lunes, 23 de diciembre de 2013

CUANDO YO ME MUERA


            Yo suelo decir que las cosas pasan porque tienen que pasar, y que, por chocantes o extrañas que nos parezcan, siempre se puede extraer de ellas una lección que después nos sirva. Está claro que, cuando uno es joven, no se plantea demasiado en serio lo que pasará cuando muera, pero de pronto te ocurre algo que te hace pensar: ¿qué es lo que quiero en ese momento? Pues lo que os voy a contar ha hecho que me formule esa pregunta, y desde luego, tengo clara la respuesta.

            Ayer por la tarde fui a ofrecer un concierto a un hospital. Bueno, fui yo y también otros cincuenta más, es decir, toda mi banda. Llevábamos dos intensos meses preparando las piezas que componían el programa; alguna de ellas, al principio, creí imposible llegar a tocarla a tiempo por su grado de dificultad, que distaba bastante de mi nivel como instrumentista. Pero, como no hay empresa que no se pueda alcanzar si se pone suficiente empeño, yo sé lo que he estudiado, lo que he practicado, los pasajes que he repetido, las pilas de metrónomo que he agotado y las cañas para el saxofón que he rajado en el intento. E igual que yo, por supuesto, todos mis compañeros. Yo sé los ensayos hasta las once y pico de la noche, con algunos músicos de diez y once años agotados ante sus atriles, pero soplando sus instrumentos por pura cabezonería de conseguir hacerlo bien. Yo lo sé, y todos los que tocaron ayer conmigo lo saben porque lo han vivido igual que yo.

            El año pasado ya se dio ese concierto en ese mismo hospital, y la experiencia fue tan gratificante que, desinteresadamente, decidimos repetir. Preparamos, además, un cargamento de juguetes y caramelos para los niños ingresados en la planta de pediatría. Con eso, con todos los atriles, toda nuestra percusión (incluyendo batería, bongos, timbales, bombo, marimba y muchos más artilugios), el piano y las sillas cargados en un camión, y una ilusión enorme, nos sentamos ayer a tocar para dar lo mejor de nosotros mismos y alegrar un poco estos días a la gente que está pasando un mal momento. Bonito, ¿verdad? Pues no lo fue para algunos, desgraciadamente.

            Todo se iba desarrollando bien, dentro de un orden. Habíamos comenzado a la americana, luego hicimos un medley de “El Fantasma de la Ópera”, que gusta a todo el mundo, y después la pieza estrella, la más difícil. Pasada esa obra, ya nada podía ir mal, todo lo demás era relativamente sencillo. Encadenamos tres mambos, con la percusión dándolo todo, y cuando íbamos a comenzar con las canciones navideñas, que eran solamente dos, vino una doctora a hablar con el director de la banda. “Terminen ya, por favor. Solamente una más”. Nos quedamos un poco sorprendidos, no sabíamos qué pensar, pero bueno, hicimos un villancico, y a pesar de los aplausos, ni completamos el programa ni hubo propina.

            Tardamos un rato en desmontar todo el tinglado y cargarlo en el camión. Comentábamos entre nosotros las posibles razones del incidente, pero sin saber exactamente qué podía haberlo motivado. Fue después, en cafetería, mientras tomábamos algo, cuando nos lo explicaron. En la primera planta del hospital, por lo visto, había alguien haciendo su último trabajo, es decir, entregando la vida. Cosa bastante frecuente, por otra parte, en un lugar al que uno va a nacer, a curarse o a morir. El pobre hombre (o mujer, que no lo sé ni me importa) no dijo nada, pero a la familia le molestaba que, mientras ellos se sentían mal, hubiese música cerca y gente disfrutando de ella. Se quejaron, insistieron, y al fin nos hicieron parar.

            No digo que no lo entienda. Yo he perdido familiares, algunos muy directos y muy jóvenes, y conozco bien el dolor de la pérdida. Pero también sé que, aunque en mi corazón todo se detenga por un instante mientras veo cómo esa persona se me va, es una falsa sensación, porque el mundo sigue andando, no se para. La muerte es parte de la vida, y el reloj continúa su tic-tac, mal que nos pese. A nuestro alrededor los demás ríen, aman, respiran, y no podemos pretender que todo se congele en el instante en que vemos morir a alguien a quien queremos. Puede parecernos frívolo, pero así es.

