jueves, 10 de octubre de 2013

LLEGA UNA CARTA


            Muchas veces uno se detiene a examinar su vida y se siente vacío. Con la agenda llena de ocupaciones que, bien miradas, no revisten importancia alguna, o no al menos la importancia que siempre quisimos que nuestro tiempo tuviera. No conozco ningún niño que no sueñe con ser algo grande, astronauta, neurocirujano, actor de primera línea, cantante superventas. Tampoco conozco ninguno que fantasee con ser limpiadora, ni operario de la recogida de basuras, ni auxiliar administrativo, camarero de bar de barrio o planchadora de lavandería. Sin embargo, todas esas personas son valiosas en sí mismas, valiosas para alguien, porque en un momento dado fueron o serán cruciales en el ser de otro.

            Dentro de vidas como la mía, la tuya o la del vecino, vidas del montón, existencias discretas y de lo más normal hay, sin embargo, unos pocos momentos extraordinarios, un puñado de instantes que justifican ampliamente los años que vivamos, sean sesenta, ochenta, cincuenta o cien. Valen por esos y por muchos más. Son fogonazos de luz, golpes de ilusión tan intensos que iluminan de pronto hasta la oscuridad más absoluta, y que hacen que todo tenga sentido, destrozando esa absurda manía que tenemos de sentirnos mal mirando nuestro propio ombligo insatisfecho.

            La primera vez que tuve esa sensación, la de que mi presencia en el mundo tiene un valor único, fue cuando supe que estaba embarazada de mi hija mayor. Pensé que, por fin, el que yo estuviera aquí significaría la vida para alguien. Hasta el momento había aportado diferencias en la existencia de mis padres, en la de mis amigos, en la de mi marido, pero solamente había sido diferencias, y no LA diferencia. Mi futura hija no podría existir si yo no estuviera. Puede parecer un pensamiento egocéntrico, pero nada más lejos de la realidad: el saber que mi cuerpo iba a ser compartido por otro ser daba un sentido a lo que soy que antes no había siquiera imaginado.

            La noticia de que iba a ser madre me dio una luz interior que no conocía, me llenó de mariposas el estómago y me tuvo con una sonrisa en la cara durante varios días. Después la sensación se fue mitigando, llegaron las molestias, las náuseas y todo lo demás que acompaña un embarazo, di a luz y comencé a criar a mi hija como cualquier otra mamá, sin más. Ese golpe de felicidad, ese sentirse inmensamente afortunada, esa emoción que remeció cada una de mis fibras no volvió a aparecer hasta que llegó un segundo embarazo. De nuevo mi presencia era decisiva para otro, concretamente para esa nueva criatura que se escondía en uno de mis rinconcillos y que comenzó siendo nada más que la segunda raya en un test de farmacia. La luz volvió a mi rostro, la ilusión a mi interior, y tuve la suerte de que todo llegase de nuevo a buen puerto.

            Después de ese día no había vuelto a sentirlo. Tomé la decisión de no tener más hijos, cerré capítulo, seguí adelante, y desde entonces todo ha sido de lo más normal: trabajar, vivir, alegrías, malos ratos, expectativas, risas, sueños… igual que los tuyos, igual que los del vecino, que los de cualquiera. De hecho, creí que ya jamás volvería a experimentar esa emoción, la de poder ser LA diferencia para alguien. Pero me equivoqué.

            Las personas pasamos por épocas en las que nuestro ánimo no está, precisamente, en la cresta de la ola. Y de pronto llega una carta y lo cambia todo. Todo. Una carta que te recuerda lo que eres, lo que puedes ser, y que de verdad, aunque no salgas en televisión, ni vendas millones de discos, ni encuentres la fórmula para acabar con el hambre en el mundo, tu vida importa mucho.

            Cuando me di de alta en el registro de donantes de médula de la fundación José Carreras me dijeron que seguramente nunca me llamarían. Que la posibilidad de encontrar un donante compatible fuera de la familia del enfermo es remota, una entre un millón. Pero aun así me registré pensando que no perdía nada más que un tubo de sangre y un ratito de mi tiempo. Eso fue hace ocho años. Ayer llegó la carta, y con ella la chispa, el fogonazo. Hay muchas posibilidades de que sea compatible con alguien que lucha por sobrevivir. Alguien cuya familia reza cada día por encontrarme, alguien que espera tener un futuro por delante, pero que no sabe si conseguirá vencer a la enfermedad. Ignoro qué edad tiene, ni si es hombre o mujer, si vive en mi continente o en otro. Eso no lo descubriré nunca. Mi única certeza es que las células de mi médula ósea pueden ser LA diferencia, y esa esperanza ahora mismo es su luz, y también la mía.

            Ya me he hecho nuevos análisis, y no sé cuándo llegará la respuesta. Tal vez al fin no sea posible por alguna razón médica que desconozco, pero a mí desde ayer no hay quien me quite la sonrisa de la boca. Haceros donantes. Apostad por ser LA diferencia de alguien. Solamente por vivir este momento, esta alegría, esta emoción de sentirse inmensamente afortunado, ya vale la pena intentarlo.
 

4 comentarios:

  1. Eres increíble Susana, por lo valiente y por lo buena persona que eres. Yo soy donante de sangre de momento.

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  2. No, Yoli. No soy más valiente ni mejor persona que cualquiera. Todos podemos convertirnos en la segunda oportunidad de alguien. Ser donante de sangre también es algo muy importante, absolutamente necesario. ¿Ves? Tú también eres extraordinaria.

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  3. Hola, Susana. Te sigo desde hace un tiempo y todo lo que escribes me gusta mucho, pero hoy me has erizado el vello con tu historia. Enhorabuena. Ojalá seáis compatibles.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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