viernes, 16 de agosto de 2013

SU MELENA NEGRA


            Ocurrió por accidente, como pasan las mejores cosas de nuestra vida. Puro azar que convirtió aquel atardecer en el momento más mágico que podía recordar. La luz del ocaso junto al mar cubrió de magia todo aquello que alcanzaba la vista, barnizándolo con el halo de lo irreal y transformándolo en un trozo del delirio de una noche de verano; jamás le había pasado nada parecido, e intuía que nunca volvería a ocurrirle, pero… ¡fue tan bonito mientras duró!

            Carlos se sentó en aquella playa de arena extrañamente blanca y fina, tan distinta al resto de playas de aquella costa. No esperaba nada, y se sorprendió al verla salir. Su melena negra se adornaba con flores de hibisco, apenas llevaba el cuerpo cubierto por dos cocos tapando sus pechos, y una escueta falda de ligeras fibras ajustada a su cadera, llena de flecos que se movían al compás de su caminar de gacela de los mares sureños.

            Observó los rasgos de su cara mientras bailaba; la luz del sol poniente hacía que su piel fuera aún más cobriza. Sus ojos, oscuros y ligeramente rasgados, brillaban bajo las cejas negras. La nariz, chata y de anchas aletas, le daba armonía al rostro haciendo que los prominentes pómulos no reinasen tanto en el delicado óvalo enmarcado por el cabello color de noche sin luna. La sonrisa era indescriptible. ¿Cómo se puede contar algo que transporta a otro mundo a quien lo ve? No era porque los labios fuesen como corales rojos, ni porque los dientes blanquísimos destacasen sobre la piel tostada por el aire del Pacífico sur; era porque, al mirarla sonreír, no había otra cosa en la cabeza de Carlos que el irrefrenable deseo de fundir su boca con la de esa maravilla que bailaba descalza sobre la arena.

            El sonido de los tambores flotaba sobre la brisa, y a su son se agitaban con suaves movimientos los brazos de aquella flor morena que no dejaba de sonreír, feliz, llena de música nativa y de pasos ancestrales de su pueblo. Sus caderas oscilaban de forma que la falda se movía con inaudita gracia, dejando entrever los muslos, las rodillas, las redondas pantorrillas de otra raza de mujeres que conjugaban en su piel algo de oriente, algo de occidente, algo de isla, algo de océano, algo de fuego, de tierra, de volcanes, de arena, de sal y palmeras, de vegetaciones lujuriosas entre las que refugiarse, de hojas y flores para cubrir y adornar la desnudez femenina más hermosa y cálida que el mundo hubiera conocido.

            No pudo dejar de mirarla durante todo el rato en que ella se movió sobre la arena como un junco acuático mecido por el suave viento del mar. La vio vestida de hojas de palma, de fibras de cáñamo, con un ligero pareo, coronada de espejillos y paja trenzada, ataviada como la princesa de alguna tribu de la Polinesia. Los vaivenes de su cuerpo y el volar de aquellas manos ligeras, que parecían en su baile llamar a las estrellas para que acudiesen a adornar la noche, se instalaron sobre su vientre, haciendo que se sintiera como un adolescente. Temía que el galope de su corazón tapase el sonido de los tambores, de tan fuerte que le latía.

            Después de veinte minutos irrepetibles ella se retiró, rodeada de su corte de doncellas y guerreros, pero antes de irse le miró, le sonrió y le dedicó un revoloteo de su falda, de modo que durante un rato solamente hubo flecos, corales rojos y chispas de fuego en la mente de Carlos, que se quedó sentado en la playa durante horas, incapaz de reaccionar. Y allí estuvo, idiotizado, soñando despierto, esperando por si ella volvía, hasta que los guardas del parque de atracciones trataron de obligarle a levantarse de la arena blanca de la playa artificial y abandonar el recinto.

            Ella, la reina polinesia, la que con su mirada y su vaivén de caderas le había hipnotizado, vino a buscarle al fin, requerida por los encargados de la seguridad: “Mai, ahí hay un turista de Cuenca que te ha visto bailar en el espectáculo “Aloha” y dice que no se va hasta que no hables con él. ¿Le dices tú algo o llamamos a la policía?” Y Mai, con una carcajada bailando en la boca, fue a despertar a Carlos de su ensoñación vestida con los vaqueros de todos los días y una camiseta de Zara, con su melena negra recogida en una simple coleta, sin flores, sin pareo, sin corona y sin luz de atardecer, mientras pensaba que era una pena crear ilusiones para luego tener que romperlas.
 
 

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