lunes, 21 de octubre de 2013

LA MONTAÑA DE GINÉS


            Lo único que tenía la madre de Ginés era un hijo y un dedal. Lo parió sola, dado que quien disfrutó engendrándolo en ella negó conocerla en cuanto supo que la había preñado. Después de todo, la costurera que arreglaba los vestidos de su esposa, ensanchándolos a medida que ella ganaba los kilos propios de la buena vida, seguramente se acostaría con cuanto caballero pudiera para tratar de salir así de la miseria. Probablemente ni siquiera sabía de quién era aquel bastardillo que esperaba, y él no iba a cargar con un crío sin tener garantía de que fuera suyo.

            Lo único que tenía Ginés era una madre. Ella se mataba a coser día y noche para poder alimentarle y pagar la renta de la casucha miserable en la que vivían, y él no recordaba tener otros juguetes que los que ella le hacía con trapos rellenos de serrín simulando muñecos, y los que él mismo se fabricaba con ramas, piedras e imaginación. Eso sí, ninguna noche se fue a dormir sin un beso y una canción que ella, con su timbre de voz roto por las infecciones de garganta mal curadas y la desnutrición, le daba cuando lo arropaba y apagaba la vela de su mesilla.

            A veces subían juntos al monte que se alzaba junto a su pueblo. Era una montañuela boscosa, llena de pinos y carrascas tan juntos que, a vista de pájaro, no se apreciaban los caminos en muchas zonas. Se podía ascender por los senderos y las pistas forestales, y ellos iban allí, se sentaban en el punto más alto, que contaba con una amplia explanada desde la que se dominaba la comarca entera, y miraban al horizonte en todas direcciones. “Mira, Ginés: estas son tus posesiones. La montaña y el bosque son de todos, y por tanto también son tuyos y míos. No podemos decir que no tenemos nada. Tenemos las moras para comer, las piñas y las ramas secas para calentarnos, los conejos para sobrevivir y los pájaros para alegrarnos la vida. Tenemos el aire para respirarlo, el sol para acumular salud con que afrontar el invierno, el río para bañarnos y los manantiales para beber. Por eso debes recordar siempre que, aunque los ricos te desprecien y te digan que no tienes nada, están mintiendo para dominarte, porque esto que ves es también tuyo y nadie te lo podrá quitar”. Ginés abrazaba entonces a su madre y pensaba que el amor que ella le daba también era una posesión preciosa que nadie podría arrebatarle. Pero se equivocaba.

            Una noche de enero se acurrucó junto a ella en el colchón de paja; la notó tiritar y trató de darle calor. Ginés tenía siete años. Su madre tenía neumonía. Al alba, el niño despertó al sentir la rigidez de aquel cuerpo que le había dado la vida, sabiendo que ya nada volvería a ser igual. Después vinieron las casas de acogida, la soledad, la incertidumbre, las monjas y el frío más terrible que jamás había conocido: el de la ausencia de cariño. Fueron años duros, noches largas, azotes si mojaba la cama por culpa de las pesadillas, desprecio, terror y un irrefrenable deseo de volver a sus dominios, a su montaña, a soñar con las palabras de mamá: “Todo esto es también nuestro, no dejes que te hagan creer que no tienes nada”.

            En el servicio militar aprendió a conducir, a interpretar mapas y a esperar. Obedecer ya sabía; fue lo primero que hubo de aprender para sobrevivir en las casas de acogida. Consiguió colarse en la unidad que hizo los cortafuegos en su montaña para protegerla de posibles incendios; dedicó muchos meses a trabajar mejorando las pistas forestales y haciendo la carretera para que los nuevos vehículos de bomberos pudieran circular por ella, y las ardillas, los zorros y las águilas le saludaron al verle, reconociendo en él al pequeño Ginés que les visitaba años atrás junto a su madre. Ahora ya era mayor de edad, y en cuanto terminara el servicio militar sería dueño de su destino. Mirando a los pinos, al río y a toda su comarca desde la cumbre, decidió que era el momento de volver para ya no marcharse jamás.

            Le conocí ayer. Me saludó desde su pequeña atalaya, una torre de observación meteorológica construida en esa cumbre. Ocho antenas de telefonía móvil e internet son su jardín y compañía, y anotar los datos de anemómetros, pluviómetros y unos cuantos más “ómetros” que desconozco es su trabajo, además de la vigilancia forestal. Me invitó a café y charlamos un rato; me llamó la atención la cantidad de libros que acumulaba en aquella vivienda “para matar las horas en invierno”, y también el dedal que, con un cordón de cuero, llevaba colgando del cuello. “Mi madre me lo dejó en herencia. Esto, la montaña y mi dignidad. Lo indispensable para continuar vivo”.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario