lunes, 9 de septiembre de 2013

LAS GAFAS NUEVAS


            Paula ya venía una temporada diciendo que no veía bien de lejos. Sus padres sumaron dos y dos: niña miope entrando en la adolescencia + estirón veraniego da como resultado, con toda seguridad, cuatro, es decir, gafas nuevas. La visita a la óptica era ineludible, y el gasto más que probable.

            Efectivamente, después de la revisión quedó patente que el defecto visual y la cabeza de Paula habían crecido a la par, así que no quedó otro remedio que elegir una montura nueva para los cristales que habían de ayudar a la jovencita a ver correctamente. El dependiente comenzó a mostrar a la adolescente modelos de gafas, y su madre empezó a opinar acerca del estilo. “Estas, Paula, te quedan estupendas”, decía mamá mirando discretamente el precio. “¡Uf!, parezco una lechuza”, protestaba la chavala contemplándose en el espejo. El óptico, viendo venir el rifi-rafe generacional, se retiró discretamente a la trastienda para dejar la tormenta pasar sin mojarse demasiado.

            “Esas son de niña”, decía Paula. “Eres una niña”, respondía su madre. Papá, de momento, callaba por si acaso, no le fuera a caer una reprimenda por meterse en cuestiones de estética. “Pero mamá, si las gafas las tengo que llevar yo, ¿por qué las tienes que elegir tú? ¡No es justo!” Su madre, haciendo oídos sordos, continuaba indicándole monturas a su gusto. “¡Mamá, estas son horrorosas! ¡Parecen de secretaria de los años sesenta! Y estas me hacen cara de televisor. Y estas son horribles, me van a llamar Señorita Rottenmeier. Estas no. Estas tampoco. No pienso probarme ninguna más de las que tú me digas”, dijo al fin. Y, cruzada de brazos, igual que cuando era pequeñaja y se le llevaba la contraria, se sentó en una de las sillas de cortesía del establecimiento, de espaldas a su madre.

            “Dile algo a tu hija, que está imposible”, pidió Mamá a Papá. Era el momento de que el caballero de reluciente armadura acudiese al rescate de las dos damas empleando, como siempre, el escudo de la paciencia, la espada del buen humor y la mano izquierda, mucho más efectiva que la diestra en estas contiendas. “Vamos a ver: ¿tú qué tipo de gafas quieres? ¿De estas?” preguntó Papá indicando una montura discreta, en metal dorado. Carita de asco por toda respuesta. “¿O quizá de estas de aquí?” Rectangulares, en colores morados y con ositos de una conocida marca catalana de joyería y bisutería. Malhumorada, Paula se las puso sobre la naricilla pecosa. “Con estas parezco Mamá. Ni hablar”.

            “Oye, mocosa, ¿tienes algún inconveniente en parecerte a tu madre?” espetó Mamá, francamente molesta. Papá la miró, y le hizo un gesto de complicidad con la cabeza ladeada para apaciguar su enfado. Inmediatamente volvió a la carga. “Mira, vamos a hacer una cosa: tú me dices unas que te gusten y yo no miro el precio, ¿vale?” Paula, segura, se fue hacia una hilera de enormes monturas de pasta en colores negros y marrones oscuros, cogió las más grandes y se las puso. Tenían lunares blancos en las patillas. Después, se soltó la melena, sacó un cepillo de su mochila, se atusó concienzudamente el pelo, puso cara de interesante y se volvió hacia su padre. “¡Estas, Papá! Lo último de lo último, unas gafas hipsters. Ahora solamente me falta que Mamá me haga un par de bufandas y gorros de punto para el invierno, mis libros bajo el brazo, unas Converse en los pies y un café para llevar del Starbucks en la mano. ¡Estas son las que quiero!”

            Mamá y Papá se miraron y estallaron en risas. “¿Ha dicho unas gafas jispis?” “No, creo que ha dicho unas gafas twisters. Y además no le gusta el café”. Paula, muy ofendida, se quitó la montura y se echó a llorar. Papá paró de reírse y suspiró. “Venga, cariño, que no aguantas ni una broma. Sonríe. ¿Quieres esas? Pues esas. Llama al dependiente para que tome nota del pedido y no llores, que te salen granos”. Y mientras Paula, contenta por fin, sacaba una foto de las gafas para enviarla por whatsapp a sus quince amigas más íntimas, Mamá susurró: “son unas gafapastas de las de toda la vida”. Y Papá, sonriendo, le recordó el tupé de rocker, los vaqueros con vuelta, las camisas de cuadros y los corbatines vaqueros a lo Elvis que ella llevaba en su juventud ante la mirada horrorizada de su madre.
 
 

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