viernes, 1 de noviembre de 2013

CARAMELOS DE PIÑONES


            Las personas que gozan de una buena posición económica tienen, a menudo, grandes vicios. Casinos, compras compulsivas y caviar a cucharadas son excesos que solamente pueden permitirse algunas cuentas corrientes. Pero los pobres también tenemos nuestros “pecadillos”, no vayáis a creer. Aunque no son, desde luego, los mismos.

            Ella crio cinco hijos con un sueldo solo. En todos los comercios del barrio le fiaban, porque sabían que su honradez estaba fuera de toda duda, y en cuanto su marido traía el jornal a casa lo primero que hacía era liquidar todas las cuentas: la del panadero, la del carnicero y la del lechero. En su casa no se gastaba un céntimo en nada superfluo, no había margen para el ocio, ni para un helado en el parque, ni para tabaco, un taxi o un café en el bar. La ropa de los mayores se arreglaba para los pequeños, se aprovechaba todo, se remendaba todo, se reciclaba todo, se iba a pie a todos lados. La gran mayoría de familias, en aquel tiempo, vivían como ellos.

            Solamente había una cosa a la que ella no se podía resistir: los caramelos con piñones del Caserío de Tafalla. Cuando los hijos se hicieron mayores y comenzaron a trabajar su posición económica mejoró un poco, de modo que su marido pudo permitirse ir a tomar un vino al bar con los amigos de tanto en tanto, y ella hacerse la permanente en la peluquería cada tres meses, como las señoras. El cambio cualitativo en su vida fue enorme, y aunque siguieron viviendo en la misma casa hasta el final, sin calefacción, con cocina de carbón, un baño helado y simplicísimo, una televisión en blanco y negro minúscula y un par de sillones de mimbre en lugar de tresillo, aunque no se mudaron ni sustituyeron el colchón de lana por uno más moderno, ella pudo, de vez en cuando, regalarse una bolsita de aquellos caramelos que tanto le gustaban. Se los dosificaba para que le durasen más, y sucumbía a la dulce tentación con un cierto sentimiento de culpabilidad: se estaba gastando dinero en algo innecesario, algo que no compartía con nadie, que no era para sus hijos, y se sentía un poco egoísta por ello. Pero aquellos trozos de caramelo de dulce de leche con piñones eran tan delicados, tan deliciosos…

            La edad le trajo muchos problemas de salud, entre ellos una trombosis cerebral que dejó su mente como una pizarra en blanco. Hubo de aprender todo de nuevo, como los niños: andar, hablar, guisar, leer, escribir su nombre. Y lo hizo, porque era valiente y no quería ver a sus nietos y no poder nombrarlos y contarles un cuento, ni tampoco quería ver que faltase  un botón en la camisa de su marido y no saber cosérselo. Tiró adelante para no ser una carga, y consiguió volver a su acostumbrada eficacia como mujer de su casa, recordó cómo se hacían las albóndigas y sus legendarias roscas de anís. Hasta teresitas como las de antaño volvieron a salir de sus manos ancianas. Pero su salud no dejaba de ponerle trabas. Una de ellas, el azúcar. “Prohibidos los dulces, Lina”. Y ella agachó la cabeza ante el médico mientras pensaba en la bolsita de caramelos empiñonados que tenía guardada en su mesilla de noche. El placer de comerlos, que hasta entonces era solo una concesión al lujo y un pecadillo de gula, se convirtió en un acto aún más furtivo: un riesgo, algo que no debía hacer. Y eso los hizo, a sus ojos, aún más irresistibles.

            Cuando podía escaparse a la vigilancia familiar, se compraba un puñadito y los escondía en el armario, entre la ropa de cama limpia y planchada. Allí donde su marido no los buscaría. Algunas veces, mientras faenaba por las habitaciones, metía la mano bajo las sábanas dobladas, sacaba un caramelo y lo guardaba en el bolsillo de su mandil. Al comerlo deprisa por si era sorprendida, la pasta dulce se le pegaba a la dentadura postiza y la tenía rechupeteando media mañana. Aún recuerdo su aire de niña cogida en falta cuando yo le encontraba el envoltorio vacío, arrugado y crujiente, envuelto en el pañuelo que guardaba en su bocamanga. “Abuelita, el médico te ha dicho que no puedes comer dulces”. Pero lo que más dulce tenía en esa momento no era el paladar, sino la mirada. Por eso algunas veces incluso yo se los iba a buscar a la tienda y se los daba por debajo de la mesa, como una travesura a medias.

            Aún los compro. La misma marca, el mismo caramelo, y no han cambiado nada. El mismo sabor que a ella le encantaba, el mismo olor que despedían sus besos. Mi padre y yo los compartimos, y solemos hacerlo a escondidas, porque eso es parte de su encanto: comerlos como lo hacía ella, como un placer furtivo, de tapadillo, de estrangis, de estraperlo. Con su mismo aire de travesura en la mirada y la misma sonrisa de placer inconfesable.

            Hoy es el día de Todos los Santos, y ella fue la primera persona amada que se marchó de mi mundo para no volver, de modo que cada año mi primer recuerdo del día es para ella. Te sigo echando de menos, abuelita. Un beso.
 
 

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