miércoles, 25 de septiembre de 2013

UNA PEREGRINA ATÍPICA


            Se sentó en un banco de piedra, a la entrada del pueblo de Navarrete, en Logroño. Era francés, y había comenzado el Camino de Santiago en Roncesvalles. En su diario de viaje tenía anotadas las fechas, los albergues, las posadas en las que había parado, los kilómetros recorridos, y también las lluvias, los soles, las dificultades, los dolores con los que iba batallando en cada jornada. Quería escribir una guía de ese gran viaje para que otros compatriotas pudiesen compartir más adelante la experiencia; era además un devoto católico, de modo que el Camino tenía para él un motivo de fe además del literario. Jacques compartía nombre con el Santo, y le hacía especial ilusión ir a rezar ante él ofreciendo el titánico esfuerzo de recorrer tal distancia a pie.

            La vio llegar unos minutos después de haberse sentado. Era, ciertamente, una peregrina atípica. Llevaba falda larga de tonos vivos en lugar de los cómodos pantalones de media pierna; la camiseta desteñida le llegaba casi a las rodillas, y cada calcetín que asomaba sobre las botas era de un color distinto. De su mochila descolorida y manchada de polvo colgaba una concha venera; llevaba la abundante melena negra recogida en un extraño moño sobre la cabeza, y al sombrero de alas anchas que protegía su blanco rostro de japonesa le había cortado la parte superior para que el bulto de su pelo asomase por él. En sus manos, un cayado hecho de una fuerte rama en lugar del ligero y resistente bastón de fibra de carbono que ya usaban casi todos los demás.

            Jacques sintió curiosidad. ¿Qué empuja a una japonesa, seguramente sintoísta o atea, a hacer la peregrinación cristiana por excelencia? ¿No le daba miedo caminar las largas jornadas sola? No quiso perder su pista, de modo que la siguió hasta el albergue del Cántaro, donde por lo visto tenía alojamiento reservado, y pidió cama también para él. Si continuaba tras ella, seguramente en algún momento podría entablar conversación y preguntarle.

            Buscó en el pueblo un lugar donde cenar; le daba igual uno que otro porque era de paladar agradecido, pero cuando la vio terminar su postre en un bar cercano al albergue, esperó a que saliese y, apresuradamente, se sentó en el rincón que ella había dejado libre. “¿Qué come una japonesa en el camino de Santiago?” anotó en su cuaderno. Observó los platos que aún no habían sido retirados por el camarero: una cazuelita de barro, posiblemente de sopa de ajo. Migas de una tortilla. Cáscaras de nueces y plátanos. La cena nutritiva de hidratos, proteínas y potasio que necesita alguien con muchos kilómetros de camino en sus piernas. Pensó pedir lo mismo, pero algo llamó su atención cuando el muchacho del bar comenzó a limpiar la mesa: había un dibujo en el mantel de papel. Era el esbozo, hecho con tinta negra, de una mata de buganvilla en flor, muy similar a la que había visto en la puerta del albergue de peregrinos. El dibujo era asombrosamente hermoso para estar hecho con unos pocos trazos, y además tenía su nombre al pie: Okita. Cuidadosamente, Jacques lo recortó con la diminuta tijera de su navaja suiza multiusos, lo guardó entre las páginas de su cuaderno y encargó la cena.

            Al alba salió tras ella, caminó siempre a unos doscientos metros de su espalda, se alojó en el mismo lugar que la japonesa, buscó cenar en la misma mesa no bien ella se hubo levantado, y otra vez halló su premio: un nuevo dibujo en el mantel. Esta vez correspondía a un emparrado con sus racimos maduros. Debió verlo en el porche de alguna casa durante la jornada. Nuevamente guardó el trocito de arte en blanco y negro y dejó que dispusieran la mesa para él. Y así hizo cada día durante las semanas de camino hasta llegar a Santiago. Ella no pareció reparar en él; él no se dirigió a ella en ningún momento, y cada anochecer un nuevo dibujo de flores o plantas engordaba su cuaderno.

            Al llegar por fin a la Plaza del Obradoiro, Jacques sintió que el agotamiento, la alegría y la fe le llenaban los ojos de lágrimas, pero antes de que la silenciosa Okita desapareciese de su vida, quiso despedirse de ella y la abordó entre la multitud. Sin rodeos, le preguntó: “oye, ¿tú qué es lo que viniste a buscar aquí?” Y ella, con sus profundos ojos negros clavados en él, contestó, enigmática: “a mí misma”. Aquello merecía un café y una charla antes de que los dos volviesen a sus respectivos mundos.

            Era contable, pero lo odiaba. Tenía un buen trabajo que aborrecía, vivía en una ciudad que no le gustaba, en un apartamento sin alma. Llevaba una vida gris que la estaba apagando, pero no sabía cómo podía salirse de las normas. Necesitaba otro rumbo, y había oído decir que eso era lo que buscaban todos los peregrinos a Santiago: un nuevo camino, un lugar mejor hacia el que dirigir sus pasos. Por eso iba sola, necesitaba meditar. Jacques le contó que la había seguido movido por la curiosidad, pero también para devolverle esa colección de “miguitas de pan” japonesas que había ido esparciendo en cada etapa: sus dibujos. Okita juntó sus manos, cerró sus ojos e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Después, recogió silente su mochila y se perdió entre el gentío.

            No sé si Jacques llegó a saber que ese álbum de trazos negros sobre trozos de mantel fue el germen de la realización de Okita como persona, pues terminaron siendo diseños para las delicadas sedas de una nueva colección de trajes tradicionales del país del Sol Naciente. Buganvillas, Dompedros, parras con sus racimos, pinos piñoneros, rosales y zarzamoras sustituyeron a las típicas flores de cerezo y de almendro. Encontró su camino al fin lejos de los números, creando belleza con los recuerdos que él fue recopilando a su paso.
            Unir destinos. Cambiar vidas. Reordenar prioridades. Aclarar ideas. El Camino de Santiago

no es solo fe cristiana. Es mucho más.

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