martes, 29 de octubre de 2013

LA LATA DE GALLETAS


            La primera lata de galletas de mantequilla que Verónica compró con el dinero de su hucha tenía dibujos de rosas. Rojas, amarillas, blancas, anaranjadas, y cómo no, rosas rosas, rosas al cuadrado. Era rectangular y grande; compartió con su abuela y con sus hermanos el contenido de la caja de lata, porque no la había comprado en realidad por los dulces que contenía, sino más bien para darle uso al continente. Acababa de conocer a un chico con el que no dejaba de soñar desde que sus miradas se cruzaron a la puerta del instituto, y esperaba guardar en la caja los recuerdos de esa incipiente relación. Tenía quince años recién cumplidos.

            A la caja fueron a parar billetes de autobuses que tomaron juntos para ir a la playa, la colilla de un cigarro que él fumó y que ella guardó para tener la huella de sus labios en algún sitio más que en los propios, una margarita que se secó dentro de un tomo de enciclopedia y que él arrancó para ella durante un paseo por el parque, una foto de los dos en que ella sonreía feliz y él miraba hacia otro lado. Dos meses de ilusión que se volatilizaron en cuanto otra estudiante con las tetas más grandes le hizo ojitos. El llanto le duró a Verónica casi más que la relación, pero al fin superó el primer desengaño adolescente y quemó el contenido de la caja en la barbacoa del patio. En la lata de galletas plantó menta piperita para las infusiones de la abuela y los caldos de puchero.

            La segunda lata de galletas que compró era redonda y azul, con dibujos de autobuses rojos de dos pisos, cabinas de teléfono londinenses y soldados de uniforme con enormes sombreros negros y postura rígida. Acababa de conocer al hombre de su vida en una discoteca, él la invitó a una fanta nada más verla, era tan guapo, tan moreno, tan alto, tan galante… A los dieciséis años, desde luego, tenemos en la mirada una especie de extraña lupa que distorsiona nuestra percepción. Guardó en la caja un pétalo de la única rosa que él le compró, un papel de caramelo mentolín, de los que él se comía para disimular el aliento a whisky barato y canuto antes de besarla, unas entradas de la única vez que fueron al cine en todo el año que estuvieron juntos (la película de guerra la escogió él, las entradas las pagó ella) y el papel rasgado del primer preservativo. Ni una foto, ni una tarjeta, ni una carta, ni nada más. No era, desde luego, el apuesto y detallista galán que ella suponía, porque desde aquella fanta discotequera rara fue la vez que de su bolsillo salió un duro para nada que no fuera a consumir él. Después, ya os lo podéis imaginar: despareció el moreno y se llevó la lupa, de modo que Verónica vio por fin su auténtico rostro. Un poco tarde, pero bueno. Le costó casi otro año recomponerse, y a la hora de quemar los recuerdos, con una triste cerilla tuvo bastante. En la lata plantó una albahaca, hierba que purifica y limpia el aire a su alrededor, y aromatiza estupendamente las ensaladas Caprese.

            Al cumplir los veintiún años, Verónica tenía en el patio, además de la menta y la albahaca, una lata amarilla con una planta de romero, otra roja con salvia y dos más, rectangulares y decoradas con dibujos de sellos y matasellos de todo el mundo, en las que crecían el cebollino y perejil. Había quemado muchas cosas: fotos, cartas, tickets, dos plantones, el envoltorio de un bombón, una amenaza, las entradas rotas de un concierto de Sabina, un bofetón y la nota de “perdóname” fingido que no aceptó. Seguía soltera, pero ya entonces sabía perfectamente todo lo que jamás le iba a permitir a un hombre que quisiera ser su pareja. Además, sus guisos olían de tal modo que, al pasar ante la ventana de su cocina, todos los vecinos se quedaban olfateando un rato, tratando de imaginar qué deliciosos sabores tendrían esos platos cuyos efluvios inundaban la calle entera.

            Con veintidós años se casó. Él era un chef de prestigio que se enamoró de su arte para aromatizar los platos con las plantas de su patio. Juntos montaron un restaurante que aún, veinte años después, funciona a las mil maravillas, igual que su relación. Verónica guarda los recuerdos de los dos en un baúl, porque ya no encontró lata de galletas tan grande como para acumular todos los detalles, las atenciones con que él la colmaba a diario, las notas de cariño, las flores, las fotos de vacaciones, los teatros y conciertos que disfrutaron juntos… Por cierto, el restaurante se llama “DAME LA LATA”. Si pasáis delante, no lo dudéis y entrad. Saldréis sabiendo que en el amor, como en la cocina, los tropezones del pasado construyen los aciertos del presente.
 

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