viernes, 25 de octubre de 2013

EL CAMINO DE MERCHE


            Merche comenzó a andar su camino un buen día, cuando su juventud le llenaba el pensamiento de planes, proyectos e ilusiones por cumplir. Aquella mañana, se puso sus zapatos más bonitos, se pintó la sonrisa de rosa chicle y emprendió la marcha. Imaginó las flores que iba a encontrar a su paso, las nubes blancas que la acompañarían en su andar, los pájaros que cantarían para ella y los compañeros que, a lo largo del sendero, se irían uniendo a su ruta para continuar juntos hasta que llegasen al final de aquel viaje.

            Al poco de haber comenzado a andar, se dio cuenta de que no había elegido bien los zapatos; eran hermosos, pero el tacón hacía que le doliesen la espalda y los pies, se torció un tobillo al pisar una piedra y le salieron rozaduras en los talones. A la primera oportunidad que tuvo los cambió por unos más feos, pero más cómodos y resistentes. Aprendió que no siempre acertamos con las previsiones que hacemos, que hay que escuchar más al propio cuerpo, y que a veces compramos con los ojos en lugar de con la cabeza, y lo que obtenemos solamente es belleza inútil. Anotó en su diario de viaje el incidente y continuó andando.

            Unas jornadas más adelante, Merche se dio cuenta de que el cielo iba cambiando, las nubes blancas se tornaban del color del plomo, el viento soplaba frío y los pájaros, en lugar de cantar, se escondían temerosos. Pensó que quizá le diera tiempo a buscar refugio antes de que estallase la tormenta, pero no fue así: la lluvia comenzó a descargar furiosamente, y la pilló al descubierto, mojándola de arriba a abajo y haciendo que le castañeteasen los dientes. Aprendió así que, a veces, los problemas llegan mucho antes de lo que imaginábamos, y nos cogen desprevenidos, sin tiempo para reaccionar. Un carretero embozado le ofreció cobijo en su carreta, pero no aceptó, porque su instinto le dijo que quien no da la cara cuando te habla no merece tu confianza; sí aceptó, en cambio, el brazo y un paraguas compartido del caminante que se cruzó con ella un poco más adelante, porque pensó que, quien ofrece lo poco que tiene con una sonrisa, solo puede tener un corazón noble. Sin embargo, el caminante, al poco de andar juntos, le robó la cartera, y el carretero, que andaba con la cabeza cubierta para protegerse del frío y el agua, volvió para ayudarla y llevarla a un lugar seguro y seco. Merche aprendió entonces que las apariencias engañan, y que es imposible saber lo que va a suceder hasta que ocurre. Pero no se acobardó por ello: anotó las experiencias en su diario y continuó su viaje.

            A lo largo de su caminar se fueron uniendo a ella distintas personas. Unas la acompañaron y la ayudaron, otras se fueron por otros senderos en cuanto surgió la primera dificultad, y otras se limitaron a verla pasar. Hubo incluso quienes establecieron con ella un vínculo de afecto y caminaron a su lado por mucho, mucho tiempo, compartiendo tropezones, días de sol, lluvias, cucharadas de miel robadas a las colmenas y picotazos de las abejas. Compartieron y aprendieron que hay pájaros hermosos que arruinan las cosechas de los campesinos y pájaros feos que se comen los insectos dañinos y nos protegen, que los conejos son adorables pero arrasan los campos si nadie los caza, que las flores más bellas tienen bichos, que nada es perfecto en sí mismo, pero que todo tiene su función. Y Merche anotó todas esas cosas para no olvidarlas, porque no quería repetir ninguno de sus errores.

            A pesar de las piedras que le hicieron caer, de los tábanos que clavaron en ella su aguijón, de los fríos y las decepciones que algunos viajeros le regalaron, Merche continuó caminando, siempre con su sonrisa pintada de rosa chicle para no perder del todo la juventud de ánimo. Jamás se planteó detener su andar por empinada que fuese la cuesta, porque ante todo supo entender que valían más los campos de amapolas en los que había dormido, las puestas de sol que había visto, las frutas que los árboles le habían regalado y los trinos de los jilgueros y verderones, que todos los problemas con los que había tropezado. Leyendo su diario de viaje había llegado a comprender que en ese camino que es la vida no hay ninguna meta al final. Lo importante es aprender a ser felices mientras caminamos.

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