jueves, 1 de agosto de 2013

JUGANDO, JUGANDO...


            En nuestra etapa como cachorros el juego es una manera natural de aprender, de imitar conductas para asumirlas, de poner en marcha el sistema ensayo-error que tan buenos resultados da luego en la vida. Aprendemos a perder, y también a ganar, pero sin un adulto cerca que nos ayude a asimilar y valorar todos esos conceptos las conclusiones de los juegos nos pueden llevar a concebir ideas equivocadas. Los cachorros de gato, por ejemplo, se arañan y se muerden entre ellos, y así aprenden lo que duele un arañazo o un mordisco, porque dándolos y recibiéndolos pueden medir cuánto daño hacen. Pero si la madre no para a tiempo al cachorro más fuerte, éste abusará de los otros para seguir sintiéndose vencedor de todas las peleas. Ella lo tiene que poner en su sitio y hacerle ver que la fuerza se debe usar para la defensa y la caza, no para someter a un hermano. Pues con los humanos funciona igual.

            Las tardes de verano en el pueblo se llenan con entretenimientos para los que el resto del año casi no hay tiempo, y la estrella son los juegos de mesa. Pero mis gorditas rellenas, como de tontas no tienen un pelo, sobre el tablero del parchís notaron algo raro. “Mami, ¿por qué cuando tienes una de mis fichas a tiro de tres y te sale ese tres te haces la despistada? ¿Por qué mueves otra y no te comes la mía para contar veinte y ganar?” Llevo años haciéndolo, pensé que no se daban cuenta. “Porque no quiero que por mi culpa tú te sientas mal, ni siquiera jugando”. Entonces, mi niña se avergonzó de todas las veces que se comió mis fichas, ganó la partida, lo celebró por todo lo alto, cantó y bailó alrededor de la mesa. “Pero mami, es que este juego es así. Si no, ¿para qué jugamos?” La respuesta mía fue tajante: “Para que aprendáis a sumar sobre la marcha y con agilidad. Para que aprendáis a esperar a que os salga un cinco. Para que aguantéis con paciencia hasta que a otro jugador le salga un seis y no tenga más remedio que abrir barrera. Para eso”. Mis hijas se miraron, y la pequeña protestó. “Pues eso no está bien. Usas la estrategia equivocada para perder, y eso le quita valor a mis victorias”. Buen razonamiento, sí señor. Premio para la señorita.

            “No me gusta jugar al parchís”, les expliqué. “No me gustan los juegos en los que ganar o perder depende de un dado. Que la suerte te otorgue el número exacto con el que puedas machacar a otro para pasarle por encima y ganar no me parece una manera meritoria de vencer, sino una pura cuestión de azar. Imaginad una entrevista de trabajo: hay tres candidatos a un puesto con los mismos méritos, los mismos estudios... todo igual. ¿Cuál merece más ese contrato? ¿El más alto, el más guapo o el más educado?” La respuesta estaba clara. Ellas dos se miraron, pero no contestaron, porque sabían que lo iba a hacer yo. Era una pregunta retórica. “El alto lo es porque la ruleta genética le favoreció y sus padres pudieron alimentarlo bien. El guapo lo es porque le tocó serlo, y porque se gusta y lo potencia, lo cual no es malo si no se convierte en su único objetivo, pero no le añade valor a su currículum. El educado lo es porque se ha esforzado en serlo, porque su familia le ha dedicado tiempo y atención a esa faceta de su crecimiento personal, porque ha entendido y asumido lo que sus profesores le han enseñado… ¿entendéis por qué le daría yo el trabajo antes al educado que a los otros dos? Porque su cualidad no es fruto de la suerte, sino del esfuerzo”.

            Aprendida la lección, decidieron no jugar más al parchís conmigo, guardaron el juego y se pusieron a merendar. Para el resto de la tarde les propuse un Trivial. Pero mientras disponíamos el tablero y las tarjetas en la mesa, mi gordita pequeña preguntó. “Entonces, mami, si en el parchís no nos comes para que no nos sintamos mal, ¿por qué en el Trivial contestas bien a todo y nos ganas siempre? Eso también nos hace sentir un poco mal”. Yo me eché a reír. “En el Trivial os gano porque he estudiado mucho, he memorizado mucho y he leído mucho. Viendo mis resultados intentaréis aprender más para ganarme la próxima vez, o la siguiente, porque el vencer aquí depende de cuánto sepáis, no de la suerte. Si tenéis que ganarle a un igual, que sea porque habéis trabajado más que él, no porque el azar os dé la oportunidad de coméroslo vivo”.

            Se fueron a jugar a la cuerda. Ahí, ni se gana ni se pierde. Se salta y punto. Y encima me tocó a mí recoger el Trivial.

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