domingo, 23 de junio de 2013

MERCENARIOS


            El guitarrista llevaba tocando su guitarra desde que tenía memoria. Había comenzado con una vieja caja de zapatos procedente de un desván; alguien se la encordó y le enseñó a afinarla, y los largos domingos de chaval pobre metido en casa le enseñaron a tocarla. Antes que músico con formación, antes que saber leer e interpretar una partitura, antes de conocer que la posición de su mano en el mástil se llamaba DO, o MI, o Sol Séptima, fue músico por instinto, músico de oído, músico con alma, con pasión.

            Solía acompañar con su rasgueo preciso a las vecinas de su barrio, le daba igual que fuera por los Mayos, que de serenata, que en un bautizo con juerga flamenca: él sacaba a su amada compañera, la templaba y comenzaba la fiesta. Era fácil saber cuándo en alguna casa o local estaba Suso tocando, porque la algarabía, las risas y la jarana se oían desde lejos.

            Con el tiempo, el guitarrista se fue dando cuenta de sus limitaciones. Quiso mejorar, y era bueno que así fuese, de modo que, con los cuartos que iba sacando de tocar aquí o allá, compró una guitarra mejor y se apuntó a una escuela. Era un adulto raro entre niños que llegaban, con instrumentos de olor a nuevo en impecables maletas negras, para aprender a dominar la técnica de un mágico trozo de madera con cuerdas de nylon y acerados bordones de vueltas plateadas. “Vaya, esto es una auténtica fábrica de músicos”, pensó.

            Los alumnos repetían, y repetían hasta la saciedad las lecciones de solfeo y los ejercicios de técnica. Suso se aburría sobremanera, pero estaba decidido a aprender los fundamentos teóricos de su guitarra, porque pensaba que, cuando se ama algo tan profundamente como él amaba su instrumento, hay que hacer lo posible por comprenderlo del todo, cuanto más, mejor. Y repetía acordes ya sabidos poniéndoles sus nombres, y arpegios ascendentes y descendentes, y rasgueos definidos y fabricados en serie que el resto de alumnos reproducían como exactos robots japoneses. Después de las clases, Suso seguía cantando boleros, bossa nova, rumba flamenca y todo lo que siempre había cantado, en los viejos locales y las casas de siempre. El resto de alumnos no hacían nada, o se integraban en conjuntos de guitarras que ejecutaban partituras clásicas para auditorios más selectos.

            Aquellos fueron años en los que Suso se preguntó muchas veces si llegaría a tocar como los grandes virtuosos, los alumnos de los cursos superiores, a los que veía en las audiciones mover los dedos como si fueran veloces arañas, pulsando con precisión milimétrica cuando el papel decía que debían pulsar, y emitiendo melodías maravillosas, apabullantes. Y al fin, tras años de esfuerzo, llegó el día en que le dieron un título para enmarcar y colgar en la pared. Sus estudios habían terminado, y ya podía tocar en un gran concierto, como aquellos guitarristas de veloces manos a los que admiraba.

            En los camerinos, mientras esperaba su turno, no podía estar quieto, de modo que se sentó y comenzó a tocar. La samba, la bossa, el fado, retazos de unas cosas y otras fluían de sus dedos mientras sus labios susurraban las viejas canciones que aprendió en la calle, y el resto de músicos lo miraron con desdén. Apoyados en las paredes, sentados en las sillas, con cara de indolencia y de supino aburrimiento, los niños de antaño, jóvenes hombres y mujeres ahora, que comenzaron los estudios de guitarra con él, no se habían convertido en músicos, sino en algo muy distinto. El instrumento no hablaba con ellos, los dedos no les pedían ritmo, no sentían pasión al tocar. No sabían qué hacer con ese pedazo de alma con cuerdas que tenían entre las manos si no había delante una partitura que les dijera qué debían tocar. No sabían seguir a una voz, ni acompañar un lamento, ni una alegría, ni soleá, ni bulería, ni tango, ni nada. Eran autómatas de la música, mercenarios que necesitaban un concierto, una orden, un motivo para tocar, pero que no amaban el trozo de madera que se les había concedido para ser felices. No tenían sangre, eran unos tibios que no sabían divertirse ni volar, no sonreían al tocar. Eran profesionales de algo que no les remecía las entrañas cada día, y sin emoción, sin pasión, lo que sale no es música, sino sonido decorado con plantillas del Ikea.

            Cuántos años perdidos en algo que no llegarían nunca a sentir de verdad. A Suso le dieron pena. Mucha, mucha pena.

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