miércoles, 7 de agosto de 2013

LA TRASTIENDA DE LOS BOHEMIOS


            La semana pasada me salió al paso una historia. No la busqué, ni me senté a imaginarla. Saltó delante de mis narices, como una liebre en el monte, sin esperarlo, sin anunciarse. Solamente pude sorprenderme, rendirme a su carga de humanidad y escribirla. La comparto con vosotros porque sé que me entenderéis, no en vano sois mis lectores favoritos.

            Anduve unos días de vacaciones por la costa, en una localidad de habaneras y molinos de sal a la que suelo acudir por cuestiones familiares. Mi perro, cómo no, vino conmigo, y una de las primeras cosas que hice fue inspeccionar los lugares en los que pudiese pasear con él sin molestar a nadie. Esa búsqueda me llevó a un rincón junto al mar, al margen del paseo, en donde una zona de gravilla hacía fácil la recogida de los “regalitos” que mi mascota me procura un par de veces al día, y que escrupulosamente empaqueto y elimino como buena ciudadana. No había en aquella placita ninguna terraza; la última heladería cerró hace años, a juzgar por la corrosión del cartel y la persiana. Una galería comercial atraviesa los bajos de un edificio de apartamentos, pero las tiendas que un día funcionaron dentro también estaban cerradas. Demasiado expuesto al viento costero, por allí la gente pasaba sin pararse, de modo que era el lugar ideal para soltar la correa a “Pelos” y dejarlo correr a sus anchas.

            Me fijé en una larga galería acristalada que desembocaba en la misma plaza; tras los ventanales, sillas de ruedas y ancianos contemplando las olas. Un geriátrico con los carteles en inglés. “Vaya”, pensé. “Curioso lugar para instalar una residencia para mayores británicos. Miran el mar y el sol desde detrás de un cristal”. Casi ninguno salía a la calle, demasiado viento para sus delicadas y pálidas pieles. Dentro, las cuidadoras, vestidas de blanco, los atendían solícitas. Una mujer de pelo blanquísimo me saludaba desde su sillón. A pesar del calor, una rebeca bastante gruesa cubría sus hombros cansados. Le devolví el saludo sonriendo, llamé al perro, recogí su deposición con cuidado y me marché, dejando caer la bolsa en la papelera más cercana.

            Al atardecer fui a dar una vuelta por el paseo marítimo, y hacia el final del recorrido, entre un revuelo de niños curiosos, encontramos una de esas estatuas humanas que solamente se mueven a cambio de una moneda. Vestía como un minero de carbón, la cara y las manos maquilladas de negro, la ropa embreada, el casco con la linterna luciendo en su cabeza, el gesto serio. Les di veinte céntimos a mis hijas para que los dejasen caer en su lata, y el tintineo dio vida al actor, cuyos ojos agradecidos nos miraron desde su carbonizado semblante. Sonrió, movió su pico, levantó la mano y volvió a quedar estático. “Bohemios”, les dije a las niñas mientras nos marchábamos. “Sin trabajo estable, yendo a donde el viento les lleve, solamente acompañados de su hatillo y su presente más inmediato. Qué vida más despreocupada, sin responsabilidades, ni hipotecas, ni raíces. Yo no podría vivir así”.

            A la mañana siguiente volví al rincón junto al mar con mi perro, solté su correa y le dejé olisquear a su antojo un rato. Su curiosidad canina le llevó a meterse en la galería comercial sin comercios; lo llamé, pero no venía, de modo que tuve que entrar a buscarlo. Aquello era un pasillo sucio y lleno de recodos y puertas selladas que desembocaba en la calle de atrás del edificio. En uno de aquellos rincones había un colchón, una tienda de campaña, un par de muebles viejos, enseres y una tabla de surf. Allí dormía alguien, un vagabundo. Me entró miedo, le di un grito al perro para apremiarlo y salí rápidamente. No quería encontrarme con el dueño de aquella vida arrastrada y portátil, quizá fuera un drogadicto, un alcohólico, a saber. No quería, pero sin querer, ocurrió.

            Le vi salir del geriátrico empujando la silla de ruedas de su madre. Los rastros negros del maquillaje de minero delataban sus manos y su rostro, pero las facciones eran muy parecidas a las de la anciana que, con su rebeca en los hombros, volvió a saludarme. Conversó un rato con ella en su inglés natal, la paseó al sol, la dejó de nuevo en la residencia y, cuando la mujer ya no podía verle, se metió en aquel pasillo para salir unos momentos después sin camiseta y con la tabla de surf bajo el brazo.

            Esperé a que volviese de la playa. “Tú eres el minero del paseo, ¿verdad?” Él adoptó su rictus de estatua humana y repitió el gesto mecánico que le había visto la tarde anterior. “¿Cómo es que tú vives ahí y tu madre en esa residencia privada? Tiene pinta de ser cara”, le pregunté. Se encogió de hombros. “Ella necesita cuidados. Yo estoy bien. No gano tanto como para vivir en un piso y pagar su retiro, y a Mummy le gusta el mar y saludar a la gente que pasea. ¿Tú que harías?”

            Todo el mundo tiene una historia detrás, una trastienda. También los bohemios. Quizá la moneda que dejáis caer en una lata no sirve para mantener una vida libre y sin ataduras, sino para procurar felicidad a alguien que la merece. Por la tarde volví a su puesto de estatua humana y eché un euro en su bote. El guiño de su ojo blanco sobre fondo negro hizo que el gasto valiese la pena.

 
 
 
 

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