martes, 13 de agosto de 2013

LA COFRADÍA


            Eran quince, y se conocían de toda la vida. Cuando yo les vi por primera vez, allá por el mil novecientos setenta y algo, sus edades abarcaban desde los treinta y pocos del más joven hasta los cincuenta y muchos del mayor, pero ya hacía al menos una década que habían fundado la cofradía. “Los festeros de San Solterio”, les llamaban. Perpleja busqué en el santoral el nombre de su patrón, pero no existe: se lo inventaron porque todos ellos eran solteros, y además, según todos los miembros del grupo, orgullosos y convencidos de serlo.

            Se reunían cada viernes para cenar en uno de los bares del pueblo. Siempre eran los mismos, sin más invitados ni más compañías. Años atrás habían sido dieciséis, pero Andrés había muerto en un accidente de tráfico: se durmió conduciendo y se dejó la vida él solo contra una farola de la carretera. Desde entonces, cuantos intentaron ser cofrades de San Solterio se quedaron sin ingresar oficialmente en el grupo porque se ennoviaron pronto. Ya no se admitía ningún miembro que tuviese por debajo de los treinta años porque, según ellos, la juventud tiene la sangre muy revuelta, y se deja seducir por los encantos de las mujeres sin ver la trampa que hay detrás: el matrimonio. Solamente una vez se dejaron acompañar por un tal Severo que aún contaba veintiocho, pero a los pocos meses se dieron cuenta de que tenía lío con una del trabajo, y fue automáticamente expulsado. San Solterio exigía fidelidad absoluta a la soltería, sin excepciones.

            Una vez al año los festeros salían en procesión por las calles, remedando los actos religiosos oficiales de los santos de verdad. Montaban unas parihuelas a modo de andas, y ponían sobre ellas una lavadora vieja como símbolo de su devoción por la soltería. Su lema era: “Desde que existe la lavadora, ¿quién necesita mujer?” Y, borrachos como cubas y seguidos de cerca por la policía local, celebraban su día de fiesta jaleados por los chiquillos, despreciados por las mujeres y secretamente envidiados por muchos de los hombres del municipio, que a menudo habrían deseado cambiar a la parienta por una plaza en la cofradía.

            Uno de los miembros de tan singular club era un caso raro entre los demás. De hecho, nadie entendía las razones que llevaban a Amancio a ser cofrade de San Solterio. Ni era feo, como la mayoría de los otros, ni un pesado, como Arturo el lechero, ni tampoco le faltaba un verano como a Paco y Ángel, que eran hermanos y solteros por obligación, porque ninguna se les quería arrimar. Amancio era guapo e inteligente, y además tenía un negocio propio que pitaba bastante bien. Contaba con patrimonio, casas, campos… era un buen partido, y no se le conocían tendencias poco varoniles, de modo que no había explicación para su recalcitrante soltería. Hasta que un día, de repente, saltó la liebre.

            Sucedió que aquel año, durante la procesión de la lavadora, acertó a parar en el pueblo una esteticién despistada. Los festeros, que a esa hora ya estaban tan borrachos que apenas se tenían de pie (ya se les había caído el anda tres veces y el electrodoméstico presentaba un estado lamentable), se regaban con calimocho unos a otros entre risas. Y Amancio, completamente ebrio, resbaló en un charco de coca-cola con tintorro, su camisa se enganchó en el “santo” y se le desgarró de arriba a abajo mientras caía, dejando al descubierto un pecho tan peludo como el de un mono, y una espalda igualmente hirsuta. El resto de cofrades se quedaron mudos un instante, y después estallaron en carcajadas al ver a su compañero. ¡Ahí estaba el misterio! Jamás cortejó a ninguna dama porque le daba tanta vergüenza desnudarse ante ella o dejarse tocar que descartó la idea sin siquiera intentarlo.

            Algunos chavales trataron de quitarle los pantalones para ver si las piernas también semejaban las de un chimpancé, y él, tan borracho que ni defenderse podía, se echó a llorar como un niño, sentado en su charco etílico. La esteticién despistada lo miró con ojos de profesional de la depilación, ahuyentó a los burlones, se llevó a Amancio a su coche y consoló su llanto. “Si tú me dejas, yo te cambio la vida”.

            Y Santa Cera Depilatoria derrotó a San Solterio.   
 

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