jueves, 12 de septiembre de 2013

CALLOS Y EXTINTORES


            “La diferencia entre poder ayudar y tener que pedir ayuda se llama contrato de trabajo”. Pura no sabía dónde había oído esa frase, pero cada día que pasaba el peso de tal sentencia era más evidente para ella. Después de quedarse en paro dependían totalmente de la tienda de Josu, y tras un año de poca venta y continuas pérdidas no les quedó otro remedio que cerrarla también. Él era autónomo, de modo que nada de paro. Y ella, de lo suyo, solo recibiría un subsidio de desempleo de seiscientos euros durante dos meses más. ¿De qué iban a vivir?

            Siempre ayudó cuanto pudo a los demás; en época de vacas gordas Pura no podía enterarse de que nadie cercano lo estuviera pasando mal. Tenía el sentido de la empatía tan desarrollado que le hubiera sido imposible dormir por las noches de no prestar auxilio. La ropa que sus tres hijas iban dejando pequeña iba directa a las familias que ella sabía que la necesitaban, y siempre había un brick de leche o un paquete de galletas para quien se lo pedía. Pero ahora todo era distinto. Ahora ni siquiera podía pagar el alquiler del piso en el que vivían.

            Ella y Josu tocaron todas las puertas. Echaron todas las instancias. Acudieron a todas las oficinas. Pero solamente sirvió para comprobar que, a medida que la crisis se iba alargando en el tiempo, las ayudas para las familias se reducían hasta esfumarse. No les dieron libros, no les dieron material escolar, les cerraron el acceso a las becas… “quizá les concedan las ayudas de libros, vuelvan por aquí a mediados de diciembre y, si ya las han aprobado y cumplen todos los requisitos, les daremos el dinero”. ¡Mediados de diciembre! Y el primer trimestre del curso, ¿qué? Se sintieron abandonados por quienes debían velar por la seguridad y el bienestar de todos.

            Pura se miraba muchas veces al espejo, y no veía en él a alguien pobre. Si se arreglaba el pelo y se maquillaba un poco, con la ropa que tenía en el armario y los zapatos limpios no parecía una pobre. Y sin embargo tenía la nevera vacía, y lo que era peor, el recibo de la luz pendiente de llegar al banco y sin fondos para cubrirlo. El escalón de la tranquilidad a la ruina era demasiado pequeño, nunca pensó que ellos, trabajadores y honrados, pudiesen bajarlo algún día. Pero así era. Procuraban que nadie se enterase, les daba vergüenza, pero resulta que la vergüenza no da de comer, y las niñas necesitaban llenar el estómago a diario. Había que pedir ayuda.

            A veces miraba la televisión, y escuchaba los discursos grandilocuentes de los políticos: “estamos haciendo”, “estamos dando”, “no dejaremos que nadie pase hambre”, “estamos ayudando”… Pero la realidad era que ellos, desde sus coches blindados, desde sus chalets con vigilancia, sus urbanizaciones con pistas de pádel y sus piscinas particulares, pese a tener los datos en la mano, no tenían ni idea de lo que la gente estaba sufriendo. No podían saber lo que es la zozobra, lo que es el insomnio, lo que es el terror a un desahucio, lo que es luchar, lo que es esconderse a llorar, porque toda su vida lo habían tenido todo en bandeja. Ninguno de los que denegaban las ayudas desde sus despachos elegantes de la capital sabía lo que era no encontrar con qué alimentar a sus hijos. Ellos, que tenían los camiones, las bombas y las mangueras, veían el fuego y no lo apagaban.

            Fueron los vecinos. Los primos. Los amigos. Los conocidos. Los antes auxiliados por Pura y Josu. Los que menos tenían. Ellos, con sus pequeños extintores, con cubos, con vasos de agua, fueron los que sofocaron el incendio. Arañando un poco de sus pensiones, retirando una pequeña cantidad mensual de sus exiguas nóminas, dejando de ir un día al cine para alcanzarle a Pura un billete azul que le diera el pan y la leche de la semana. Ellos, que sí sabían lo que se siente, que sí habían catado y vivido la pobreza fueron los que dieron la talla. Si durante seis meses, que fue lo que tardó Josu en encontrar empleo, pudieron comer, estudiar y vivir, no fue gracias a los servicios sociales, sino a la gente de alrededor, a las personas sencillas con callos en las manos de trabajar duro. Los otros, los de los elegantes trajes y los grandes sueldos, los de las pensiones millonarias y los viajes “regalados”, los de las manos blandas, los que disponen de medios para ayudar de verdad, esos… Esos son dignos de lástima, porque los callos los tienen en la conciencia.

            “Obras son amores, y no buenas razones”, dice el refrán. Cuando esto acabe no olvidéis quién os dijo “no se puede” con su más ensayada cara de preocupación, y quién no os dijo nada pero os tendió la mano. Quién puso su extintor, o su cubo de agua, para apagar vuestro incendio. Y quién guardó el camión de los bomberos en su chalet por si le hacía falta.
 

2 comentarios:

  1. Buenos días Susana, gracias por despertarme con tus relatos, aunque esta vez es un poquito duro.
    Esperemos que no nos tengamos que ver como Pura y Josu, aunque últimamente todos tenemos la espada de Damoches sobre nuestras cabezas.
    A mi alrededor hay vecinos que lo están pasando mal, pero van tirando, un trabajito por aquí, una ayudita por allá, pero de momento nada muy grave, yo no lo dudaría si tuviera que echar una mano. A mis niños que no les falte de nada, y menos de comer, porque los niños de mis vecinos son casi propios.

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