jueves, 4 de julio de 2013

EL CURSO DEL RÍO


            El maestro reunió a sus alumnos aquella mañana. Quería contarles una historia para después plantearles una duda. Les hizo sentar a todos formando un semicírculo en el suelo del aula, y después acercó un taburete y se sentó frente a ellos, mirando sus caras. Había juntado para la ocasión a un grupo de muchachos de doce años con otro grupo que contaba ya diecisiete, cercanos a la mayoría de edad, y con un puñado de hombres que frisaban la treintena.

            “Un viejo sabio llevó al río a tres de sus discípulos y les retó. Les dijo que aquel de los tres que consiguiera hacer que el agua del río invirtiese su camino, que volviese desde el mar a la montaña y no como la Naturaleza le mandaba, demostraría ser el más sabio entre todos los sabios. Se convertiría en el Gran Maestro del Mundo, y por tanto en un hombre rico y poderoso.

            De los tres, uno era un gran nadador, de torso musculoso y entrenado. Su fuerza física era notablemente mayor que la de sus compañeros. Otro era un joven idealista y soñador, tremendamente noble y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Nada tenía porque todo lo repartía entre sus semejantes, y se empeñaba en creer que todo el mundo era desprendido y trabajador como él. El tercero era un necio codicioso que solamente tenía un don: el de la palabra.

            Cada uno de ellos trazó su plan para invertir el curso del río y lo puso en práctica, pero únicamente uno de ellos consiguió su objetivo”.

            Llegado a este punto del relato, el maestro miró a todos sus alumnos, que le escuchaban en silencio. “¿Cuál de los tres pensáis que fue el ganador de tan singular prueba?” Después de unos instantes, los niños de doce años se consultaron entre ellos, y al fin opinaron: “El fuerte sin duda, maestro. Hay que ser muy fuerte para conseguir que el agua del río camine hacia el otro lado”. Los de diecisiete, sin embargo, discreparon: “El segundo de ellos, maestro. Seguramente alguien tan generoso tendría muchos amigos dispuestos a ayudarle en un reto como ese”. Los hombres de treinta años miraron a los muchachos y callaron. El maestro, entristecido, continuó su relato.

            “El discípulo fuerte se echó al agua. Estaba convencido de que, si nadaba contra la corriente durante un largo tiempo, la potencia de sus brazos conseguiría que el agua cambiase su caminar. Nadó y nadó durante muchas horas hasta quedar exhausto, y al fin, cuando se terminaron sus limitadas fuerzas, la corriente lo arrastró y se ahogó”.

            En aquel punto, los niños de doce años profirieron un “Ooooh” desencantado.

            “El discípulo generoso ofreció cuanto tenía a aquel que le ayudase en su reto. Dio su casa a un hombre que le prometió prestarle sus caballos, su carro a otro que le prometió construirle una noria que girase al revés para obligar al agua a cambiar de rumbo, y todo su dinero lo repartió entre varios que le dijeron que empujarían la rueda cuando los animales se cansaran. Todos ellos se quedaron con sus bienes, pero luego se excusaron en múltiples obligaciones y disculpas vagas, y no cumplieron su parte del trato. El chico entonces, al verse solo, se sintió engañado, derrotado y terriblemente triste, de modo que se marchó del pueblo y jamás se le volvió a ver”.

            Esta vez fueron los muchachos de diecisiete años los que mostraron su decepción. Los de treinta, sin embargo, sonreían.

            “El alumno codicioso fue a hablar con un ingeniero, con el alcalde, el cura, el jefe del gremio de albañiles, el gobernador de la provincia y el banquero. Les embaucó con su encantadora charla, les llenó de sueños y expectativas de prosperidad, y les prometió que, si le convertían en el sabio entre sabios, en el rico y poderoso Gran Maestro del Mundo, les daría a todos tan fabuloso pago que jamás tendrían que preocuparse por el dinero, porque nunca les faltaría. Al día siguiente comenzaron las obras de la presa y el bombeo, y en un año el río ya corría al revés”.

            Uno de los alumnos más jóvenes preguntó entonces: “Maestro, ¿por qué nuestros compañeros de treinta años ya sabían quién iba a ganar y no nos advirtieron?” El maestro se echó a reír y contestó: “Porque con la edad que tienen ya han votado en varias elecciones generales y municipales. Y ya saben que, cuando hay dinero y poder en juego, no hay fuerza ni nobleza que valgan”.
 

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