viernes, 26 de julio de 2013

DORME, ROSELA, DORME


            Desde que supo que Rosela quería estudiar Bellas Artes, Genoveva ya intuyó que vería bien poco a su hija. Orense no es, precisamente, la capital mundial del arte, y la niña no deseaba ser profesora, sino ilustradora. Libros, carteles, cómics, lo que fuese. No quería enseñar dibujo en ningún instituto, ni en ninguna escuela, ni nada. Quería crear, dibujar, expresar todo lo que llevaba dentro. Por eso, desde que la contrató esa empresa de ilustración de Madrid, ya no le decía cuánto la echaba de menos: la veía tan feliz, tan realizada, tan bien situada, que no la quería amargar con añoranzas de madre.

            La había llamado unos días antes: “¡Mamá, me dan vacaciones la semana que viene! Vamos a estar veinte días juntas. Tengo tantas cosas que contarte… ¿Me harás empanada de lamprea, mami? Anda, “Veviña”, por favor, que no la he probado en meses”. ¿Cómo ocultar la alegría de volver a tener a la niña en casa? Cantando para sus adentros, Veva se fue al mercado, compró dos kilos de bocartes, los limpió y los congeló para matar el anisakis. En dos días podría meterlos en adobo, y en cuatro tendría una estupenda bandeja de boquerón en vinagre, un plato que enloquecía a Rosela desde chiquitina. La empanada de lamprea la podía encargar en la confitería de la plaza; desde que se le había averiado el horno le era imposible preparar muchas de las cosas que normalmente hacía, pero el técnico le había dicho que era muy viejo, que mejor cambiarlo, y ahora no le venía demasiado bien. La pensión de viuda había mermado bastante, y no quería que Rosela lo notase: no deseaba que se viese obligada a darle dinero, bastante hacía con mantenerse sola en Madrid, con lo cara que va la vida en la capital.

            La víspera de su llegada, Genoveva limpió otra vez el cuarto de su hija. No le dio tiempo de darle hermanos, él se le murió demasiado pronto, malditas carreteras gallegas, húmedas y llenas de trampas, curvas y peligros. Por eso Rosela y ella estaban tan unidas: solamente se tenían la una a la otra. Sacó las sábanas de osos, sus favoritas. Cuando venía a casa le gustaba sentirse un poco niña, dejarse mimar. El resto del tiempo era una mujer de veintiséis años, resuelta, adulta, pero en casa podía dejar la coraza de abrirse camino en el mundo y ser, simplemente, Roseliña.

            Miró el cuadro de la cabecera de la cama. Lo había pintado ella, copiando una foto de las dos juntas. Debajo había escrito los versos en gallego de la nana que, de niña, le cantaba Genoveva:

            “Dorme, Rosela, dorme,

            que mamá che canta e fóra chove.

            Dorme, dorme, Rosela,

            que a lúa mira e a túa nai vela”.

Duerme, Rosela, duerme, que mamá te canta y fuera llueve. Duerme, duerme, Rosela, que la luna mira y tu madre vela. Cuántas noches, cuántas. De pequeñita tuvo mal dormir, lo de su padre le dio pesadillas durante años. Perdió la cuenta de las veces que la acunó. Por eso al crecer le había hecho aquel homenaje en forma de cuadro. Para Rosela, su madre era toda la ternura del mundo. Para Genoveva, esa hija era toda la ilusión de su mundo.

A media tarde le mandó un mensaje de móvil: “ya estoy cerquita. ¡Mira, me hice “xoaniñas” en las uñas, como me hacías tú de pequeñita” Y adjunta al mensaje iba una foto de su mano, con una mariquita pintada en cada dedo. Cuántas tardes de domingo jugando a eso, a pintarle mariquitas, mariposas y flores en sus uñas, “manicura para niñas artistas”, como ella decía. Genoveva se preparó para que la viera guapa. No quería que pensase que su madre envejecía allí sola, no quería darle lástima, ni que se plantease por un solo instante quedarse con ella en la vieja casa y renunciar a sus sueños. Miró de nuevo la foto de sus uñas traviesas, sonrió y se sentó a esperar.

Rosela iba en el vagón 6. No sobrevivió al descarrilamiento. Veva la buscó desesperada entre las filas de la morgue, rezando para no encontrarla. Hasta que vio, bajo una de las mantas, una mano asomar con cinco mariquitas muertas. Ya solo pudo sentarse a su cabecera para, muy bajito, cantarle una última nana. Dorme, Rosela, dorme, que mamá che canta e fóra chove.
 

2 comentarios:

  1. Cada uno homenajea a las víctimas como mejor sabe... y tú sabes de esto. Así que gracias por regalarnos una historia que nos permita hacernos una idea de lo que hay detrás de las cifras: personas, llenas de pensamientos, sentimientos, ilusiones y sueños. Hoy, tristemente, rotos.
    Un beso

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  2. Eso ha querido ser este cuento: un homenaje distinto a todas esas historias que se hicieron añicos de golpe a bordo de ese tren. Un beso enorme y todo mi cariño desde esta página para los heridos y para todos los familiares de quienes no volverán.

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