martes, 8 de octubre de 2013

EXPLICACIONES


            “Mamá, el mundo de los adultos es muy, muy complicado” me decía ayer una de mis hijas. Sus ojos de diez años ven, sus oídos de diez años escuchan, su raciocinio de diez años trabaja a marchas forzadas… y no le salen las cuentas.

            Cuando me preguntó sobre el porqué de que haya negros en América, cuando se suponía que eran originarios de África y antes de que Colón se aventurase a descubrir las Indias ambos continentes ni sabían de su existencia mutua, le expliqué lo que era la esclavitud, el tráfico de seres humanos, los negreros, el infame comercio de aquel tiempo, el desprecio por la vida de aquellos con un color distinto de piel y los siglos, las guerras y los conflictos, que costaron al mundo muchas vidas valiosas hasta hace cuatro días, invertidos en solucionar semejante barbaridad. Le conté cómo transportaban a los negros como si fueran animales, cómo morían asfixiados en las bodegas de los barcos. Le expliqué que, si embarcaban quinientos en África y llegaban vivos cien a América, lo negreros ya se daban por contentos. Que les miraban los dientes como si fueran caballos, que las mujeres eran usadas en todos los sentidos, que esa manera de proceder era legal y estaba protegida y fomentada por gobiernos “civilizados”. Que los vendían y los compraban como quien compra y vende ovejas, que no estaba penado el maltratarlos, e incluso el asesinarlos. Que todo valía.

            Mi pequeña tardó días en asimilar todo cuanto le había contado, leyó algunos textos que seleccioné para ayudarla a entender, y al fin me comentó: “bueno, mami, menos mal que eso fue antes y ahora ya no pasa. Ahora todos sabemos que un blanco y un negro son iguales por dentro y tienen los mismos derechos. Mi profesora en el colegio también me lo ha dicho, que lo de los colores distintos solamente es evolución y adaptación al medio, pero que todos tenemos el mismo valor”. Le dije que sí, le di un beso y le aseguré que estaba en lo cierto. Ya habría tiempo de explicarle que, en el siglo XXI, nada es absolutamente cierto ni totalmente falso.

            Mira que le tengo dicho que no vea informativos sin estar conmigo, pero ayer pasé por el salón y allí estaba ella, plantada delante del televisor, estupefacta, con los ojos llenos de lágrimas, la boca abierta y el gesto congelado. Miraba las imágenes de Lampedusa, las hileras de cadáveres en el puerto, la desolación de los equipos de rescate. Cada cifra que escupía la tele le golpeaba el alma como un bofetón: solamente ciento y algún rescatado, doscientos y pico cuerpos, un barco hundido con montones de cadáveres amontonados en la bodega esperando ser extraídos. Un barco negrero, un cargamento de ilegales, unas leyes que penalizan a quienes les ayudan, tres pesqueros que pasaron junto a la nave ardiendo y no hicieron nada por miedo a las represalias del gobierno. Y una Europa súper-civilizada, súper-democrática y súper-todo que mira hacia otro lado mientras un grupo de pescadores de una isla italiana se comen un marrón del tamaño de Alaska.

            Mi niña me miró. En sus ojos ardía un “mentirosa, me dijiste que esto ya no ocurría”. ¿Cómo se le explica algo así a una criatura de esa edad? ¿Cómo le cuento que Italia ha concedido la nacionalidad a los muertos, que ya no pueden disfrutarla, y que a los que han quedado vivos los va a multar y a enviar de vuelta a la miseria de la que querían escapar? ¿Cómo le digo que el pescador que ignoró la ley, ese que solamente con sus manos, una cuerda y un salvavidas sacó del agua uno por uno a cincuenta seres humanos, quizá pierda su barco y su medio de vida por ello? ¿Cómo le vendo que esta Europa de la que ella es ciudadana carece de conciencia?

            Parece ser que, desde el siglo XVI hasta ahora, hemos evolucionado más bien poco en algunos aspectos. “Hija, a algunas personas el Pepito Grillo de dentro se les ahogó cuando eran pequeños, y por eso pasan aún tragedias como estas. Tratan de ganar dinero sin importar quién muera en el camino, igual que aquellos negreros de la época colonial. Hacer cosas para que esto deje de ocurrir será vuestro trabajo, el de los niños inteligentes y estudiosos como tú, cuando os hagáis mayores”.  

            Me da la impresión de que acabo de pasarle a mi hija un marrón del tamaño de Marte. No me extraña que algunos niños no quieran crecer.
 

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