martes, 2 de julio de 2013

CONSERVAS SIN FRASCO


            Aún me acuerdo de quiénes y cuándo le regalaron ese peluche. Hacía dos días que habíamos vuelto a casa del hospital; yo estaba muy molesta y cansada por culpa de la falta de sueño, la importante hemorragia que había sufrido y las tomas nocturnas. Me ardían los puntos de la episiotomía, había tenido una subida de leche tremenda y mi pecho era un martirio de bultos, dolor y grietas. Como podréis suponer, no era mi mejor día, pero las visitas no paraban de llegar para conocer al bebé, y yo me obligué a atender a todo el mundo.

            Uno de los regalos que recibió mi hija aquella tarde fue este: una osita de colores imposibles, lazo en la cabeza (por eso dedujimos que es hembra) y sonrisa de dibujo infantil. Cuando se le apretaba la nariz, se le iluminaban los mofletes y emitía el ruido de dos sonoros besos seguido de un “I love youuuuuu!!!!” simpático y muy, muy inglés.  De todos los peluches que recibió, algunos fantásticos (y carísimos), aquel puede que fuera el más modesto, pero fue recibido por nosotros con el mismo agrado que los demás, y lo colocamos en una estantería del dormitorio del bebé, entre un gran oso morado y un pato blandito y achuchable.

            Ella creció viendo todos aquellos ojitos de trapo que cuidaban su sueño desde cada mueble alrededor de su cuna, pero hasta que aprendió a andar, pasado el año de vida, el único que manejaba era “Rabito”, la oveja de guardia que había dormido a su lado desde que llegó a casa. Sin embargo, con la autonomía que le proporcionaba el poder caminar sola, pronto comenzó a pedir los peluches para arrastrarlos por casa y dejarlos en los más insospechados rincones; ya ni nos acordábamos de que la osa hablaba inglés y daba besos hasta que un día ella misma se sentó encima del juguete y lo activó por casualidad. Me gustaría que hubierais visto su expresión de entusiasmo. Abrió mucho aquellos ojazos redondos y castaños que le ocupaban media cara, y su boquita de solo cuatro dientes dibujó una “O” de asombro. La recuerdo como si fuera hoy, con su peto vaquero, la chaqueta verde, las zapatillas de castores bigotudos y el pelito que yo misma le había cortado unos días antes. Articuló un “¡¡¡mamiiiii!!!!” lleno de sorpresa, asombro y curiosidad que, de haber sabido hablar un poco más (cosa que no tardó en hacer), habría podido ser perfectamente un “¡¡¡mami, la osa esta rara del lazo dice cosaaaaas!!!!!”. Entonces, se la sacó de debajo del trasero y comenzó a apretarla hasta que dio con el resorte de su nariz. “Smuacks, smuacks, I love youuuu!!” Una vez. Otra vez. A la tercera estalló en carcajadas, parecía un cascabel. A la quinta, el ataque de risa se me contagió, y hasta el gato vino a averiguar el motivo de tanto jaleo.

            Fue a la décima. A la décima vez que apretó la nariz de aquel muñeco, tras el “Smucks, smuacs, I love youuuu!!!” su vocecita de bebé pronunció, imitando la entonación de la osa: “Balaloooooo”. Después fue a buscar a su padre, que llegaba de trabajar en aquel instante, y le enseñó su hallazgo y su nueva habilidad: el inglés. “Balalooooo”.

            En los días siguientes se lo enseñó a los abuelos, a sus primas, a sus tíos y a todo bicho viviente, y la reacción de todo el mundo era la misma: la risa. Claro, ella encantada de la vida. Y el muñeco, al final, se quedó con el nombre de “Balalo” a pesar de ser chica.

            Hoy aquel bebé está a punto de cumplir trece años, y “Balalo” ha salido esta tarde del dormitorio de su hermana, que nunca lo ha oído hablar porque para cuando ella nació el mecanismo de charla anglosajona ya se le había roto sin posibilidad de reparación. La pequeña está preparando bolsas con juguetes para donarlos, y ha venido a preguntarme si ese era de los que se quedaban o de los que se iban. Yo le he cedido la decisión a la legítima dueña de la osa: “Paloma, ¿qué hacemos con “Balalo”, te lo quedas o lo donamos?” Ella lo ha cogido entre las manos, y se le han llenado los ojos de lágrimas.

            Trece años. Pero, a pesar del rimmel, a pesar de que mide más que su madre, a pesar de que ya usa ropa que dejé estrecha al engordar, escribe en su móvil más rápido que yo y anda boba por algún compañero de estudios, sigue siendo una niña. “Balalo” se queda. Espero que aún por bastante tiempo.

            Es una pena, pero no hay ningún frasco en el que conservar la niñez de nuestros hijos.
 

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