lunes, 15 de julio de 2013

NIÑOS EN LA PLAYA


            Era ver una francesa y su instinto conquistador se ponía en marcha. Jairo no sabía por qué, pero sentía una atracción especial por las muchachas del país vecino. Evidentemente, no todas le gustaban solo por el hecho de haber nacido en Francia, pero a igualdad de condiciones en cuanto a belleza y simpatía, entre una española y una gala escogía siempre la segunda. Laetitia Casta era su ideal de mujer, le era imposible resistirse a una voz femenina que susurrase palabras de amor en el idioma de Balzac y Víctor Hugo, y ese mohín que tienen por costumbre dibujar las francesas en su boca le volvía tarumba.

            En algún sitio había tenido que oír que las mujeres de allende el Pirineo se depilan poco, son bigotudas y desgarbadas, e incluso un poco ligeras de cascos, pero a él no le parecía que tales tópicos fueran ciertos. Realmente había conocido a algunas con un poco de bozo, o más lanzadas de lo que acostumbraba a ver en las chicas de aquí, pero nada exagerado ni fuera de lo común. Por lo general él las encontraba estilosas y elegantes, y no podía resistirse a esas “erres” que tenían más de ronroneo gatuno que de “erres”, a esas “es” con boquita de “u” y a esas “úes” con boquita de “i” que hacían de su hablar algo siempre inesperado y cautivador.

            Los amigos de Jairo se burlaban de él. Le decían que parecía Alfredo Landa a la caza de la sueca, o un italiano cualquiera cuando ve a una española. Que el producto nacional no tenía nada que envidiarle al galo, que cualquier día iba a marcharse a París tras la falda de alguna francesita y no iban a volverle a ver. Comenzaron a prepararle citas a ciegas con chicas españolas, verdaderos bombones, pero para él eran como el pan sin sal: donde estuviera una buena “baguette”…

            “Háztelo mirar, tío”, le dijeron. “Lo tuyo con las gabachas es enfermizo”. ¿Y si tenían razón? ¿Podía ser que realmente estuviera enfermo? Quizá un psiquiatra tuviera la respuesta, el porqué de que no pudiese sentirse atraído por ninguna española. Pero no, el médico no pudo contestarle a esa pregunta, ya que su fijación no era patológica ni peligrosa. Durante aquel verano trató de acercarse a unas chicas de Vigo que conoció en la playa, pero no hubo manera de encontrarles la gracia. Y eso que dicen que las gallegas son melosas y atractivas, pero a él no le terminaron de llenar el ojo.

            Al final, cansado de buscar el amor rastreando el idioma de cuantas turistas se le pusieron a tiro, se fue a llorar al hombro de su abuela. “Yaya, no sé por qué, pero me tengo que casar con una francesa porque las de aquí no me gustan”. La anciana, sonriendo, revolvió el pelo de su nieto y le contestó: “Es por aquella niña. No la has olvidado, ¿verdad? Tenías siete años, y ella ocho. Pasasteis quince largos días jugando juntos en la playa, en Cullera. Yo os miraba salpicaros en el agua, hacer castillos, coger conchas, y me hacía gracia comprobar que no os entendíais, porque cada uno hablaba un idioma distinto, pero no por eso dejabais de jugar y reír. Os hice una foto, creo que la tengo en algún sitio. No sé cómo se llamaba, algo como como Amparín, o Conchín”.

            Lo ponía detrás de la instantánea. “Con Sandrine, verano del ’89. Playa de Cullera”. Miró la estampa, no eran más que dos críos de espaldas contemplando las olas. Y se dio cuenta de que, en realidad, ella había sido su primer amor. El final de las vacaciones frustró aquel idilio infantil lleno de gestos, palabras no comprendidas, “erres” que tenían más de ronroneo gatuno que de “erres”,  “es” con boquita de “u” y “úes” con boquita de “i”. Sin saberlo, buscaba a Sandrine en cada mujer porque la edad le negó probar aquella boca, y aún necesitaba cerrar ese capítulo.

            Por cierto, Jairo ahora vive en Pontevedra. Se casó con una gallega llamada Anxela. Es profesora de francés.
 

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