jueves, 19 de septiembre de 2013

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (CAPÍTULO... NI LO SÉ)


            Desde que comencé a escribir cuentos en este blog os he hablado ya de algunos de mis abuelitos, internos de las residencias en las que he trabajado. De ellos aprendí muchas cosas, les tuve que perdonar muchos pellizcos y alguna que otra perrería, pero supongo que ellos a mí también han tenido que disculparme algún fallo, alguna mala contestación de mis días torcidos (esos que todos tenemos de vez en cuando), y algún que otro grito. Quizá no siempre tuve la paciencia que debí tener, quizá ellos alguna vez me vieron como sirvienta en vez de como cuidadora, pero en general puedo decir que di mucho cariño y también lo recibí. Cariño y lecciones de vida.

            Elvira era costurera, aunque ella siempre opinó que era mejor decir “modista, que queda mucho más fino”. Sus manos hábiles vestían a las niñas de las familias más acomodadas de Santander y provincia; las llenaba de lazos, puntillas y encajes, tan al gusto de la época. Cosía vestidos de fiesta, trajes de domingo y de diario, e incluso los atavíos para sus primeras comuniones, pequeños tocados y capotas para sus cabezas, y faldones de cristianar. Para procurarse los mejores materiales de la ciudad iba a veces al puerto a esperar el barco que venía de Inglaterra, donde viajaban los encajes y blondas de Holanda, que eran muy apreciados por los ricos.

            Cuando yo era niña aún se enseñaba costura en los colegios públicos, pero a mí solamente me dio tiempo de hacer una vainica, un pespunte, un sobrehilado y poco más. De Elvira aprendí muchísimas más cosas: a hacer nido de abeja, a colocar un entredós, a poner tapajuntas para las sabanillas de las cunas, a incrustar a máquina una puntilla de “valencié”, frunces, lorzas, remates, puntos escondidos, ensanches, pinzas… Era una enciclopedia de la costura, tan habituada a trabajar que ni aún retirada y medio ciega podía parar de hacerlo.

            Por alguna razón especial se le permitió traer de su casa una máquina de coser y tenerla en su habitación; la norma era que no se añadieran más elementos que los que ya estaban instalados en los dormitorios para evitar tropiezos, obstáculos y problemas, pero su máquina sí pudo entrar. Era de las antiguas, con manivela en la rueda. Ella no quería otra, y tampoco podría haber manejado una de pedal, porque apenas caminaba y siempre tenía las piernas y los pies muy hinchados. Le colocaron de compañera a una mujeruca completamente sorda para que no se despertase si Elvira no podía dormir y se levantaba a coser, y dejaron que siguiera manteniendo sus manos ocupadas en la labor.

            Yo muchas veces le preguntaba para quién era el vestidito que en ese momento tenía sobre la mesa. “Para la pequeña de los Solares, unos indianos ricos que tienen casona en Arredondo y van a casar a su hija mayor”. Yo miraba el modelo, con su enagua, los pasacintas, las delicadas rosas de lazo de raso para el remate de las mangas, el fajín de color albaricoque que ceñía la cintura, las puntillas de la falda, y pensaba que los señores de Solares estaban un poco fuera de onda con la moda, porque ya no se llevan ese tipo de trajes ni siquiera en las ceremonias más horteras, pero no le decía nada a Elvira.

            Cuando terminaba una prenda solía pedirme que le escribiera en una etiqueta de cartón el nombre de la niña que habría de lucir esa “creación”; con un cordón de seda ataba la tarjeta a la percha y les entregaba a las monjas el trabajo acabado para que lo hicieran llegar a la casa correcta. Inmediatamente comenzaba con otro vestido, y así fue los casi tres años en que yo la atendí.

            Durante mi última semana de trabajo en aquel centro, comentando con mis compañeras la profunda admiración que me causaba el arte de Elvira y la extrañeza por ver que seguía teniendo clientes que demandaban ese tipo de trajes, una de las más veteranas de la residencia me desveló el secreto: en realidad, Elvira no cosía para nadie. No tenía clientes de verdad, aunque no estaban seguras de si se los inventaba para no dejar de trabajar o si realmente, dentro de su cabeza, continuaba al frente del taller de costura como cuando joven. La niña de los Solares que iba a la boda de su hermana era ya una mujer de más de cincuenta años, el bebé de los Cagigal tenía hijos en la Universidad, las gemelas Castanedo peinaban canas, y la heredera de los Ruiloba había muerto de tuberculosis con quince años. “Hay una sastrería en Madrid que compra todos los vestidos para usarlos en películas y series de época. Con eso y la pensión no contributiva que recibe del Estado se paga su estancia en la residencia. Si todas esas enaguas y trajes se quedaran aquí, no habría dónde guardarlos”.

            No me atreví a preguntárselo. Ni siquiera le dije que me iba para no volver. Le di un beso y la dejé sentada a su máquina, afanada en unos pololos rematados con encaje de Camariñas “para la hija de los Señores Sáinz de la Maza, que está gordita y se le rozan las piernucas al caminar”.
 

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