lunes, 25 de noviembre de 2013

EL EMBRUJO DEL JAZZ


            El joven estudiante de conservatorio quiso pasar aquel verano en Cuba. Era ya un buen saxofonista, apuntaba maneras como profesional, pero no quería ser solamente un gran intérprete de partituras: quería más. Dominar el arte de la improvisación, dejarse llevar, aprender a volcar el ritmo de sus venas en las entrañas del saxo y hacerlo vibrar, sonoro, seductor, mágico. Quería ver su propio compás en los pies y los hombros, en los movimientos de quienes lo escuchasen, notar cómo se dejaban llevar por su sonido, con media sonrisa en los labios, balanceando quizá la cabeza con cada pulso de su respiración musical. Y eso no lo iba a conseguir en las aulas.

            Decidido a desentrañar el hechizo del jazz y los ritmos latinos, Aitor embaló su saxofón Selmer, un instrumento que ya era casi una prolongación de sí mismo, hizo la maleta y compró un billete de avión para La Habana. Llevaba la cabeza llena de ilusiones y una lista en el bolsillo con los clubes en los que iba a empaparse de la música que quería hacer. Volvería a casa siendo mejor intérprete, porque para eso no solo es necesario escuchar mucho: hay que respirar el ambiente, las luces, los olores, estrechar las manos, ver las caras. Sentir. “Si no sientes, no transmites”. Eso decían los grandes, y Aitor estaba decidido a ser un grande.

            La edad de Alodia era una incógnita. Nadie sabía exactamente cuándo había nacido; su aspecto decía cuarenta y algunos, sus ojos decían mucho más, y la voz de su saxofón decía infinitos. Su sonido era el calor del ron añejo cubano, su ritmo era la más cálida salsa caribeña. Su jazz era tan auténtico como el que sale de los clubes más prohibidos de Nueva Orleans. Ella sola, fundida con su saxo en larguísimas sesiones de intuición y ritmo, de pensamientos pecaminosos, sensualidad e impulsos de algún rincón entre el corazón latiente y la piel sintiente, erizaba el vello de quien la escuchaba. Ella sola, al frente de su grupito de músicos, todos color de caña de azúcar igual que ella, todos ojos grandes y oscuros y llenos de misterios de la vieja Cuba, eran capaces de hacer sentir la música dentro hasta a las ratas de los callejones. Nadie podía ser indiferente a su sonido. Nadie, y Aitor no fue una excepción.

            Durante todo aquel verano fue, noche tras noche, a ver actuar a Alodia. Si algún día lograba tocar con la mitad de arte que ella lo hacía, si conseguía contagiarse de aquella manera de interpretar, sus expectativas se verían colmadas. Pero quiso más, porque noche tras noche esa forma que ella tenía de hacer vibrar las notas, aspirando en su pecho magro y oscuro el aire del club para llenarlo de su magia, haciéndolo pasar por el instrumento y liberándolo convertido en esa música única, hacía que Aitor desease tenerla más y más cerca. Anhelaba respirar ese mismo aire que salía de la campana de su saxo, y después deseó tocar aquellas manos, y besar aquella boca, y ser él un instrumento musical para que ella lo hiciera sonar del mismo modo. Se enamoró de aquella mujer de chocolate que le doblaba la edad como poco, porque en ella no veía carne, ni años, ni canas. Solo veía arte, música y embrujo.

            Le dijo que no cada noche, pero él volvió a la carga la noche siguiente, y la siguiente. No escuchaba las razones de ella, le daban igual. “Toquemos juntos, Alodia. Tú con tu saxo, yo con el mío. Improvisemos, juguemos, sintamos. Enséñame a fundirme con tu música, muéstrame el secreto”. Al fin, curiosa, sabia y febril, apuró su copa de ron viejo de Habana vieja y le siguió. “Una noche solamente, estudiante. Después, volverás a España y seguirás tu vida. Yo solamente vivo en la oscuridad, pertenezco al club en el que trabajo de tal forma que a veces me siento como parte del mobiliario. No sé hacer otra cosa que tocar, vivo para ser jazz, yo ya nací vieja, como esta ciudad. Tú necesitas horizontes, y yo soy carne de isla diminuta. Apréndeme, enséñate, y luego vete”.

            No hablaron más. Tocaron, improvisaron, se enredaron. La fusión latina y el ritmo se confundieron entre notas, dedos, labios, brazos, piernas, humo y ron. Con el alba, después de aquella sesión irrepetible, Alodia se esfumó dejando sobre la almohada, junto a la cabeza del joven agotado, el colgante que llevaba siempre sobre su pecho. Ese trozo de plata cincelado a mano es lo único que le dice a Aitor cada día que aquella noche existió de verdad, que no fue un sueño producto de los cubalibres y el humo de los habanos.

            Muchos le preguntan dónde aprendió a tocar de esa forma. Él siempre contesta que un fantasma de la Habana vieja le contagió su embrujo colgándole del cuello un amuleto de plata. Y, como los buenos cocineros con sus recetas magistrales, se calla los detalles escondiéndolos tras media sonrisa.

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