viernes, 12 de julio de 2013

DIECISÉIS


            Nuestra memoria tiene, en ocasiones, un comportamiento realmente curioso. No soy capaz de recordar lo que cené hace dos días, ni mucho menos lo que hice el año pasado por estas fechas. Pero sí recuerdo, con todo detalle, lo que hice tal día como hoy hace dieciséis años. Cómo iba vestida, qué comí y dónde… incluso la marca que había en la taza del café que tomé en aquel bar por la tarde.

            Fue un viaje infernal. Salíamos de Santander temprano, con la fresca, en nuestro cascado Seat Málaga sin aire acondicionado, pero a medida que fue avanzando la mañana y dejamos atrás Cantabria la temperatura se disparó. El calor de julio achicharraba hasta el pensamiento; la meseta era un puro asadero sin refugio, el asfalto ardía, y las ventanillas bajadas hacían que el viento me azotara la cara obligándome a cerrar los ojos continuamente. La primera parada la hicimos en Burgos, en una mercería. Compré un metro de lazo azul oscuro y lo até a la antena. La radio perdía la señal cada pocos kilómetros, obligándome a buscar las emisoras todo el tiempo. Era mucho más cómodo viajar escuchando música de alguna cassette, pero ese día necesitábamos las noticias.

            Los boletines se sucedían uno tras otro; no esperábamos, ni queríamos, que el gobierno cediese al sucio chantaje de los terroristas, pero sí confiábamos en que la policía obrase el milagro, y que igual que había encontrado y rescatado pocos días antes a Ortega Lara de aquel zulo infame, lograra dar caza a los que tenían secuestrado a Miguel Ángel Blanco y consiguiera evitar su asesinato. Rezábamos por que llegaran a tiempo, o por que los malditos no cumpliesen su amenaza, que permitieran una negociación que nos diera, que le diera a él algo más de tiempo. Pero la esperada noticia no llegaba.

            A pesar de que en nuestro coche solamente había dos asientos ocupados, en realidad viajábamos tres: Jesús, yo y una inmensa pena. Valencia parecía estar mucho más lejos que de costumbre, y a los dos se nos escapaban las lágrimas de tanto en tanto. Paramos a comer cerca de Soria, y ni siquiera apreciamos los ricos bocadillos que nos había preparado mi madre. La boca nos sabía amarga, la rabia se nos mezclaba con la esperanza, el miedo con la tristeza, y todo eso nos hacía un nudo en la garganta que no lográbamos deshacer. Decidimos no descansar tras la comida y continuar viaje. Necesitábamos llegar a casa para sentirnos un poco más amparados.

            Fue en Barracas. Nos detuvimos a tomar un café en un bar enorme, parada de autobuses, que siempre está lleno de gente. La televisión estaba puesta, y en el momento en que le di el primer sorbo a mi cortado dieron la noticia. Con las manos atadas a la espalda, tirado en el suelo, como un despojo. Con dos tiros en la cabeza. Aún agonizaba. Por un instante me puse en su lugar: secuestrado con violencia cuando iba a coger el tren, amenazado con una pistola, sentenciado a muerte. Contando las horas durante dos días. Pensando en los suyos, en el sufrimiento que estarían padeciendo. Rogando por su vida. ¿Qué conseguiréis matándome? ¿No comprendéis que el diálogo es la única solución, que vuestra guerra no es la mía, que vuestra violencia es gratuita, loca y estéril? Dos días, tic, tac, tic, tac, diles a tus amigos del gobierno que acerquen los presos al País Vasco, tic, tac, tic, tac, van a dejar que mueras como un perro, tic, tac, tic, tac. Imagino su desesperación, su miedo, sus gritos.

            Dos tiros. Dos disparos que nos alcanzaron de lleno a todos. Aquel terrible día no solamente murió él, sino también nuestro miedo. Alzamos la voz y dijimos lo que nunca debimos callar; recuerdo que habría en aquel bar más de ochenta personas, y quien no lloraba, gritaba o blasfemaba. El camarero que me había servido enterró la cara entre las manos, se sentó en un barril de cerveza y sollozó: “joder, tengo un chico de esa edad”. Miré a mi marido; él también tenía la misma edad. Con veintiocho años nadie piensa que puede convertirse en mártir de una causa que nunca debió existir.

            Jamás vi tanta gente junta como en aquellas manifestaciones, las manos pintadas de blanco, la indignación en la boca, la pena en los ojos, la garganta rota de gritar con las lágrimas quemándonos por dentro, la determinación de acabar con los terroristas de una vez por todas, de desterrarlos, de reducirlos a una mala pesadilla. Todas las voces, una. Todas las caras, una, la de Miguel Ángel Blanco, que logró que, por una vez, estuviéramos de acuerdo en algo: que los únicos que sobraban (y sobran) en este país eran ellos.

            Dieciséis años. Podrías tener hijos adolescentes, ser un político respetado, o simplemente un buen hombre, pero eligieron por ti y te convirtieron en un símbolo. Yo no olvido, Miguel Ángel. Espero que nadie lo haga.

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