sábado, 28 de septiembre de 2013

UN REGALO DE IDA Y VUELTA


            Les conocí hace muchos años. “José se llamaba el padre, Josefa la mujer, y un hijo que tenían también se llamaba José”: aquella familia era como la de la canción infantil. El padre, Pepe, tenía la apariencia de un ogro corpulento y peludo; su voz de trueno y sus manos enormes llamaban a engaño, porque no había en la ciudad corazón más grande y bondadoso que el suyo. Se enamoró de María José por su fragilidad, tan contrapuesta a su propia envergadura, y por la extrema dulzura de su voz que, cuando cantaba, parecía detener hasta a las moscas en el aire. Si ella se arrancaba por valencianas, no era la potencia lo que brillaba en su garganta, sino unos giros, una manera de modular y de acariciar cada sílaba que distinguían la suya sobre todas las demás voces.

            Solamente tuvieron un hijo, Josep. A María José la miel de su propio canto se le fue colando en la sangre hasta envenenarla, y la diabetes puso en serio riesgo su vida durante el embarazo y el parto. Por eso su marido decidió que prefería tener un hijo y una esposa que dos niños sin madre, y no hubo más descendencia para ellos. Toda su vida giró desde entonces en torno al joven Josep. Cuando yo les conocí el chaval tenía doce años. Los tres eran buenos hasta el extremo, generosos, trabajadores y comprometidos. Yo perdí la cuenta de las veces que toqué para que ella cantase, de las canciones que entonamos juntas, de las veces que ella me ayudó a aprender el complicado arte de hacer mío un folklore en otra lengua. Y detrás siempre estaba él, con su risa de coloso y su abrazo de amigo, y con el chiquillo a su lado.

            Pepe se nos fue un otoño, de pronto, sin avisar. Ese corazón tan grande se negó a seguir latiendo: un solo músculo tembloroso tumbó al gigante, nos vistió a todos de negro por dentro, y se llevó de paso la alegría de su mujer y la infancia de Josep, que quedó como único cabeza de familia, encargado de velar por una madre con una diabetes severísima y sin opción de volver a llamar “papá” a nadie. Al mes siguiente me quedé embarazada de mi primer hijo, que se habría llamado también José de haber sido chico.

Tuve una niña.

            María José fue una de las primeras personas en venir a felicitarme. Arrinconó su dolor para compartir nuestra alegría, y como regalo me entregó unas pequeñas castañuelas de madera talladas a mano. “Toma, para la nena. Me las compró mi abuela cuando yo era pequeña. Las disfruté mucho, pero ya ves, no he tenido una hija a quien dárselas, y al paso que voy no creo que llegue a ser abuela. Si se aficiona al folklore, entre tú y yo le enseñaremos a cantar con estilo”. Pero no ha habido oportunidad, porque la niña no salió nada aficionada al cante, y a mi amiga la enfermedad le robó una pierna y la voz. Dejamos de compartir noches de guitarra y actuaciones, yo tuve otra niña, y ella se fue quedando cada vez más limitada hasta ya no poder salir de casa sin ayuda.

            Las manitas de mis hijas crecieron, y las pequeñas castañuelas quedaron guardadas en el cajón de los juguetes durante años. Pero de pronto, hace unos meses, las oí revolverse. “Tric, triqui-tric, tric, triqui-tric”, repiqueteaban alegres entre viejas Barbies y conejitos de peluche. “¿Qué os pasa?”, les pregunté. “Tric, tric, triqui-triqui-tric”, me respondieron. No supe comprenderlas. Desde ese día, rara era la mañana que no las oía sonar en el cajón, aunque yo no fuera capaz de descifrar su mensaje. Y ayer, por casualidad, me enteré. Josep, un hombre ya, casado desde hace unos años, ha tenido una niña. Su madre aún ha llegado a conocerla y, aunque ya muy enferma, la tan ansiada sensación de tener una pequeña nieta le ha dado la luz que necesitaba para seguir adelante con una sonrisa.

            Diminuta Eva, sé que heredas el apellido Orient y el corazón enorme de tu abuelo, así como desearía que también recibieras como legado la singular y dulcísima voz y el talento para cantar de tu abuela. Lo que sí vas a tener seguro son esas castañuelas, porque nadie sino tú debe conservarlas. Tu tatarabuela las compró, y no tengo derecho a quedármelas. Van a ser un regalo de ida y vuelta, pero te las entregaré con todo mi cariño y la promesa de que, si un día quieres aprender a tocar el laúd o a cantar albaes, te enseñaré como si fueses mi propia nieta.

            La vida es así. Nos da cosas, nos las quita, nos da otras… “Tric, triqui-tric, tric, tric”, cada vez que escuche unas castañuelas me acordaré de ti, Eva. Gracias por llegar a tiempo.

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