martes, 4 de junio de 2013

NUESTRO JARDÍN


            Durante dos años, mi compañera María Josep y yo hemos estado cultivando un jardín muy especial. Solamente teníamos ocho flores, pero han crecido tan bonitas que, ahora que se acaba el curso, nos da pena pensar que tendremos que trasplantarlas a otro lugar y ya no verlas tanto.

            Cuando pusimos en marcha el proyecto del jardín musical, lo hicimos teniendo claro que nos las teníamos que ingeniar para contagiar el amor por la música a un puñado de niños de cinco años que solamente tenían ganas de jugar y pasarlo bien. Y eso es lo que hemos hecho, jugar y pasarlo bien. Aunque no sé quiénes han disfrutado más, si las flores o las jardineras.

            Recuerdo que el año pasado, cuando comenzamos, los niños nos miraban como a “maestras”. Incluso nos llamaban “señoritas”. Hicieron falta unas cuantas sesiones de cantes y cuentos para que se dieran cuenta de que aquello no iba a ser como el cole. Teníamos una canción para todo: para saludar, para aprender los nombres de los compañeros, para respetar el turno de palabra… Cada clase era una aventura, unas veces venían a vernos los gigantes que hablaban “forte” seguidos de los enanitos que hablaban “piano”; otras veces, un pandero se rompía y tenía que emprender viaje hasta la casa del señor que los repara, de donde volvía como nuevo… Así, poco a poco, aprendieron a cuidar los instrumentos, y también que la escala musical es una escalera infinita que llega al cielo, y que el Maestro Octava sube los escalones de ocho en ocho, pisando solamente los que ponen DO. Les he contado cuentos en los que el bombo se enfadaba y tapaba con su sonido al resto de instrumentos, arruinando así el trabajo de toda la orquesta, para enseñarles a no gritar por encima de las voces de los demás, y también historias en las que un cantante de ópera no tiraba el chicle antes de empezar, y en lo mejor de su aria la goma de mascar salía disparada de su boca para darle en el ojo a un espectador de la primera fila. Han aprendido muchísimas cosas que les servirán después para ser músicos y también mejores personas.

            Pero no penséis que solamente son ellos los que saben más que hace dos años. Nosotras, las que nos lanzamos a esta aventura, también hemos aprendido a asombrarnos con su capacidad de retentiva, su creatividad sin límites y su energía inagotable. Ahora sabemos que todos los niños necesitan tener una canción particular, que sea solo suya, para sentirse importantes, y que les encanta competir, pero llevan muy mal lo de no ganar siempre, y a menudo alguno termina llorando. Que no toleran a los tramposos, las normas son para todos, y si yo las respeto, tú también. Y que una canción siempre suena más bonita cuando la canta una boquita a la que el Ratoncito Pérez acaba de visitar.

            Han sido dos años en los que nos hemos reído mucho, enfadado alguna vez, agobiado en ocasiones, pero disfrutado a raudales. De nuestra mano se han estrenado como letristas y han pisado su primer escenario, y creo que hemos conseguido que entiendan que nuestro objetivo no era fabricar profesionales de la música, sino enseñarles a disfrutar con ella, a buscarla como refugio y consuelo, como fuente de diversión o como calmante. Han comprendido que a través de ella pueden hacer vibrar y emocionar a los demás, y que de su mano pueden llegar más lejos en lo que se propongan, porque un médico que además es músico es mejor médico, y un maestro que además es músico es mejor maestro. Y un arquitecto, y un dependiente, y un pescador…  

            Un niño pequeño siempre es un gran talento en bruto, y dependiendo de las condiciones en las que crezca desarrollará más o menos esa enorme capacidad que esconde en su cabeza. No dejéis de usar para ayudarles esa impagable herramienta que es la música. Y si no se la facilitan en el sistema educativo porque la cerrilidad de los de arriba lo impide, buscadla fuera de él; quizá de ese modo esta sociedad, que tan enferma está ahora mismo, tenga una oportunidad de futuro.

            Me quedo con muchos momentos vividos durante estos dos años junto a esas ocho florecillas, pero sobre todo con dos: los ojillos húmedos de sus madres cuando les cantaron la canción que compusieron entre todos, y el “Crescendo” con el que levantaron un auditorio entero que premió su esfuerzo con el más emocionante aplauso que puedo recordar.

            No sé cuántas flores nuevas tendré el año que viene, pero estos, la primera promoción, serán siempre “mis niños”.

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