alguien, no voy escupiendo a la cara ,ni queriendo meter en la cárcel a nadie, simplemente no me dejo manipular y opino libremente.

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  2. Hola Susana, precisamente me viene al pelo tu exposición, el otro día comentando con mi marido el futuro de mi hijo, que ahora tiene 12 años y empieza secundaria, llegamos a la conclusión que por muy buen estudiante que sea(que lo es), nosotros no nos vamos a poder permitir pagarle una carrera. Debes imaginarte, porque tú has pasado por ello, lo frustrados que nos sentimos al pensar que mi hijo y muchos como él se van a tener que quedar en la cuneta de un sistema educativo que sube tasas y deniega becas. Esto es totalmente injusto. Está visto que la cultura llegará a ser patrimonio de los ricos y nosotros la gente trabajadora no tenemos derecho a ella, pero si tenemos la obligación de contribuir con nuestros impuestos. Es injusto.

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