miércoles, 10 de julio de 2013

CUANDO NO ES ÉL


            Ella era menuda y delgada, con unos grandes ojos marrones, delicadas orejitas, la nariz respingona y el gesto altivo. Elegante y bien vestida, peinada siempre a la moda, la veía pasar cada día por su calle y no se atrevía siquiera a levantar la vista en su presencia. Por eso, el día en que un amigo común se la presentó, le temblaban hasta las piernas. Se tomó dos copas para reunir el valor suficiente como para sacarla a bailar.

            Él no era nada del otro jueves. Siempre con el uniforme de trabajo, echando horas extras a falta de nada mejor que hacer. No tenía mala nómina; durante el boom de la construcción cualquier yesero como él podía levantarse al mes tres mil euros, más que un ingeniero. No pegaban ni con cola, pero a ella se le metió entre ceja y ceja casarse con él, y lo deslumbró con sus arrumacos. Para la boda, un vestido diseño exclusivo hecho a medida, un restaurante de campanillas, la iglesia donde se casaban las niñas bien. Para la compra del piso y la reforma, él se gastó todo lo que tenía, y pidieron una hipoteca. Ella aportó como dote su colección de ropa de marca, el reloj Cartier y ningún ahorro. Eso sí, los muebles, que sean de diseño, anda, Cari, pide un préstamo.

            Ella era menuda. Menuda era ella. Dejó su trabajo de cajera de supermercado porque quería ser madre. Seis años sin pegar golpe hasta que llegó el embarazo. Cuando se aburría, se iba al Corte Inglés a pasar la tarde, y hacía polvo la tarjeta. Él le pidió que se moderase con los gastos. “No me digas que vas a ser tan poco hombre como para no poder mantener a tu mujer y este piso de mierda que me compraste. Haz más horas, si es preciso los domingos”. Y él se tomó otras dos copas para no pensar.

            Llegó por fin el deseado niño; ella ya tenía lo que quería, y cerró la fábrica. “Borracho, inútil, no me toques, que ni para eso sirves. Vete a trabajar y trae más dinero a casa, que con tu nómina no nos da para vivir, quiero otro móvil y el niño va a ir a un colegio caro para que sea más que tú, que eres un tarugo y un patán”. Ante la inminente ruina, ella se puso a trabajar para tratar que le desbloqueasen alguna de las tarjetas, pero en tres meses se cansó de madrugar y volvió a no dar golpe.

            Él cada vez bebía más. Las empresas financieras le acosaban a llamadas por los impagos; pronto llegó la denuncia y el embargo de la nómina, justo cuando a ella se le antojó vivir en una casa independiente. Aún era la época en que los bancos daban las hipotecas alegremente, y una vez más aquel frasquito de veneno con tacones consiguió lo que quería. “Yo no pienso lavarte esa ropa tan sucia que traes de la obra, cerdo, que eres un cerdo. Si quieres ir limpio, te la lavas tú, pero no en mi lavadora nueva, que se estropeará de tanta mierda que llevas siempre encima. Dame dinero, que me voy a comprar un bolso monísimo que he visto esta mañana, y hazle al dentista una transferencia para la ortodoncia del niño”. Y él, con los dientes podridos y cayéndosele a trozos, pensó que su arreglo de boca costaría una fortuna, y que ella jamás se lo permitiría. Total, ya ni siquiera quería besarle. No le dejaba ni que la rozase. “Yo a ti no te toco ni con un palo”, le decía ella. “Me das asco, borracho, inútil, poco hombre, subnormal”; a veces discutían como fieras, y ella le arañaba la cara y los brazos, como una gata loca de rabia. Y él se iba al sofá a dormir con la botella de whisky, esa amiga fiel que nunca le decía “no”.

            Se suicidó cuando descubrió que le ponía los cuernos con el tipo alto y encorbatado del banco. Destruido, humillado, sin dignidad ni autoestima, maltratado por ella y por el niño, que era una fotocopia de su puñetera madre y no hacía más que exigir caprichos y maquinitas caras. Nunca le contó a nadie el infierno que había vivido, porque, ¿en qué lugar queda un hombre si denuncia que su mujer le maltrata?

            Dentro de casa, la violencia puede tener dos direcciones. Ellas, las más débiles, suelen ser las agredidas. Pero cuando no es él el que humilla, cuando no es él quien golpea, hunde, insulta, destruye, cuando no es él el agresor, el monstruo, el que abusa, sino ella, ¿qué ocurre? No hay marea de apoyo, ni refugio de acogida, ni protección, porque ellos casi nunca hablan. Prefieren callar, o morir, o alcoholizarse hasta perder la razón.

            Nunca seremos iguales en algunas cosas.
 

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