sábado, 10 de agosto de 2013

HACE DIEZ AÑOS


            El paso del tiempo es algo muy relativo. Una tele de diez años es un cacharro solamente apto para ser eliminado y sustituido por un aparato más nuevo, más plano, más chulo y más de todo. Sin embargo, un piano de diez años es un instrumento aún en rodaje, al que le caben todavía cientos de miles de notas, piezas, sentimientos. Un pájaro de diez años es todo un récord de longevidad, y una tortuga de diez años es poco más que un bebé con caparazón. Tres mil seiscientos cincuenta días son muchos, o pocos, según se mire.

            Una condena de dos lustros es toda una eternidad, pero una década de felicidad pasa en un suspiro. Así, el tiempo se estira o se encoge a medida de quien lo usa y de sus circunstancias. Hoy hace diez años de aquello, y para mí fue anteayer: la realidad del mundo y la mía, en este caso, no coinciden. Lo que tampoco coincide es mi aspecto físico: por aquel entonces yo era un ballenato sudoroso que llevaba ya semanas sin verse los pies. Ella… ella no sé cómo era, porque aún no nos conocíamos. Solamente podíamos intuirnos, yo sentía sus patadas y volteretas, ella oía mi voz, pero ya en esos días me llevaba la contraria: si yo intentaba dormir, ella bailaba, y si yo bailaba, ella dormía.

            Recuerdo que cuando ingresé en el hospital lo hice deseando que naciera, pero no por verle la cara, sino para dejar atrás los vómitos, los calores, los calambres, los hongos, los ardores, las ciáticas, los insomnios. Me daba igual cómo, pero necesitaba que saliera de una vez para que mi cuerpo y la normalidad volvieran a caminar de la mano. El dolor del parto era lo de menos, solamente quería expulsarla al exterior y volver a ser yo, una persona alegre y vital, y no el manojo de quejas y molestias en que me había convertido los últimos meses.

            Llegó precedida de una bradicardia que me hizo temblar de miedo, pero es que ella no podía nacer más que de una forma: acaparando la atención y el protagonismo. Y, por supuesto, con público: su padre, dos ginecólogos, dos pediatras y tres enfermeras pendientes de que todo se desarrollase bien. ¡Qué diferencia con mi primer parto, sola con una matrona que no hacía más que protestar! Su forma de venir al mundo ya marcó lo que había de ser después, lo que es desde aquel día: la protagonista de todos los saraos, la reina de las fiestas, la que canta, la que baila, la que cuenta chistes, la que acapara todas las miradas. Parece mentira que aquella cosa blanca y arrugada que temblaba de frío pese a ser pleno agosto, la dueña de aquella boca que siempre estaba abierta (o mamaba o lloraba, no había otro estado en ella), aquel gusanito sin pelo que no durmió (ni dejó dormir) más de dos horas seguidas en sus primeros dos años de vida sea ahora lo que es, una preciosa niña de diez años. ¡Diez años! ¿Cómo es posible? Para mí han sido cuatro días.

            Esta mañana, mientras compraba su tarta, me he echado a llorar como una tonta en la pastelería. Crecen, y eso es bueno, es lo deseable, es lo que ha de ser. Pero cuando su edad pasa de tener un dígito a tener dos sentimos que algo cambia, que se nos escapan entre los dedos. A partir del diez intuimos que ya no son nuestros, que pronto el mundo los engullirá en su vorágine y tendrán que defenderse solos, sin nuestra protección. Que el “mamá” que salga de su boca, a partir de ahora, ya no tendrá el mismo sentido. ¿Ya han pasado diez años? Para mí no es posible, pero su realidad dice que sí. Por eso, al ver el gran “10” que el pastelero había dibujado sobre su tarta de tres chocolates, no he podido evitar ablandarme como un helado al sol.

            Si cierro los ojos aún puedo ver su carita arrugada y sanguinolenta, con un trozo de venda tubular rematada con un nudo abrigando su cabecita calva. Pero los abro y me encuentro con su sonrisa, su pelo ondulado, el castaño de sus ojos, y no hay duda. Mi niña se me hace mayor.

            Feliz cumpleaños, Marina. Te quiero mucho.

Mamá.
 

3 comentarios:

  1. Lo acabo de leer y llorando me tienes como una madalena. Que bonito, y porque no decirlo, que envidia, pero sana, que conste. Que dicen que no existe la envidia sana, pero yo sé que sí. Lo sé, porque la siento, cada vez que veo una embarazada, un bebé, o leo algo como esto. La siento, es envidia, lo sé, pero también sé que es de la sana, de la de, que suerte, ojalá toda su vida sean así de felices y ojalá yo pueda llegar a serlo también algún día de es forma. MUCHAS FELICIDADES A MARINA por ser ese rayo de luz que ilumina tu vida, junto a su hermana claro. Y Felicidades una vez más por esa sensibilidad para escribir que me llega al alma.

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