sábado, 5 de octubre de 2013

LA VELA DE SU BARCA


            “Es para hacer la vela de mi barca”. Esa era la respuesta que daba a todo el que quería preguntarle. De hecho, nadie le había oído nunca decir ninguna otra cosa, porque Darío ya nació soñando con el mar, y agua marina era lo único que contenía su cabeza.

            En todos los pueblos hay un bar, un colmado, un alguacil y un tonto. Ya imagináis quién era Darío: el retrasado, el lerdo, el anormal. Aquel del que, quinta tras quinta, se burlaban los chiquillos casi como deporte local. Se reían de su gorra de ciclista, de sus pantalones remendados, de sus uñas sucias, de sus ojos de besugo estúpido, del cordel que usaba a modo de correa. Él nunca protestaba, no conocía la malicia. Simplemente guardaba como tesoros los trozos de tela que recogía de la basura, o los trapos que las vecinas le daban. Agradecía esos jirones de tejido con su sonrisa boba, y decía eso de “son para la vela de mi barca”.

            Por allí jamás se había visto una embarcación. De hecho, la mayoría de los habitantes de aquel rincón del mundo ni siquiera conocía el mar, de modo que cómo sabía el tonto lo que era una vela de barca constituía un verdadero misterio. Dentro de su casa, Darío cortaba trozos de trapo de colores y los iba cosiendo entre sí afanosamente; sabía que necesitaba que fuera grande, porque cuanto más grande fuera, más lejos le llevaría de aquel lugar en donde nadie entendía que era un pez que se equivocó de lugar al nacer. Tenía memoria de pez, ojos de pez, inteligencia de pez, instinto de mar y sueños de sal. Que el resto de su cuerpo pareciese humano era una pura anécdota.

            En aquellos tiempos, las zonas rurales tenían una comunicación con el exterior más bien escasa. Un camino para carros y las pocas cartas de los que decidían irse y dejaban familia en las aldeas, esas eran todas sus fuentes de información; la idea del mar era para ellos, por tanto, algo imprecisa. El barranco que cruzaba la población estaba casi seco, y la masa de agua más grande que se había visto por allí fue el prado del Rogelio cuando se inundó por las lluvias unos cuantos octubres atrás. Pero Darío sí sabía. Sabía que sus hermanos nadaban en aquel lejano océano donde eran libres, donde nadie les tiraba piedras ni les llamaba estúpidos. Allí los seres eran silenciosos, como él, y sus pieles plateadas y brillantes les hacían parecer joyas animadas. Miró sus manos, sus pies agrietados y sucios, y se imaginó las líneas de su silueta de pez, sus aletas y la cola, tan diferentes de aquel error de la naturaleza en el que estaba atrapado. Pero debía darse prisa, porque pronto haría el viaje. La vela debía estar lista a tiempo, solamente tendría una oportunidad.

            Una mañana, el tonto salió de su casa y olió el aire. Después, sacó una mesa puesta del revés a la que había añadido tablones de una pata a otra, formando una especie de cajón; la arrastró afanosamente por el camino hasta el barranco y la dejó caer en el cauce. El hilillo de agua que corría apenas mojaba la madera. Se llegó de nuevo hasta la casa; el pino que había caído derribado por un rayo durante el verano anterior, desbrozado y limpio, también fue arrastrado por Darío hasta su “barca”. Lo ató fuertemente a una de las patas de la mesa por la parte de dentro a modo de mástil, y fue, por último, a buscar la vela.

            Los que le vieron irse arrastrando la enorme tela se quedaron preguntándose qué demonios pretendía el tonto del pueblo. Todos reconocieron en algún rincón de la vela un trozo de su propia vida: un cachito de pantalón, un pedazo de blusa estampada con flores, un retal de colcha, de funda de colchón, de abrigo, de sábana que un día tiraron a la basura por haber quedado inservible. Cuarenta años de historia de un pueblo resumida en una absurda amalgama de retales recogidos de entre los deshechos por aquel ser, alguien que solo quería ser un pez más porque no había sido nunca tratado como un ser humano.

            Día y medio estuvo allí sentado, dentro del cajón, esperando. Los chavales entrenaron con sus tirachinas usándolo como blanco, los hombres fueron a preguntarle qué pretendía, pero él no contestaba. Sonreía y ensayaba boqueando la nueva respiración que habría de practicar en el mar. Solamente él esperaba la tormenta, solamente él la vio venir.

            La avenida de agua se produjo por la noche. Fue una tromba nunca vista por aquellos parajes; se llevó árboles, animales, varios graneros y el carro del Eleuterio. Y también la barca de Darío, cuyo cuerpo nunca apareció. Dicen que se ahogó antes de alcanzar el océano, pero esa es una explicación demasiado lógica. Yo creo que llegó a donde él quería llegar, y que su destino de ser pez al fin pudo cumplirse.
 

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