lunes, 29 de julio de 2013

UNA SIRENA


            Hay muchos mitos, muchas leyendas que hablan de las sirenas. Ya Homero las incluyó en la Odisea de Ulises, describiéndolas como bellas mujeres de cuerpo de pez y voces hechiceras que atraían con su magia a los marineros hacia la perdición y la muerte, ahogándolos en el fondo del mar. Después llegó Hans Christian Andersen y se inventó una sirenita enamorada de un humano, que sacrificaba su capacidad de hablar y cantar a cambio de unas piernas para estar más cerca de su príncipe; en el cuento original, lo pagaba con la vida. Y luego llegó el señor Disney y cambió el final, como siempre, dejando a la de Andersen como una boba.

            Esos tres señores tenían mucha imaginación, pero no han contado con la suerte que a mí sí me ha sonreído. Porque estos días he conocido a una Sirena, he nadado junto a ella, y sin decirme una sola palabra me ha enseñado y demostrado muchísimas cosas. Hoy voy a hablar de cosas reales, lugares reales y personas con nombres reales, porque lo auténtico, lo mejor de la vida, no tiene por qué ocultarse detrás de ningún seudónimo, ni supuesto, ni nada. Lo que es de verdad, es de verdad, y como verdad se muestra.

            Este fin de semana lo he pasado en el Hotel Intur Orange, en la localidad costera y castellonera de Benicàssim. Vamos allí tres días cada verano; llevamos haciéndolo ya dieciséis años, y siempre hemos sido bien tratados, bien atendidos y felices. Este año había otro grupo alojado en el hotel; a la mayoría los habían colocado en las habitaciones de mi pasillo, y al saberlo, pensé: “madre mía, como sea juventud aficionada al botellón no va a haber quien duerma por las noches”. Y sí, juventud era. Pero no dieron un ruido, lo puedo asegurar.

            Vimos a algunos el viernes, durante el baile, pasándolo como los indios en la pista. Lo suyo era alegría contagiosa que corría por el hotel y se reflejaba en las caras de todos. Pero lo mejor llegó cuando se metieron en la piscina. Eran un grupo grande de discapacitados psíquicos, con sus monitores. Me contaron que venían de Toledo, y los identifiqué como los que dormían en el mismo pasillo que yo.

            Hace un par de meses me hice eco, y protesté desde estas páginas, del rechazo de un hotel a alojar un grupo de estas características. Yo puedo deciros que entre los mil huéspedes del Orange ninguno se sintió mal por tenerlos cerca, por compartir comedor e instalaciones. Nadie se salió de la abarrotada piscina cuando ellos entraron. Al revés, hubo muchas manos dispuestas a ayudar a aquellos que no podían hacerlo solos. Y ahí fue cuando conocí a la Sirena, con su bañador azul y las palabras de sus ojos.

            La deslizaron al agua entre tres, y en la piscina la abrazó una monitora para mantener su cabeza a flote. Ella, como la del cuento de Andersen, no tenía voz, pero hablaba con la mirada. Yo la entendía perfectamente. Desprendida de su propio peso corporal, lejos de la silla de ruedas y de las correas, libre de su propia inmovilidad, flotaba relajada, ligera, y su sonrisa ancha brillaba tanto que el sol de Benicàssim pensó, por un momento, que le había salido competencia. Tamara miraba al cielo azul con los ojos muy abiertos, y luego miraba a la monitora que la sostenía y le hablaba, y le respondía con esos ojos inmensos que decían: “gracias por quererme, gracias por ayudarme. Gracias por darme estos días de sol y playa, de agua, de vida, de felicidad. Gracias por no ser simplemente una enfermera con la obligación de cuidarme, sino alguien que me estimula, que me da cariño, que me sostiene y me proporciona la seguridad de que nada malo puede ocurrirme. Gracias por tus brazos, por tus manos, por la generosidad de tu gesto, por la ternura de tu abrazo”. Me conmoví viéndola flotar tan feliz entre sus compañeros, que chapoteaban jugando al bingo acuático a su alrededor.

Fue divertidísimo ayudarles a encontrar las pelotitas de ping-pong que flotaban, con sus números pintados, por todos los rincones de la piscina. Yo se las daba disimuladamente por debajo del agua, y les decía: “¡levanta la mano, la tienes tú! ¡El veinticuatro, el veinticuatro!” Jugamos, nos salpicamos, gritamos, alborotamos, lo pasamos en grande. Y la Sirena, como un ser especial, seguía flotando, percibiendo la energía positiva de todos a través del agua, y cargando sus pilas de sol y dicha para todo el resto del año.

He vuelto a casa sintiendo que he conocido a un montón de seres especiales. Entre ellos a una genuina Sirena cuya alegría de vivir no voy a olvidar. Gracias, Tamara, por enseñarme que la felicidad más auténtica está en tu sonrisa.
 

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