martes, 6 de agosto de 2013

OPERACIÓN BIKINI


            Todos los años me pasa lo mismo. Y es que ya lo dice el refrán: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En mi caso, diríamos que la mujer es el único bicho viviente que tropieza chorrocientas veces en la misma báscula. Y lo hace siempre en la misma época del año. Curioso, ¿verdad?

            A mí me viene ocurriendo desde que alguien le dijo a mi madre, allá por los albores de mi adolescencia: “quítale hidratos y dulces a esta niña y dale más verdura, que luego se pondrá el bikini y empezarán los complejos”. Mira tú por dónde, esa frase, y no un trozo de tela para bañarme en el mar, fue la que instaló en mi disco duro la maldición que aún perdura. Proscribieron a mi alrededor el chocolate, la leche condensada, las galletas y los croissants, sacándome de la niñez a fuerza de sepultarme en acelgas y pescado hervido. Desde aquel lejano abril, todos los abriles recuerdo esas palabras y, como presa de algún conjuro maldito, empiezo a encontrarme lorzas hasta en las orejas.

            El ritual viene a ser, pizca más o menos, igual cada año. Salgo de la ducha, me seco, me voy a mi dormitorio, y allí mantengo una seria charla con mi espejo, cuya opinión suele ser la misma siempre: “Eres la mujer esdrújula: pálida, fláccida, celulítica y sobrepésica”. En una palabra: Gorda. Acto seguido le pongo la guinda al pastel de mi autodestrucción anímica subiéndome a la báscula. “Gorda no, ¡gorda y media!”, me grita ella. ¡Oh, cielos! Comienzan a resonar en mi cabeza las palabras del maleficio como un eco siniestro, y el “quítale hidratos y dulces a esta niña y dale más verdura, que luego se pondrá el bikini y empezarán los complejos” desata mi locura y me lanzo a buscar un calendario.

            Cuento las semanas que quedan hasta el mes de agosto, calculo mi índice de masa corporal, lo comparo con el que debería tener y, conteniendo las lágrimas, echo cuentas del promedio de gramos que debo eliminar de mi cuerpo serrano cada siete días. Luego diseño el plan: necesito una dieta, un gimnasio, un culotte nuevo para salir a correr, una piscina, un entrenador personal, tiempo para todo eso, y que mis hambres se reduzcan a la mitad. Necesito que los dulces me den asco para no visitar la despensa, necesito motivación. En resumen: necesito un milagro.

            Una vez elegido el régimen, me propongo no flaquear. Salgo, me muevo, voy a nadar, me privo de todo lo que me gusta, me autoconvenzo de que la cerveza es veneno, los helados la reencarnación del Maligno y los bocadillos de tortilla con mahonesa un festival de colesteroles y calorías que los acerca más a la comida basura que a lo sano y dietético, que es lo que yo necesito. Cuando veo  el chorizo de mi pueblo en la nevera me digo: “niña, eso no, ¡caca, caca!” y voy huyendo de él como el demonio de la cruz. “¡Aleja eso de mí!”, le grito a mi costillo si le veo venir con el paquete de galletas de chocolate en la mano. Y él, que tiene más paciencia que el Santo Job (la que le cayó cuando dijo “sí, quiero”, pobrecico mío), levanta los ojos al cielo y murmura: “ya está aquí la niña del Exorcista con su operación bikini”.

            En mi favor tengo que decir que este año lo he conseguido. Desde abril llevo sin salirme un pelo del plan. No me he saltado la dieta, ni el ejercicio, ni las sesiones de natación. Hasta el perro ha echado músculo en las patejas de acompañarme a las caminatas y trotes varios; la inversión en cremas anticelulíticas y masajes ha dejado mis muslos como los de una treintañera, las estrías de los embarazos casi ni se me notan, e incluso mis brazos vuelven a parecer brazos y no sucesiones de morcillas. Estupenda, fantástica, con un peso que ya no recordaba yo haber tenido. Que hasta me compré un par de bikinis nuevos para lucir mi victoria contra el tejido adiposo.

            Esta mañana, orgullosa como un pavo real, llegué a la playa dispuesta a ser la reina de la costa. Decidí darme un paseo por la orilla antes de bañarme. En qué mala hora se me ocurrió. Ancianas en topless con todo desparramado sobre la toalla, embarazadas de ocho meses en tanga, obesidades sin complejos, arrugas, lorzas, rebosamientos varios… Todo el mundo concentrado en disfrutar del sol y pasarlo bien, sin importar un pimiento el peso, ni la edad, ni la piel de naranja, ni nada. Yo, en comparación, estaba estupenda de la muerte, incluso antes de empezar la dieta. Y, ¿sabéis qué es lo peor de todo? Que a mí no me gustó nunca la playa. Me quemo, la arena me molesta, la sal me irrita los ojos y las medusas me dan pánico.

            Creo que el año que viene, cuando comience el mes de abril, voy a buscarme un buen exorcista que me cure de mi maldición. Pero mientras llega ese día, si me disculpáis, voy a comerme un helado doble de chocolate con pistachos. ¿Alguien me acompaña?
 

2 comentarios:

  1. Toda, toda es una santa verdad...:)

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    1. Pero que buena eres!. Es la realidad de muchas........... Saludos!

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