jueves, 7 de noviembre de 2013

EL TEATRILLO DE GUIÑOLES


         En el cuarto de juegos de Eduardo había un teatrillo de guiñoles. Ya estaba en esa habitación cuando sus padres compraron la casa, y el niño al principio no le hizo mucho caso, aunque lo mirase con curiosidad cuando pasaba junto a él. En un baúl estaban las marionetas: el demonio, el héroe, la princesa, el viejo rey, el lobo, la bruja, el forajido malo… Pero no creáis que estaban quietos: cuando Eduardo estaba solo en el cuarto de juegos, si no se inventaba algún cuento para representar, las marionetas lo hacían solas. Para ellas era lo natural escenificar en aquel decorado de tela y cartón sus aventuras de engaños, amores, malos y buenos, brujas y demonios vencidos por el héroe, reyes que prohíben o que amparan, lobos que se apiadan de las ancianitas y las ayudan a cruzar la calle en lugar de comérselas con patatas… Eduardo las miraba, pero apenas se atrevía a meter la mano en aquellos guantes con cabeza, le daban un poco de miedo.

            A medida que el niño crecía, perdía poco a poco el reparo inicial hacia aquellos juguetes, e iba vislumbrando las infinitas posibilidades que le ofrecían: con ellos podía construir cuantos juegos quisiera, las normas solamente las ponía él, para eso el teatro de guiñol estaba en su cuarto de recreo. Así, el día que venía enfadado del colegio, jugaba a que el forajido malo era un profesor, y el rey, al que previamente despojaba de su corona para convertirlo en ministro, le quitaba las pagas extra y un porcentaje del sueldo. El figurado maestro protestaba, y entonces la bruja enviaba al demonio y al lobo a darle de palos al maestro con el rodillo de amasar de la cocina. Otros días, si estaba contento, casaba al mago con la princesa, y hacía un banquete de bodas divertido y original con el juego de café de su hermana pequeña.

            Cuando Eduardo cometía alguna travesura se escondía en el cuarto de juegos, sacaba las marionetas del baúl y esperaba a que llegara la reprimenda de sus padres. Entonces, en lugar de hablarles ni de disculparse, escenificaba para ellos en el teatrillo de guiñol su “particular explicación” de lo ocurrido. No había robado las galletas de su compañero de pupitre, como decía el director del colegio, sino que el héroe, que lo representaba a él, se comía las galletas del lobo, que hacía las veces de su compañero, porque al pobre lobito le daban alergia y de este modo protegía su salud. Así disfrazaba sus travesuras ante los demás con las más peregrinas e inverosímiles historias en las que él siempre era el bueno y los otros los malos. Él no había sido sorprendido fumando en el patio, el héroe había sujetado un momento el cigarrillo del demonio mientras éste se ataba las zapatillas. Él no había pegado a otro niño más pequeño, el héroe había defendido a la princesa del lobo malo que quería hacerle daño. Él no había cogido dinero del monedero de mamá, había sido el forajido, y el héroe no había llegado a tiempo de evitarlo, aunque sí de verlo.

            Llegó un momento en que Eduardo ya no hablaba con los demás. Solamente se expresaba a través de los guiñoles. Vivía en un mundo de mentiras, y las contaba tantas veces que al final casi llegaba a creérselas. Los muñecos, sin embargo, cada día estaban más enfadados con él. No les gustaba que los juegos inocentes del teatrillo de guiñol, pensado para aprender y entretener, se empleasen para manipular a los demás ni retorcer verdades. “No mentiremos más por ti”, le dijeron. “O juegas limpio, o no jugaremos más contigo”. Eduardo, que les necesitaba para seguir haciendo de su capa un sayo sin dejar de quedar como el héroe de la película, les amenazó. “Si no me obedecéis, estúpidas marionetas, os tiraré a la basura y compraré guiñoles nuevos”. Presas del miedo, la princesa, el rey, la bruja, el demonio y el forajido aceptaron sus normas. El héroe y el lobo no se doblegaron al chantaje del niño y acabaron en el contenedor amarillo.

            Durante un tiempo más, Eduardo usó el teatrillo de marionetas para contar a los demás lo bueno que era. Ahora la figura del rey le representaba a él (a falta del héroe, que se había convertido en un forro polar del Decathlón merced al reciclaje de plásticos), y seguía siendo el bueno, el salvador, el que todo lo hacía por ayudar a los demás. Pero lo cierto es que ya casi nadie le creía. Ni siquiera sus padres querían ver ya ninguna de sus representaciones. Había convertido la mentira en su modo de vida, las marionetas le obedecían por miedo, y nadie veía ya en él un héroe digno de confianza, sino más bien un forajido con disfraz de bienhechor.

            Cuando vio que ya no le servía a sus fines, Eduardo llevó el teatrillo a un solar y le prendió fuego. Y sus antiguas marionetas se sintieron por fin libres de aquel yugo del miedo que les vinculaba con Eduardo, libres para contar las verdades que escondieron, disfrazaron y callaron. Libres para mostrar la verdadera cara de aquel muchacho, esperando que al fin alguien le impusiera todos los castigos que merecía. Libres, pero sin teatro.
 

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