domingo, 21 de julio de 2013

CINCUENTA


            “Cómo han pasado los años, cómo cambiaron las cosas…“ Así comienza el famoso bolero, y así lo canté. Nunca había entonado en público esa canción, pese a que me gustó siempre con delirio, porque soy una incurable romántica.

            Es verdad que las cosas han cambiado mucho en este último medio siglo. Ahora, cuando te casas, ya no firmas una sentencia de por vida si la otra parte de la pareja no cumple lo que prometió. Ahora, si llega el desamor, tú por tu lado y yo por el mío. Ahora ya no eres una cualquiera si no pasas por la vicaría antes de iniciar la convivencia, ya no te insultan ni discriminan si tienes un hijo que lleva tus dos apellidos y no el de su padre, ya nadie se extraña de que una mujer elija criar sola en lugar de hacerlo aguantando a un hombre al que no quiere. Nadie cuestiona que ser soltera no implica renunciar a ser mujer y a ser madre, y quien lo cuestiona dos problemas tiene: amargarse y desamargarse. Pero precisamente por eso, porque el amor es tan difícil de encontrar y mantener cuando es de verdad, es por lo que vale la pena celebrarlo.

            “Cómo han pasado los años, qué mundos tan diferentes…” Sí, es verdad. Muy diferentes. Hace cincuenta años, para salir de su casa, una mujer tenía que casarse. Muchas lo hacían por amor, y muchas también para abandonar la asfixia de madres intolerantes y padres machistas hasta el extremo. Las que tuvieron suerte vivieron felices y sus maridos las llenaron de cariño y respeto. Las que no, cayeron en manos de hombres que eran un calco de sus padres, y saltaron de la sartén a las brasas sin escapatoria. Pero es que hace cincuenta años las mujeres no podían ser independientes, tenían que estar tuteladas por un varón, fuera padre, marido o hermano, como si fueran eternamente niñas sin capacidad de pensar por sí mismas, de tomar decisiones, trabajar por un sueldo, estudiar una carrera. Todo tenía que ser con permiso de ellos. Tan difícil era dar con un hombre que te proporcionase la libertad de iniciar proyectos, tener una identidad propia, unas relaciones sociales amplias, una vida cultural intensa, que la que lo encontraba se podía considerar inmensamente afortunada. Y eso fue lo que yo vi ayer: dos personas que se miraban y se sentían bendecidas por la suerte.

            Se casaron muy jóvenes, en una época en blanco y negro, y entre los dos supieron ponerle color a todo. A base de trabajo, humor y ternura, construyeron un hogar y una familia propia sin descuidar la que ya tenían: padres, hermanos, sobrinos. Todo el que se acercó a su casa encontró en ella cariño, consuelo, acogida, un plato en la mesa. Ella hizo de madre, de consejera, de amiga, y también de sargento cuando hizo falta porque, no nos engañemos, la disciplina es necesaria para la convivencia y la educación, y su ausencia no lleva más que a la pérdida del rumbo. Y él la quiso tanto que entendió que cortarle las alas cambiaría a esa mujer irrepetible que la vida le había concedido, de modo que resolvió ser sostén y apoyo incondicional en lugar de yugo. Trabajó mucho, y también rio mucho junto a ella; la llevó, la trajo, la acompañó a infinidad de gestiones cuando decidió que valía la pena poner en marcha un grupo de folklore bien hecho. La ayudó a fundar una agrupación en la que sus hijas pudiesen bailar y en el que los jóvenes del barrio tuviesen una actividad cultural que les mantuviese a salvo de su propia adolescencia. Gracias a ella, siempre conciliadora y siempre firme, a sus consejos y a su trabajo, unos cuantos hombres y mujeres que hoy son padres honrados y responsables no se perdieron por el camino, víctimas de los conflictos de sus propias familias o de una rebeldía mal entendida y mal dirigida. Y todo lo ha hecho regalando su tiempo sin pedir a cambio más que respeto, respaldada por él a cada momento.

            Cincuenta años. “Y aquí estamos, lado a lado, como dos enamorados, como por primera vez”. ¿Cómo no habría que celebrarlo? ¿Cuántos pueden decir que cumplieron cincuenta años de matrimonio por pura devoción al otro, y no por obligación contractual? Pocos, muy pocos. Cincuenta años de la mano, cuidando el uno del otro y a la vez a todos los demás, cuidando de los amigos, de las hijas, de los nietos, del grupo, de los hermanos, de los enfermos, de todos. Los primeros para reír y los primeros para consolar, los que siempre han estado ahí para todos, el refugio de todos, sin excluir, sin eludir. Dos almas gemelas, dos mitades de un todo tan grande que, al mirarlos, uno queda deslumbrado por la ternura.

            Ayer éramos ciento treinta alrededor de su mesa. Ciento treinta consecuencias del amor entre ellos: hijas, nietos, yernos, sobrinos, primos, amigos. Ciento treinta seres agradecidos por tener un huequecito en esos dos corazones que laten juntos desde hace medio siglo.

            Pocas veces me ha pasado, pero ayer se me rompió la voz mientras les cantaba. “Habrán pasado los años, pero el tiempo no ha podido hacer que pase lo nuestro”. Siento no haber podido acabar vuestro bolero. Yo, cuando sea mayor, quiero ser como vosotros.

            Felices cincuenta años de matrimonio, amigos. Gracias por darme el privilegio de formar parte de vuestras vidas.


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