miércoles, 17 de julio de 2013

AL DESPERTAR


            Al despertar se sintió raro. Lo último que recordaba estaba lleno de la neblina que provoca el alcohol. Se miró el cuerpo y vio en él las huellas de los dedos, los morados, los arañazos. Buscó sus ropas, pero solo encontró jirones blancos mojados en vino tinto, un remedo ridículo de sangre. Había sido casi como la última vez que estuvo allí. No, había sido incluso peor.

            Cuando su padre lo envió a vivir entre los hombres, dos mil años atrás, pensó que un varón sería más fácilmente escuchado; al fin y al cabo, en aquel tiempo las hembras no pintaban nada. Solamente parir, trabajar, sufrir y servir al hombre bajo cuyo techo vivían. Él mismo, cuando le engendró en María, le impuso a ella una pareja no elegida, un hijo no buscado y una vida llena de necesidades no cubiertas, deseos no satisfechos, llanto, persecución y dolor. Todo ello adornado, eso sí, de una hermosa propaganda difícilmente demostrable. Pero él nació varón, cumplió su misión, difundió el mensaje e intentó cambiar el mundo. En aquella ocasión no consiguió mucho, porque los hombres se siguieron matando, siguió habiendo justos e injustos, fieles e infieles, ricos y pobres, buenos y malos. Pero al menos logró que los buenos muriesen confiando en que el premio que en vida se les negó llegaría al fin en forma de vida eterna y feliz. Eso sí, no dejan que nadie vuelva para contarlo, de modo que esta última parte también es difícilmente demostrable. Pero bueno, eso fue la otra vez. En esta ocasión todo había sido distinto.

            Entonces no había logrado del todo su objetivo, de modo que en este siglo su Padre lo envió en forma de mujer. Lo hizo a un país ya católico, para evitar el proceso de conversión: en ese sentido, ya tenía el trabajo hecho. Su misión era crecer, aprender, ir buscando los lugares en los que más gente se congregase y allí tratar de hacer que su voz fuera escuchada. Tenía que encontrar su propia Babel y lograr el efecto contrario que en la original: que donde muchas lenguas distintas entorpecían el entendimiento llegase ella, les hablase, y consiguiese que todos la comprendieran, la escucharan y vieran que su mensaje era el verdadero. Que dejasen de adorar ídolos con pies de barro en forma de actores y futbolistas, que hallasen la esperanza en el amor a Dios y al prójimo, en el respeto y la tolerancia. Tenía que ayudarles a encontrar de nuevo el camino. Por eso eligió aquella plaza.

            Había miles de personas congregadas, y oyó hablar en muchas lenguas distintas. Era el lugar. Todos decían estar allí en nombre de un santo, pero su actitud poco tenía que ver con la santidad: la mayoría estaban ebrios, gritaban, sacrificaban animales después de torturarlos, comían con gula, se regaban con vino y malgastaban sus bienes. Era el momento de hablarles, de decir que ese no era el camino; hizo una libación de la Sangre de Cristo después de bendecirla, se alzó sobre los hombros de quienes estaban junto a ella, y con su rostro resplandeciente de divinidad comenzó a difundir su mensaje.

            Sufrió la más vergonzosa de las crucifixiones, con la ropa arrancada de su cuerpo por las manos de docenas de energúmenos borrachos, sobones infames, cerdos con dedos en lugar de pezuñas, reprimidos, violadores en potencia que pasaron sus sucias zarpas por el cuerpo de ella sin pedir permiso, rompiendo sus ropas, hurgando en su intimidad, manoseando cada centímetro de una piel que la mujer, con solo dos manos, no podía defender. Ni sus palabras ni sus gritos fueron escuchados. Fue un doloroso calvario en el que no iba a perecer, pero que iba a hacer que deseara estar muerta. Sobre todo porque aquella primera vez fue asesinado con violencia, resucitó con gloria y su historia será contada por los siglos de los siglos, pero esta vez solamente fue ultrajada, humillada, usada y tirada, y todo el mundo siguió bebiendo, bailando y mirando para otro lado. “La que viene a San Fermín y se mete en el mogollón sabe que la van a sobar, sí o sí”.

            No hacen falta Evangelios para contar su crucifixión pública, porque ya la prensa, la televisión y las redes sociales se han encargado de ello convenientemente. “Esperemos que sirva para que no ocurra más, porque si no habrá que cambiar la Biblia y poner a Pamplona junto a Sodoma y Gomorra”, dijo ella mientras emprendía camino de vuelta a casa. “Tengo que decirle a mi Padre que deje de mandarme de misión a la Tierra. Ya no sé qué más maltratos pueden infligirme”.

            “Cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí". Mateo 25, 37-40.
 

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