miércoles, 4 de septiembre de 2013

CAMBIOS DE SEPTIEMBRE


            Cuando el aire fresco de septiembre se llevó los últimos flecos del verano, Inés sintió, como cada año, la necesidad de renovarse. Como los árboles que comienzan a dejar caer sus hojas para crear otras nuevas, como los kioskos que se llenan de nuevas colecciones, como los niños que vuelven a la escuela para aprender cosas que no sabían.

            Miró su cara en el espejo: el verano había hecho estragos en su pelo, tenía la piel oscura y seca, y las arruguitas en torno a los ojos iban delatando su edad. Después miró su cuerpo: las cervecitas, los helados, las pizzas por no cocinar y el vino rosado fresquito que tan bien entraba se le habían instalado en el trasero y en las caderas. Era preciso un plan de ataque que pusiera orden en aquel desaguisado, porque de no remediarse no le cabría la ropa de invierno, y con una presencia descuidada no encontraría trabajo en ningún sitio. Miró su cuenta bancaria, y con lo que pudo arañar después de pagar la vuelta al cole de los niños compró un tinte casero, un yogur, unos pepinos, manzanilla, una crema hidratante de las baratitas, una lima y una laca de uñas rojo pasión.

            La peluquera del barrio le hizo un repaso de puntas; no le preguntó si quería teñirse, porque era evidente que lo hacía ella misma para ahorrarse unos euros. Después, al llegar a casa, puso a hervir la manzanilla, se expuso al vapor con una toalla sobre la cabeza durante un buen rato, y con un espejo y pañuelos de papel se estrujó cada centímetro de piel de su rostro como había visto hacer a las esteticistas. El pepino y el yogur sirvieron para la mascarilla. Por último, se depiló las cejas, se dio crema, se arregló las uñas y fue a preparar la cena. Verdurita y un huevo cocido para ella, pescado para los niños y el marido, sandía para todos, que es diurética, hipocalórica y barata.

            Antes de irse a la cama, mientras terminaba de recoger la ropa, Inés pensó: “ojalá tuviera dinero para hacerme un retoque a la cara. No se me notarían tanto los años. Me estiraría un poquito, un relleno al surco del entrecejo, algo de volumen a los labios, las bolsas bajo los ojos… Sería estupendo volver a ser guapa, como antes de los niños y de los cuarenta años”. Y, pensando en ello, se asomó a ver dormir a sus hijos, besó a su marido y se acostó rendida de cansancio.

            Cuando el aire fresco de septiembre se llevó los últimos flecos del verano, Cuqui sintió, como cada año, la necesidad de renovarse. Como los árboles que comienzan a dejar caer sus hojas para crear otras nuevas, como los kioskos que se llenan de nuevas colecciones, como los niños que vuelven a la escuela para aprender cosas que no sabían.

            Miró su cara en el espejo: la piscina privada había hecho estragos en su pelo, tenía la piel bronceadísima, y como no se había quitado las gafas de sol de marca ni para dormir (la última blefaroplastia recomendaba protección solar intensa) tenía el contorno de los ojos más blanco que el resto de la cara. Después miró su cuerpo: los cócteles, el champán francés, los sorbetes y las cenas en Can Roca se le habían instalado en el trasero y en las caderas. Era preciso un plan de ataque que pusiera orden en aquel desaguisado, porque de no remediarse tendría que renovar todo el armario comprando la talla 40 en lugar de la 38 como acostumbraba. No miró su cuenta bancaria, de eso se encargaban el abogado y el asesor. Solamente comprobó que en la nevera del cuarto de baño quedase crema de caviar con la que hidratar su cutis, mandó a la asistenta a pedir hora con el salón de belleza-spa para un tratamiento integral, y también habló con su cirujano plástico personal para unos repasitos sin importancia: lipo en los tobillos, abrasión para las manchas solares, y levantar los pechos, que con el trikini daban la impresión de no estar del todo firmes.

            La asistenta se marchó a las diez, y Cuqui se preparó para irse a la cama: cenó un yogur desnatado, se puso una lavativa, repaso a los dientes, dónde está el antifaz de gel. Se tomó una pastilla para dormir pensando: “a lo mejor mi vida sería distinta si a mi lado tuviera un hombre, si hubiera tenido hijos. Sería estupendo volver a ser joven y poder cambiar algunas de las decisiones que tomé. Tal vez, si hubiera elegido formar una familia en lugar de tener éxito profesional y más dinero, ahora no estaría tan sola”. Y, antes de que el somnífero llenase de oscuridad artificial su noche, le dio tiempo a sentirse desgraciada.

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