lunes, 23 de septiembre de 2013

DESCUBRIMIENTOS


         Ciertamente, el azar es algo tan mágico como imprevisible, y es capaz de propiciar encuentros y descubrimientos que son la sal, la pimienta, el orégano, la cúrcuma y la canela que cambian de color y sabor cada uno de los días de nuestra vida. Gracias al azar cada jornada es distinta de la anterior, porque él pone en nuestro camino a cada momento personas diferentes. Unas se dirigen a nosotros, aunque solo sea para preguntarnos la hora. Otras, simplemente, nos miran, o nos agradecen con un gesto de la mano el haber parado en un paso de peatones para facilitar su caminar. Otras… otras nada. A unas nos las coloca cerca, y otras, simplemente, pasan y no las volvemos a ver. De nosotros depende el entablar una conversación, regalar una sonrisa o encerrarnos en nosotros mismos y no decir ni “buenos días”. Somos nosotros los que ganamos o perdemos.

            A Mónica la conozco de unos cuantos años, pero realmente no la conocía de nada hasta ahora. Vive en mi edificio, es “mi vecina la argentina”, pero fuera de eso, hasta hace pocos días, solamente podía decir de ella que nació en ese enorme país del otro lado del charco en el que también nacieron el tango, el mate y las boleadoras, las chacareras y los gauchos, donde Marco encontró por fin a su mamá, donde a los españoles nos llaman “gayegos”, al dinero le dicen “platita” y a los niños “pibes”. Ella era una vecina más con la que solo hablaba del tiempo en el ascensor.

            Hay personas cuyo aspecto y actitud elimina cualquier atisbo de desconfianza. Siempre fue una vecina muy correcta: no fuma en las zonas comunes, cosa que otros sí hacen. No organiza fiestas en su casa, ni da un ruido. Sube y baja con su perro atado, un animal que es como ella, rubio, noble y grandote, al que yo llamo cariñosamente “chiquitín”. Jamás pasa sin sonreír, sin saludar. Ella es así, alta como una vikinga, fuerte como los robles (claro, los corazones grandes necesitan cuerpos grandes que los puedan albergar), con los ojos permanentemente húmedos pensando en su Buenos Aires querido y en los nietos que van creciendo allá, lejos de ella. Pero, aparte de eso, que casi a simple vista se puede apreciar, yo no sabía más.

            Un día de hace no mucho, sin embargo, la cosa cambió: llegó el azar, esparció su efecto, y cruzó nuestros perfiles de Facebook. Y gracias a eso nos descubrimos la una a la otra. Mi vecina Mónica, la argentina de la risa abierta y el acento porteño, oculta bajo su apariencia de teleoperadora a una maravillosa artesana de los telares y los tapices, una mujer creativa que dedicó muchos años de su vida, antes de tener que emigrar a España, a enseñar su arte. Llegó a exponer sus trabajos hasta en el lejano Japón, donde tan amantes son de las cosas hechas con las manos, porque piensan que los objetos fabricados así son los únicos que realmente poseen alma. Ella hacía, con esos tapices, terapia ocupacional: impartía cursos en los que enseñaba a discapacitados, principalmente personas con la movilidad reducida, a escoger colores, texturas, preparar un telar, urdir una trama en él, e ir tejiendo, como arañas hábiles, hermosos trozos de tiempo y lana con que abrigar los muros de las casas.

            “A una persona que no puede mover sus piernas hay que darle un trabajo para que mueva sus manos. De lo contrario, antes o después dejará de sentirse persona”, me dijo cuando le pregunté sobre ello. “Pero aquí aún no he conseguido que nadie se interese por mis cursos y mi arte”. “Yo tampoco he tenido éxito con mi primer libro, pero no desespero. Con el segundo quizá lo consiga, y si no, escribiré un tercero”, le contesté. Su risa argentina (en todos los sentidos) inundó la escalera: “así me gusta, que seas valiente”, me dijo.

 Ella también ha sido valiente, y hoy me enteré de que al fin va a impartir un curso. Por eso he querido aprovechar este rincón que comparto con vosotros para poder felicitarla. Espero que a mucha gente le entre la curiosidad por la artesanía del tapiz, y que pronto pueda dejar el teléfono y dedicarse al telar, que es lo que realmente la hace única… y feliz.

Vivimos rodeados de personas extraordinarias. Solamente nosotros mismos somos culpables si no reparamos en ellas, porque nos prohibimos la oportunidad de disfrutar de todo lo que nos pueden aportar. “Desdichada vida de colmenas llenas de abejas que no se hablan”, o, traducido al cristiano, manda narices que tenga que descubrir por Facebook que mi vecina del segundo es una artista como la copa de un pino. De un pino argentino.
 

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