domingo, 17 de noviembre de 2013

SOCIOS


            Se conocieron en la facultad, y se hicieron amigos inseparables. Ramón y Román eran dos tipos de esos que se parecen tanto como un huevo a una castaña, y sin embargo son las dos caras de la misma moneda: no se entiende el uno sin el otro. Los dos estudiaron informática, y los dos se equivocaron. Pensaron que era la carrera con más salida, pero no tenía nada que ver con su talento natural, ni con lo que realmente amaban hacer.

            Ramón era bastante introvertido. Era feliz con sus papeles y sus lápices, dibujaba todo lo que le llamaba la atención, y tenía un ojo impresionante para capturar, en cuatro rasgos, la esencia de un rostro. Hacía unas caricaturas espectaculares en segundos, llenas de gracia y con un estilo único e inconfundible. Llevar en la carpeta uno de los dibujos de Ramón pronto se puso de moda en la facultad, lo que le llevó a pensar que su futuro no estaba precisamente en los ordenadores, sino en su bloc y en su lápiz Staedtler del número 2. Román, por el contrario, era de lo más extrovertido. Tenía el ingenio ágil y la lengua afilada, sacaba punta a todo, hacía chistes de todo. Sus chascarrillos circulaban de boca en boca por el campus, y pronto se extendieron a las redes sociales. Ligaba como un loco porque sabía cómo hacer reír a las chicas, y no tenía reparo alguno en levantarle la novia a los compañeros, actitud que le granjeó no pocos enemigos.

Una mañana se sentaron juntos en la biblioteca de la facultad. Repasaban los apuntes para un examen, y Ramón, nervioso, comenzó a dibujar en los márgenes de las hojas que tenía sobre la mesa. Trazó la cara de la chica de la mesa de al lado, una rubia con gafas que enviaba mensajes sin parar con el teléfono móvil. Román se echó a reír al ver que la caricatura tenía, además de unas gafotas enormes, los ojos saltones y veinte dedos en las manos, que reflejaban la rapidez con que la rubia tecleaba en su teléfono. No lo pudo evitar, y con su bolígrafo escribió bajo el dibujo:

“Pues sí, tía, he descubierto que si mezclas un Red Bull con un litro de café no duermes en dos días y escribes muchísimomásrápido, asíquetedejoquetengomuchoqueestudiar. Adiósporfavorquealguienmepare, queyonopuedooseamevaadaralgo…”

Ramón, al leerlo, no pudo evitar echarse a reír. Acababan de hacer su primera viñeta.
 En unos pocos años, Ramón y Román vendían sus tiras cómicas a varios periódicos del país. De los textos y diálogos se encargaba uno, y de los dibujos se ocupaba el otro. Les iba bien como socios, ganaban bastante para vivir y no se podían quejar de la marcha de su empresa. R&R Humor Gráfico, S.L. presentaba, año tras año, balance positivo, y los dos socios percibían los beneficios a partes iguales. Ambos se casaron y tuvieron hijos, y continuaron trabajando así, uno con las ideas y los chistes, el otro ilustrando, hasta que Ramón comenzó a quejarse. “No me parece justo el reparto de beneficios que hacemos. Tú  imaginas un chiste, lo escribes y ya está. Lo que para ti son cinco minutos, para mí pueden ser dos horas de trabajo dibujando, desechando bocetos, borrando y redibujando, pasando a limpio y repasando a tinta, hasta que estoy satisfecho con la viñeta. No es proporcional el esfuerzo de los dos. Tú deberías disminuir el porcentaje de dinero que recibes y yo debería aumentar el mío”. Evidentemente, Román no estuvo de acuerdo. “Yo pienso mucho cada frase, no me brotan todas tan rápido como parece. Además, ¿qué dibujarías tú sin mis ideas? Las viñetas no tendrían gracia sin la parte escrita. ¿Tú inviertes más tiempo? Pues dibuja más rápido. No consentiré que cobres más que yo”. Discutieron durante días por ese tema, y decidieron disolver su sociedad y trabajar cada uno por su lado.

            No tardaron demasiado en dejar de recibir encargos de las revistas y periódicos con los que colaboraban; los dibujos de Ramón ya no hacían reír a los lectores, y los chistes de Román, sin caricatura ni ilustración que los coronase, tampoco contentaban a quienes antes admiraban el trabajo de R&R. Al fin, uno de los periódicos, en su sección de “cartas al director”, publicó este escrito:

            “Había una vez un cuerpo humano que vivía feliz. La mano derecha hacía las labores propias de un diestro, y la izquierda las de apoyo y colaboración necesaria a su hermana gemela. Pero la derecha sentía que, a pesar que el cuerpo las cuidaba por igual, sus obligaciones eran más importantes que las de su hermana. La izquierda no escribía, no peinaba, no era fuerte. Ella llevaba todo el peso, y por tanto debía ser mejor cuidada, recibir más sangre, más crema hidratante, llevar mejor manicura que la otra, y con esos argumentos reclamó al cuerpo más atención. Entonces, la izquierda, dolida, dejó de trabajar. Y la derecha se dio cuenta de que ella sola no podía coger las ollas, porque el peso la vencía; tampoco podía vestir al cuerpo con la misma rapidez, se le resistían los botones, no podía atar el pelo en coleta si no estaba la otra para sujetar la mata de cabello mientras ella enrollaba la goma. Ni siquiera podía pasar la hoja del libro sin que su hermana lo sujetase, ni enhebrar la aguja, ni atar los zapatos. Al fin, la mano derecha tuvo que reconocer que todo era mejor, más fácil y más perfecto cuando derecha e izquierda trabajaban juntas. Ahora solo quedaba vencer el orgullo, reconocer el error y zanjar el asunto con un abrazo. O con un apretón de manos, en este caso”.

            A Román no le hizo falta pensar mucho para adivinar quién había escrito aquella carta. Hay muchas maneras de pedir perdón, y no necesitó más para volver a abrazar a su amigo de tantos años. R&R volvía a ser una realidad, se necesitaban, se querían, y no estaban dispuestos a que un porcentaje les hiciese perder ese vínculo tan especial que les unía.
             El dinero es importante, pero no tanto como para dejarnos aconsejar por él.




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