domingo, 10 de noviembre de 2013

¿QUÉ VOY A HACER CONTIGO?


            ¿Qué voy a hacer contigo? La verdad es que no he llegado aún a comprender tu actitud. Tú, tan dado a preverlo todo, tan planificador, tan previsor, tan de todo atado y bien atado… Menudo marrón tengo yo ahora encima. Y todo porque no te dio la gana de decidir lo que querías. Bueno, sí lo decidiste, pero tu solución era inadmisible. Nadie me hubiese perdonado si la hubiera puesto en práctica.

            Entiendo que aquel día en el médico recibimos un mazazo impresionante. Tú, porque te morías. Y yo porque me quedaba sin la mitad de mí, con los mandos de la nave y sin tu sabiduría a la hora de gobernarla. Ya sabes, siempre fui muy torpe para esto de los rumbos y las direcciones, incapaz de averiguar como tú lo hacías, al primer golpe de vista, dónde está el norte, el sur, el levante y el poniente. Tú tenías alma de Boy Scout, y yo la tengo de paloma mensajera discapacitada intelectual. Mi brújula no funciona, y ahora que te has ido me cuesta mucho encontrarlo todo. Pero no me quedan más narices que espabilar. “Fíjate bien en el camino que estamos haciendo, luego tendrás que hacerlo sola porque algún día quizá no pueda acompañarte”, me decías siempre. Creí que te referías a que estarías trabajando, u ocupado en algo ineludible, no a que ibas a morirte. Supongo que tú tampoco lo esperabas, pero mira, así de puta es la vida a veces.

            Sigo sin entender cómo pudieron ser tan canallas. Parece de chiste. “Caballero, cuando le operamos del menisco en esta reluciente clínica privada cometimos un pequeño error y le hemos contagiado de Hepatitis C. Es una cepa muy violenta. Visto su estado, le quedan a usted un par de meses. Vaya despidiéndose. Buenos días”. ¿Ves, cariño? Esto lo pones en “el club de la comedia” y triunfas más que la Coca-Cola. Si no fuera cierto, claro. Pero a nosotros no nos hizo gracia el chiste. Sobre todo a ti, que siempre fuiste tan optimista y tan templado, y yo creo que los dos meses se redujeron a uno porque el otro se lo comió el cabreo. Por eso, porque sé que cuando decidiste lo que querías que se hiciese con tus restos estabas poseído por la mala leche, es por lo que determiné no obedecerte. Siempre te he hecho caso en todo, pero esta vez no. Imagínate la cara de tus hermanos, de nuestro hijo, de tu padre, si salgo del crematorio con tus cenizas en una urna y al llegar a casa las vierto en el inodoro y tiro de la cadena, como tú dijiste. Coño, Víctor, que no eras un pez del acuario, que lo eras todo para mí. ¿Cómo se te ocurrió pedirme semejante cosa?

            Los de la funeraria me han dado muchas posibilidades. Colocarte en un columbario, ponerte un marco de fotos digitales para que tu sonrisa y nuestros momentos felices vayan desfilando uno a uno en cadencia de diez segundos. Caben hasta cuatrocientas instantáneas, se alimenta con fotocélula, una virguería. Pero no me ha convencido del todo: nuestros recuerdos no le importan a nadie, a tu muerte yo los heredo, son míos y del chiquillo, y de nadie más. Tampoco tiraré las cenizas al mar, tú le tenías alergia a la playa, casi más que a los gatos. Podría guardarlas en casa, podría enterrarlas en el jardín, hacerme un diamante con ellas… Me han ofrecido cantidad de soluciones, pero lo que yo quería, que era seguir durmiendo contigo cada noche y sonriéndote cada día, no me lo ofrece nadie.

            Ya sé lo que voy a hacer. Me han dicho que pueden repartir las cenizas en carcasas de pirotecnia, y por un módico precio hacer un bonito castillo de fuegos artificiales. Así, si invito a todos los que te queremos a ver el espectáculo, cuando disparen los cohetes tú te acercarás más al cielo, nos llenarás de luces y colores como siempre hacías, y el viento te repartirá sobre tu ciudad, la que tanto amaste y de la que nunca quisiste irte. Creo que esa es la mejor solución. Mucho mejor que la del váter, desde luego.

            Estos señores de los negocios funerarios se están modernizando como locos. Creo que no escribiré mis últimas voluntades de momento, porque para cuando yo me vaya seguro que han inventado un fin de fiesta espectacular, y eso es lo que yo quiero: que me veas llegar a donde tú estás como una reina, la primera vedette, la estrella. Tu estrella. Hasta entonces, ten paciencia, cariño, y no me olvides, que yo no lo haré tampoco.

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