sábado, 20 de julio de 2013

CASI SÍ, PERO NO


            No pude evitar mirarla cuando salió del portal. Su sola presencia, a pesar del esfuerzo por ser discreta, llamaba a los ojos a seguir su andar de gacela. No hacía falta ver sus pupilas azules, ocultas tras las enormes gafas oscuras, ni su cabello de brillante ébano, recogido y cubierto por una pamela de enorme ala: la seda del pareo envolvía una silueta que gritaba su curvilínea excelencia con el suave balanceo de aquel caminar. (Este párrafo no es mío, sino de un redactor del “Pronto” que es casi un poeta. Para que luego digan que leyendo las revistas no se aprende).

            “Mira, cariño”, susurré discreta ocultando mi boca tras el helado de fresa y chocolate. “Esa chica es una miss de hace pocos años. ¿No la reconoces?” Él sacó los ojos de su granizado de café por un momento (aún no entiendo en qué narices piensa cada vez que pide uno: le ponen nervioso los granizados, siempre se le acaba el sabor antes que el hielo, y se queda así como a medio… bueno, ya me entendéis a medio qué) y la miró. La mujer había salido de un edificio de apartamentos cuya puerta daba al paseo marítimo de Torrevieja, justo frente a las piscinas de roca que construyeron hace unos años para paliar la escasez de playa del casco urbano. La terraza de la heladería en la que tomábamos el fresco y el refresco tenía una panorámica inmejorable sobre las dos balsas de agua de mar en las que aquel bombón se disponía a zambullirse. “¿Cuál de todas las misses de hace unos años es esta?”, preguntó desconcertado.

            Puse los ojos en blanco; me saca de quicio la incapacidad de los hombres para recordar una cara y relacionarla con su nombre correspondiente por mucho que el rostro sea hermoso y el chasis digno de monumento, por no hablar de que la portadora de ambos haya salido en las revistas y en la televisión hasta la saciedad. “Sí, hombre, esa que se presentó por Alicante pero era nacida en Albacete, la que luego tuvo un algo con el futbolista, y después otro algo con el hijo de un marqués”. No era posible que no la recordase, pero su cara de extrañeza decía que sí era posible. “Que sí, ¿no te acuerdas que en su día ya lo comentamos? Aún te dije yo que tenía las orejas demasiado de soplillo como para ser una miss, y me contestaste que lo único que le faltaba era un poco más de carne sobre los huesos para ser perfecta”. Cara de amnesia total. Estupendo. Cuando se pone así me dan ganas de atizarle con el “Hola”.

            La mujer se despojó del pareo con un gracioso gesto. Procurando no atraer demasiadas miradas sobre su apabullante despampanancia (o despampajo, o despampanamiento, no tengo claro cómo se dice), dejó caer la pamela y las gafas, liberó su melena oscura sacudiendo la cabeza como en los anuncios de champú y, como a cámara lenta, ajustó el bikini blanco sobre su piel morena y se lanzó al agua con una zambullida limpia, como si en sus ratos libres fuera sirena en lugar de top model.

            Escruté los alrededores, pero solamente mi ojo de halcón había cazado a la famosa. Nadie más la observaba, ni los extranjeros ni los nacionales. Miré a mi marido, cuyos ojos seguían las evoluciones acuáticas de la miss. “Pues parece que no pasa el tiempo por ella”, comenté. “O eso, o se ha hecho un arreglito en la retaguardia, porque ese trasero y ese vientre no son de haber parido, y esa chica tuvo un hijo con un torero que después la dejó para darle al livin la vida loca con un equilibrista de circo. Madre mía, cuando vi las fotos, se había puesto redonda, valía la pena saltarla antes que rodearla. Treinta kilos se echó encima, pero claro, luego las enfajan y las pasan por quirófano, y como tienen dinero para los centros de belleza y los masajes, mírala, como si nada, y luego dice que ha sido la dieta de la alcachofa. Allí donde las demás mortales quedamos fofas y chuchurrías, todas llenas de señales, ellas quedan estupendas. Como si pasó un carro”.

            Concluido su baño, la miss salió del agua, como Venus en el cuadro del pintor italiano ese con nombre de botijo, o de porrón, no me acuerdo. Cuando fue a coger el pareo me di cuenta de que a mi marido se le había derretido todo el granizado en el vaso mientras la miraba atontado. Y además, vista de frente y de cerca, advertí que no era ella. Que no era la miss, sino una chica normal y corriente. Un chasco total.

            Al fin le aticé con el “Hola”, por mirón. Y no pienso volver a esa heladería: los helados de fresa son de polvos.

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