domingo, 25 de agosto de 2013

CON ANTICIPACIÓN


            “Vamos a dar un paseo por el campo”, propuso Julio. La tarde era perfecta: agosto moría de calor, pero en torno a las seis el viento se despertó aliviando la canícula. La comida había sido agradable y la sobremesa larga, de modo que a todos, cansados de estar sentados, nos pareció bien la idea.

            Nos levantamos para salir, y Pepa pidió unos instantes para cambiarse el calzado: con las sandalias que llevaba no se atrevía a pisar nada que no fuera asfalto. La razón no era el inexistente tacón ni la fragilidad de las tiras de cuero, sino su enfermedad. Pepa tiene Parkinson, y necesita llevar bien sujetos los pies cuando el firme no es regular. De todos modos, su riesgo de caer es bastante mayor que el del resto de los mortales, pero no es cosa de, además, ponérselo fácil a los tropezones. Después de cambiarse, se arregló el pelo, se lavó la cara, buscó una bolsa de plástico y se la guardó en un bolsillo. Me pregunté para qué la querría, pero no le dije nada.

            Todavía recuerdo cuando le diagnosticaron la enfermedad. Nosotros le decíamos que no podía ser, que antes de ponerle nombre a lo que le ocurría había que esperar a la conclusión de todas las pruebas, pero éstas no dejaron resquicio a la esperanza. Había una lesión en el cerebro, los síntomas eran los que eran, la resonancia dijo sí, y entre todos la sentenciaron a la terrible condena de ir perdiendo, progresivamente, el control de su propio cuerpo.

Admitir con cuarenta y pocos años que tienes un mal incurable de esas características es algo que no puede hacer cualquiera. Ella, qué duda cabe, no se lo tomó bien. De hecho, al Parkinson se le sumó una depresión, eran dos contra uno, pero ambos enemigos no tenían ni idea de con quién se estaban metiendo, porque la Obstinación, la Determinación y la Rebeldía tienen un nombre, y ese no es otro que Pepa. Ella sabe lo que ha peleado, lo que ha luchado y lo que le queda. Ella y su otra mitad que, lejos de asustarse, ha demostrado tener una paciencia que deja a la del Santo Job en mantillas, bondad y amor a toda prueba, hasta tal punto que, secretamente, he llegado a admirarle a él por amarla así tanto como a ella por luchar así.

Buscamos un paraje sin demasiada dificultad para el paseo. Algunas piedras, un puente, el río, pinos, hojas comenzando a amarillear, los árboles ya olfateando la proximidad del otoño. Pepa camina mirando al suelo, y yo pienso que lo hace para no tropezar con ninguna raíz traicionera ni meter el pie en un hoyo que la pudiese hacer rodar por el suelo una vez más. Pero no es así: busca algo. Lo encuentra, se agarra a la mano de Julio para agacharse, recoge una piña y, volviendo a erguirse con dificultad, saca la bolsa de plástico de su bolsillo y guarda su tesoro. Al rato, localiza otra, y luego un cardo en flor, que corta con cuidado de no pincharse. Elige con mimo sus objetivos, no vale cualquier piña ni cualquier hoja.

Desde muy joven, Pepa ama trabajar con sus manos. Siempre cosió, bordó y pintó, y cuando llegaba Navidad se afanaba en hacer centros decorativos para las personas queridas: los abuelos, los hermanos, los buenos amigos. Dátiles sin madurar, bolitas de ciprés, hojas secas, ramas de acebo, mínimas piñas, manzanas, paquetitos envueltos con papel charol rojo y cordones dorados… Los armaba con paciencia y minuciosidad en trozos de cepa seca, cuencos o cualquier otra base. Mezclaba los verdes, los rojos, los marrones, los oros, esparcía pinceladas de brillos y platas con un gusto exquisito. Eran regalos únicos y efímeros para los que se surtía de elementos del campo. Con la llegada de la enfermedad, los temblores limitantes, los ratos de inmovilidad y de dolor, el llanto y la depresión, dejó de hacer aquellas pequeñas obras de arte. Tuvimos nuestras mesas desnudas durante tres navidades. Pero llegó un día en que Pepa resurgió y plantó batalla, y al llegar diciembre comenzó a recolectar de nuevo sus elementos de trabajo ante la estupefacción de todos. Le costó, pero lo hizo. No eran tan bonitos como los de antes del diagnóstico, pero a nuestros ojos valían muchísimo más.

Ahora ha depurado la técnica acomodándose a sus condiciones físicas, y os puedo asegurar que el año pasado hizo auténticas maravillas. “Como ahora ando más despacio y hay días en que no puedo moverme, voy buscando los materiales ya desde el verano. Si veo algo que me gusta, lo cojo. Así, cuando llegue diciembre, no me faltará de nada. Mira qué hoja tan bonita: si la doblo ahora que está tierna puedo hacer una rosa, y luego se seca ya con la forma y sin quebrarse. Ayúdame a agacharme, que esa también me sirve”.

Hay un anuncio en televisión que dice: “el ser humano es extraordinario”. No lo dudéis nunca.

 
 

2 comentarios:

  1. En AventArte acabamos de ser nominadas a los LIEBSTER AWARD. Un premio entre blogs, cuya función es ayudar a la difusión de estos.

    A nosotras nos ha encantado recibir este reconocimiento especial, por eso hemos querido seguir la cadena y nominar tu blog para estos premios, porque nos parece interesante y para que más gente lo conozca.

    Un saludo.

    Anabel y Ana

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  2. Gracias por la nominación, chicas. Me alegro de que hayáis pensado en mí para recomendarme a vuestros lectores.
    Ahora mismo visito vuestro blog para verlo.
    Un abrazo bloguero.

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