lunes, 8 de julio de 2013

NO SE LO DIRÉ


            Es difícil a veces, cuando se vive en un pueblo, tratar de explicar algunas de las cosas que nos ocurren. En las localidades pequeñas no hay nada privado: lo que es de uno, es de todos. Hasta los secretos.

            Mi suegro siempre decía: “al que quiera saber, mentiras para él”. Lo malo es que hay personas que no sabemos mentir. Y la gente de los pueblos no se conforma con una explicación somera ni con una excusa vaga de compromiso. Siempre tienen que saber más, llegar hasta el fondo del asunto. Destripar el problema para llegar al meollo, inspeccionar las causas, exprimir los detalles, asfixiando a preguntas a quien sea sin importar el hecho de que ese “quien sea” no haya nacido en el pueblo, sea vecino accidental o incluso visitante de paso. De modo que, aun tratando de mentir para que nadie pueda decir “vas por ahí hablando mal de mí”, al final siempre se me acaba notando. Pero me resisto, de verdad, no me resigno a la falta de prudencia disfrazada de inocente interés de la gente de los pueblos.

            La culpa no es mía. Yo nací en ciudad, me crie en ciudad, maduré en ciudad. ¿Quién me mandaría a mí venir a vivir a un villorrio como este? Las circunstancias laborales fueron las culpables. Las responsables de que ahora vaya por la calle y suelte mentiras y medias verdades cada día. No lo puedo evitar, tengo que salir a por el pan, y a por la fruta, y a llevar a los niños al colegio. Evito la plaza, los mentideros, los cafés. Pero oye, es que es poner un pie fuera de la puerta de mi casa y parece que las Tías Marías están emboscadas. Se turnan, hacen guardias, me esperan escondidas tras las esquinas. Yo creo que hay dos de ellas que incluso se han ido a vivir al horno y al estanco con tal de no dejarme escapatoria. Total, para averiguar lo que ya saben: que he dejado de trabajar en la farmacia del pueblo.

            Han sido muchos años estudiando y echándole horas. Primero técnico de análisis clínicos, luego técnico auxiliar de farmacia, cursos de atención al público, las prácticas gratis, los primeros años como manceba cobrando una miseria (y una guardia de cada tres que hacía), las horas extra “para aprender” que luego no se veían reflejadas en el sueldo. Todo para tener, al fin, un trabajo en una farmacia, un sitio limpio, honorable y apropiado para una mujer. Cuando me contrató el farmacéutico de esta aldea con ínfulas de pueblo, tuve que ir un año a clases para dominar el idioma de la zona, porque no quería que la gente mayor tuviese que esforzarse para ser atendidos. En estos cinco últimos años he llevado la farmacia casi yo sola, porque el titular hace sus vacaciones (y sus siestas en la rebotica) cada vez más largas. He limpiado el establecimiento, he hecho los pedidos, recibido los medicamentos, organizado las estanterías… incluso elaboro las recetas magistrales que Don Anselmo, el médico, nos manda para algunos pacientes. Cinco años teniendo paciencia con los abuelos, aconsejando a los parroquianos, tomando la tensión a los vecinos, pesando a sus bebés y callando sus miserias, porque jamás ha salido de mi boca quién toma el preparado que combate la gonorrea, ni a quién se le suministran los desinfectantes contra las ladillas, ni nada. Por eso, ahora que hay otra chica ocupando mi puesto en la farmacia, parece que de pronto todo el mundo necesita caramelos de menta, o pomada de árnica, o lo que sea, para pasar por allí a intentar enterarse de por qué ya no estoy tras el mostrador.

            Ha pasado una semana desde que salí por la puerta de atrás de la rebotica para no volver; demasiado tiempo de intriga para esta gente. Mi jefe no está nunca, y la chica nueva no sabe nada, de modo que andan todas (y todos) detrás de mí con la misma pregunta: “AY, CHICA, PERO, ¿QUÉ ES QUE YA NO TRABAJAS EN LA FARMACIA?” Escandalazo jugoso para desmenuzar, cotillear y comentar ampliamente.

            Pues no, señoras. No les voy a contar el porqué. A alguna ya le he dicho que no me han renovado el contrato, a otra que un amante secreto me ha retirado y me ha puesto un pisito, a otra que tengo un tendón de la rodilla al revés y no puedo estar de pie, y a otra que me he convertido al Islam y mi nueva religión me prohíbe trabajar. Pronto necesitaré una rinoplastia, porque la nariz me va a crecer hasta llegar al pueblo de al lado. Nunca les diré, señoras, que me han despedido porque le vendí a la Melecia un preservativo sin pedirle el libro de familia que certificase que está casada, porque de sobra sé que no lo está.

No me da vergüenza haberle suministrado un condón a una soltera. Lo que me abochorna es que, en pleno mil novecientos setenta y nueve, un miserable trozo de goma ocasione mi despido porque quien me lo compró era mujer y no lleva alianza. Yo creo que a esta gente le sería más ventajoso que a la Melecia le creciera el vientre, así tendrían nueve meses de comidilla a su costa.

A la mitad de las que hablan también les podría decir la marca del jabón desinfectante que usan sus maridos después de visitar el puti-club de la carretera. He vendido cientos de pastillas de ese jabón en el pueblo, y no me han despedido por ello.
 

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