martes, 23 de julio de 2013

BICHOS VERANIEGOS


            Todos los veranos lo mismo. En cuanto llega el calor nos llenan de bichos. Esta es una afirmación universal y tan cierta que a ver quién es el guapo que viene a rebatírmela. Y aunque ya sé que estáis pensando que son cosas de la naturaleza y el calor, que los insectos son inevitables, que algo tendrán que comer los pobres pajarillos y tal y cual, no sigáis por ahí que os estáis equivocando. No me refiero a “esos” bichos, sino a otros mucho más sofisticados, dónde va a parar.

            Hasta hace unas décadas, con la llegada del buen tiempo, aparecían los consabidos mosquitos (con sus diversos tamaños y su molesta costumbre de alimentarse de la sangre ajena), guarrapatas (sí, habéis leído bien, he dicho “guarrapatas” por no llamarlas algo peor, que me colonizan al perro en cuanto me descuido las muy “garrap_tas”) (póngase “u” en el espacio en blanco), abejas despistadas, avispas con mala leche intentando comerse nuestra merienda en el campo, moscas por miríadas (dependiendo el calibre de éstas del ganado de la zona: moscardas donde hay vacas, díptero común donde hay cerdos, moscones en las zonas de playa, moscas coj….eras que ponen la radio a todo volumen en la terraza justo a la hora de la siesta…), legiones de cucarachas corriendo por las aceras de las ciudades y pueblos, polillas nocturnas y cositas por el estilo. Pero ahora no. Ahora, además de todos esos, por si no había bastantes, llegan los otros bichos para colonizarlo todo.

            Cada año son de una manera. Esta temporada vienen en amarillo, van vestidos de cosa rara, tienen dos ojillos o uno grande, y pululan por todas partes, a sus anchas, haciendo gracias, piruetas y varietés. Muy monos ellos, pero una verdadera plaga; por muy atractivo que sea un bicho, cuando no puedes abrir una revista, salir a la calle o poner la tele sin encontrarte un puñado de ellos, al final te entran ganas de trincar el sacudidor de alfombras y liarte a jugar al tenis usándolos de pelota, a ver si los espachurras a todos.

            Por si fuera poco tener que soportar su omnipresencia mediática, ojito al nombre que les ha puesto la madre que los parió: “minions”. Que da la impresión de que la próxima vez que vaya a un restaurante a pedir un “filet mignon” me voy a equivocar y voy a decirle a un camarero que me traiga un “filet minión”, y la vamos a liar. Que igual me pone uno de esos bichos amarillos abierto en canal y a la plancha vuelta y vuelta. Puaj.

            Reconozco que, al principio, me hicieron gracia y todo. Esas vocecitas de pito, esos razonamientos de niño de cuatro años, esas actitudes de ardilla que se acaba de fumar un porrete… pero ahora no puedo coger el autobús sin verlos pegados a las ventanillas, ni recorrer la ciudad sin encontrarlos en las vallas publicitarias, en las marquesinas y en todos los lados, y no los soporto más. Son una pesadilla peor que las cucarachas rojas, porque esas las pisas, hacen “crunch” y listo, pero ya me diréis cómo se hace para exterminar a los bichos amarillos. Ayer en el Carreflús me hinché a buscar un insecticida que los mate y aún no existe. Mecachis.

            Esto que os estoy contando no es nuevo. La industria americana nos infecta cada verano con un bicho diferente para hacerse rica a nuestra costa, hay que ver, la cura del cáncer no la inventan, pero para crear plagas de esas, oye, qué facilidad tienen. Un año gremlins verdes, otro año pitufos azulitos (y simplones como el mecanismo de un botijo), otro año pajarracos rojos con el ceño fruncido y una mala baba que no se soportan ni ellos. Este verano tocan amarillos, como los canarios, pero con gafillas y chirucas en los pieses.

            Después de los bichos veraniegos de este año, ya podemos esperar cualquier cosa. Pero si se puede elegir, para el 2014, por favor, háganlos transparentes, como el Hombre Invisible. Eso, señores americanos, inventen el “bicho invisible”. Y déjennos un poco en paz.
 

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