lunes, 30 de septiembre de 2013

DESDE EL VIERNES


            No me apetecía iniciar una nueva relación en este momento, me encontraba a gusto y cómoda con la que tenía. Ya eran unos cuantos años, casi habíamos caído en la rutina. Seguía habiendo amor, o más bien cariño con algún rescoldo de pasión, pero, como ya digo, estaba cómoda, sin sobresaltos, ni tiras y aflojas. Aunque reconozco que ya no se me ponía el estómago al revés cuando nos rozábamos. No era como en los buenos tiempos. De hecho, llevábamos meses casi sin hablarnos, y mucho menos tocarnos, pero no porque fuéramos enemigos sino porque, simplemente, él no me lo pedía y yo tampoco tenía ganas.

            Sabía que antes o después tendría que conocer a otro, pero no creáis que yo lo busqué. Simplemente surgió, como surgen las mejores cosas de la vida: por casualidad. Un antiguo grupo de conocidos, un re-encuentro casual, un hablar de los viejos tiempos, un “vente el viernes por el local y charlamos largo y tendido”… Mi habitual acompañante vino conmigo, pero no fue demasiado bien acogido. No encajaba del todo, como un gallo nuevo metido de repente en un corral donde más gallos ya tienen su territorio marcado y establecido. Alguien insinuó que sobraba, y yo me di cuenta de que, en verdad, así era, de modo que imaginé que no nos quedaríamos mucho rato. Y de pronto, como un soplo de viento, apareció él y todo cambió.

            Me lo presentaron cuando estaba buscando mi bolso para marcharnos, y ya no pude dejar de pensar en él. Su aspecto maltrecho y sus cicatrices le daban un aire de canalla curtido en mil correrías que resultaba francamente atractivo, y eso que a mi no me han ido nunca los malotes. Pero yo sabía, solamente con verle, que su interior era bueno, que quizá no necesitase más que alguien a su lado que lo cuidase un poquito. Se me despertó, de pronto, el instinto protector. Ya no quise irme, y alargamos la velada bastante más de lo previsto.

            Durante la noche, a pesar de que, como ya dije, iba acompañada, me sorprendí a mí misma mirándolo a hurtadillas, con el rabillo del ojo. Y me di cuenta de que él también me miraba, tratando de ponerse cerca de las luces para que yo pudiese apreciar mejor su estatura, su esbeltez y el poco brillo que aún le quedaba en la piel. Yo, confusa, besé la boca de mi compañero de los últimos años tratando de concentrarme en sentir, en recuperar lo que un día experimenté con ese contacto, pero mi mente ya volaba imaginando cómo serían los besos de aquel viejo galán recién descubierto.

            Atreverme, ceder a la tentación, supondría cambiar la seguridad por un riesgo, la estabilidad por la aventura. Ni siquiera había escuchado aún su voz, pero la imaginaba profunda, varonil, aterciopelada, acariciándome el alma. Seguramente es cosa de la edad: esto de cumplir los cuarenta hace que comencemos a valorar más las cosas que nos ponen la carne de gallina, no sé si por miedo a decir definitivamente adiós a la juventud. Mirándole me sentía como una adolescente a punto de vivir su primer idilio. Mi pareja me contempló y adivinó en mis ojos el destello de la duda, la misma que tiene un saltador que se aferra a su paracaídas en el último segundo antes de precipitarse al vacío desde la portezuela abierta del avión.

            Lo he pensado mucho, y estoy decidida. Hoy llenaré mi pecho de aire para él, besaré su boca por fin, y escucharé cómo me susurra, o cómo me grita, o cómo me canta… Hoy aparco a Carlos Gardel, mi saxo alto, el que llevo tocando cinco años, y me atrevo a empezar con un saxofón tenor; no sé hasta dónde me llevará esta nueva aventura, qué partituras interpretaremos juntos ni si llegaremos a conectar igual que lo hacíamos Gardel y yo, pero sí sé que pondré todo mi empeño en hacerlo sonar de la mejor manera posible.

            Como es un tenor le he puesto de nombre Plácido. Le estoy cogiendo el gustillo a esto de la “promiscuidad musical”. Menos mal que estas “aventurillas” mías no son pecado.
 
 

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