martes, 25 de junio de 2013

UN SUPERVIVIENTE


            Vamos a llamarle Juan, como en las películas americanas. Juan Nadie es el nombre que les dan a los hombres que aún no están identificados, y ese es el nombre que le daremos a este superviviente, para poder referirnos a él de una manera más amable que la impersonalidad de “el sujeto”.

            Los últimos meses de Juan no habían sido demasiado agradables. Aprisionado en un lugar cada vez más estrecho, escuchando continuamente el llanto de su carcelera. Él quiso quererla, como si padeciera un síndrome de Estocolmo. Era lo único que tenía mientras estuvo allí encerrado, pero ella le odió desde que supo que su celda iba a ser ocupada. Juan Nadie, por no tener, no tuvo ni la compasión de aquella mujer. Lo alimentaba mal, no cuidaba de que su celda estuviese en condiciones de albergar a un ser humano. A menudo lo regaba de alcohol, lo zarandeaba para que se sintiese aún peor. Deseaba que muriese para no ser ella la que tuviese que mancharse las manos matándolo. Incluso quiso encargar su muerte, pero no reunió dinero suficiente como para que nadie lo eliminase. No era un preso enfermo, ni tampoco peligroso. Simplemente inconveniente.

            Cada día que pasaba, Juan veía más necesario escapar. Por eso inició una fuga a la desesperada dos meses antes de que terminase su condena en aquella cárcel asfixiante y llorosa; seguir allí no conducía a nada. Si trataba de huir tendría una oportunidad al menos. Por eso hirió a su carcelera en lo más profundo, y reptando, arrastrándose como un gusano torpe, salió al exterior perseguido por los gritos de ella. Desnudo, ensangrentado, debilitado por el hambre y el maltrato, Juan vio por fin la luz de la libertad, pero ella fue más rápida: se revolvió, dolorida, y aprovechándose de las escasas fuerzas del prisionero consiguió inmovilizarlo. No hubo piedad para él.

            El golpe le partió un brazo y llenó su cuerpo de heridas. El hedor de aquel agujero al que le había arrojado era insoportable. Juan no entendía por qué la vida lo trataba tan mal, pero la pregunta se le atascaba en la garganta y no lograba gritarla. Apenas podía respirar, pero no quería morir. El saco de plástico en el que aquella loca desgraciada lo había envuelto para asfixiarlo evitó que las cucarachas pasearan sobre su cuerpo mientras estaba allí, inmóvil, luchando por no morir de sed, de calor, de miedo. Quiso pedir auxilio, pero solamente lograba emitir un quejido débil, como de gato indefenso. Su instinto le decía que no se rindiera, que, mientras le quedase un soplo de vida y una brizna de fuerza, debía continuar pidiendo ayuda. Corría el riesgo de que ella se diera cuenta de que aún vivía y bajase allí a terminar el trabajo, pero también podría ser que otra persona le oyese y llegase antes que la bestia feroz que le había torturado de aquel modo.

            Cuarenta horas. Casi dos días. Un bebé prematuro, con el cordón aún sin cortar, metido en una bolsa de basura y arrojado por su propia madre al respiradero de los cuartos de baño de un edificio, con un calor de infierno, aprisionado entre dos tuberías de aguas fecales. Y ha conseguido seguir respirando y llorando hasta que alguien se ha percatado de que aquel diminuto quejido era un grito de vida humana. Eso es un superviviente, con mayúsculas, con todas las letras.

            Juan Nadie se merece unos brazos que le acunen, un nombre y unos apellidos que le amparen y unos padres que lo amen más que a su propia vida, como todo niño que viene al mundo. Espero que las administraciones públicas se den mucha prisa en proporcionárselos, porque el ser humano es capaz de las mayores bondades y de las más espeluznantes crueldades, y el diminuto superviviente ya ha tenido bastante de las segundas.

Ojalá jamás recuerde cómo fue su venida al mundo, será la más bendita de las amnesias. Gracias por no rendirte, pequeño Juan.
 

2 comentarios:

  1. Todo pasa por algo, dicen. Seguro que este angelote ha venido al mundo, a pesar de su "madre" biológica, porque una pareja, como podríamos ser nosotros, lo necesita en su vida. Y ahora que sé lo que se siente, cuando te planteas adoptar, te aseguro que ese pequeño, tendrá algún día, unos padres maravillosos, que lo van a querer como el milagro que será para ellos.
    Enorme tu sensibilidad, una vez más, para escribir y tratar, ciertos temas.

    ResponderEliminar
  2. Estoy segura que si Ana... Hay mujeres que no se merecen la palabra madre y otras que os lo merecéis con mayúsculas solo por la lucha que supone llegar a serlo. Y lo digo con conocimiento. Ánimo

    ResponderEliminar