viernes, 23 de agosto de 2013

PADRE, ME ACUSO...

            Gloria era la beata más beata que aquel lugar había conocido. Era la primera (y a veces la única) feligresa que llegaba a la misa de nueve; rezaba el rosario con el sacerdote cada tarde, barría la iglesia, tocaba las campanas cuando alguien fallecía despertando a todos con la noticia, lavaba las albas del cura y se ocupaba de que el altar, las imágenes y la silla de terciopelo en la que Don Nicasio se sentaba durante los oficios estuviesen siempre limpios como la patena.
            No se había casado nunca. Una vez un mozo del pueblo, allá por su juventud, la pretendió, pero eso de los besos en la boca antes del matrimonio le pareció una culpa demasiado insoportable como para cargar con ella. Él se empeñaba e insistía, obligándola a confesarse, en ocasiones, dos veces al día. Terminaron un atardecer en que él le puso la mano en una de sus escuálidas nalgas, hecho que para ella resultó sucio e inadmisible, tanto como para que no volviese jamás a dirigirle la palabra.
Al pobre Don Nicasio, el cura, lo tenía frito. Ponía a prueba su paciencia cada vez que la veía dirigirse al confesonario con su velo negro sobre el pelo entrecano y su expresión severa en la cara. Según él, aquella mujer no podía tener más pecados que cualquiera de esos bacalaos de Terranova secos y salados que se podían ver en el expositor de la tienda de ultramarinos. Aunque ella, más bien, parecía un arenque ahumado: escurrida, de tez amarillenta por la falta de sol y el exceso de templo, los ojos grandes y fijos en el suelo al caminar, las ropas grises para no llamar la atención de ningún varón con colores escandalosos de esos que anuncian, como ella decía, “hembra disponible”. Una raspa con piernas de la que se burlaban los chiquillos del pueblo porque les reñía si les veía robar ciruelas de los árboles de su pequeño huerto.
Una mañana Gloria se arrodilló ante la rejilla del confesonario temblorosa, casi llorando. “Ave María Purísima. Padre, me acuso de que he pecado. Hay que echar del pueblo a Maribel, la hornera, por incitarme a ello. No se puede consentir tener alguien así entre nosotros, o iremos todos de cabeza al infierno”. Así lo dijo, de un tirón, sin detenerse siquiera a respirar. “Señor, dame paciencia”, pensó Don Nicasio mientras ella lloriqueaba, contrita. “¿De qué terribles faltas te acusas hoy, hija?” susurró el párroco mientras levantaba los ojos al techo. “Esa mujer, esa inductora al pecado, ha sacado delante de mí un pastel recién hecho con corteza de naranjas confitadas, chocolate y yemas. Yo iba a por mi panecillo integral, porque ya sabe usted, Padre, que el pan nuestro de cada día es mandamiento de Nuestro Señor el tomarlo, y esa Maribel ha sacado el pastel al mostrador, paseándolo bajo mis narices e incitándome terriblemente a la gula. Y yo, después de luchar un rato contra mis deseos, he sucumbido, he comprado un trocito y me lo he comido. ¡Oh, Padre, perdóneme, porque he pecado, pero la culpa es suya! Si se limitase a hacer solamente el pan esto no ocurriría. Pero no, ella tiene que hacer cosas como tartas de piña, o de nueces y caramelo, o merengues, o cosas que no conducen más que a la gula, la molicie y la perdición de la carne. ¡Dígale algo usted, o llevará a las llamas del averno al pueblo entero!”
Don Nicasio le impuso como penitencia por su pecado dos avemarías y un padrenuestro, sabiendo que ella rezaría el doble, por si acaso. Esperó a que Gloria se marchase, se retiró a la rectoría, y allí sacó las dos magdalenas de calabaza con azahar y pepitas de chocolate que Maribel le había despachado un par de horas antes, con su delantal blanco y su habitual sonrisa, para que las tomara en el almuerzo. “Padre, mis hijos dicen que empleo demasiado tiempo en hacer estos dulces, pero es que yo no mido la rentabilidad de mi negocio por el dinero que gano, sino por lo satisfechos que quedan quienes vienen a mi casa. ¡Ah! Por cierto, Gloria se ha llevado la esquinita que le falta a ese bizcocho de naranja y chocolate, de modo que ajústese bien la sotana, que hoy toca confesión”.

Don Nicasio se comió las magdalenas con un vaso de leche y le pidió a Dios que, para que todo el mundo pudiese tener un trocito de felicidad de vez en cuando, enviase una Maribel a cada pueblo.

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