            Cuando ya nos íbamos para casa tropezamos, en la puerta del hospital, con los familiares. Habían salido a fumar (cosa que me parece que está prohibido por ley dentro del recinto hospitalario, pero esa es otra discusión que no cabe ahora) y, al vernos pasar, uno de ellos comentó: “estos desgraciados son los del escándalo de antes”. No le dije nada, pero me sentí mal, insultada, ofendida y muy, muy triste. No fuimos allí a molestar a nadie, sino a ofrecer alegría y nuestro trabajo, y nos miraron como si amargar vidas (o muertes, según se mire) fuera nuestro deporte favorito.

            Os he contado todo esto porque, después de madurar la experiencia de ayer, he llegado a la conclusión de que, cuando yo vaya a morirme, quiero que no pare la música a mi alrededor. Si alguien tiene que llorar, que lo haga, pero queda terminantemente prohibido que junto a mi lecho de muerte solo haya llanto y pena. Quiero el Do, y el Fa Sostenido, quiero la percusión y el viento madera, la cuerda, el metal, la tripa golpeada, el ritmo y la armonía. Y si no hay flores, que no las haya, pero canciones y melodías, por favor, que no me falten. Si alguna oportunidad tengo de morir tranquila e ir al cielo será con las alas de la música, así que, si alguien va a sentirse molesto por esa circunstancia ineludible que es mi último deseo, que sepa que no está invitado a mi despedida.

            Y antes, durante y después de ese último concierto, que la vida siga, que yo no soy nadie para detenerla.

 
 

4 comentarios:

  1. Bueno, bastantes cosas que decirte de esta entrada (y eso que estoy en el trabajo, pero como es mi ratito del te, lo aprovecho para leerte)
    Lo primero, para que eso pase, que tu mueras, espero y deseo, que pasen muchos pero que muchos muchos años. Pero sí, tienes razón, la muerte, inevitablemente y por mucho yuyu que nos de, es parte de la vida, es el final de la vida, y es real. Eso es algo que en Psicología vas aprendiendo poco a poco, a mí, me ha venido muy bien, porque le tenía y tengo mucho miedo, sé que debo perderlo, porque el miedo a la muerte, te hace tener miedo a vivir y eso, sí que no puede ser.
    Y estoy de acuerdo contigo, cuando yo muera, como tú, dentro de muchos muchos años, quiero música, adoro la música y nunca debe parar. La música hace que vibres, emociona, alegra, trae recuerdos, nostalgia....la música es vida y como dice mi "ídolo" Alejandro "que no pare la música"
    Y con respecto a lo otro, al "incidente", pues sí, cada uno tiene, obviamente, derecho a llorar a los suyos, pero, en la generosidad de cada uno, está el saber comprender que este hecho, no puede perturbar las vidas de los demás. Y lo que estabais haciendo vosotros, era una de las cosas más bellas que se puede hacer, dar amor y apoyo, a través de las notas musicales, a gente que lo necesita. Sí no fueron capaces de entender eso, y es más, si encima, se permitieron el lujo de insultar, a alguien que no conocían, y que no se molestaron en pensar, que estaban ahí por bien, y no para molestarles a ellos (por cierto a eso se le llama egocentrismo), me pregunto, si habrán sido capaz de dar amor desinteresado a la persona que estaba muriendo. Espero que así sea, por el bien de esa persona.
    Besazos cielo y nunca paréis de tocar

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    1. Gracias por tus palabras, Ana. Un beso y muy feliz Navidad para ti y los tuyos.

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  2. Me ha impactado esta entrada,aunque no es reciente, para mí sí lo es. Acostumbrándome a sacar jugo a tus historias, esta vivencia también me hace pensar que el mundo es muy egoísta. Entiendo la situación que viviste, yo también soy músico... Y respetando ambas partes puedes que necesite esos familiares un silencio y un momento de llorar el dolor y aún pudiese entender que la música dañe su interior (que no lo comparto). Sin embargo, de eso a menospreciar e insultar a personas que han estado trabajando y esforzándose para alegrar a unos niños en época navideña (tan importante para ellos), no les da ningún derecho. Hay quienes te miran por encima del hombro, sin respeto, prepotentes e intentar "destruirte" psicológicamente, no merecen ni un atisbo de respeto ni de que una misma se sienta mal, o se machaque por dentro. Esto es un equilibrio para todos, si quieres que te amen, ama; si quieres que te respeten, empieza tu primero a respetar; si no deseas que se aprovechen, no seas egoísta, etc... Como reflexión está bien, pero sufrir por personas que no lo valen, es un auto-flagelación. La vida sigue girando, no se para ante nadie, ni por ti ni por mí. Y por cierto opino igual que tú: quiero que del Do al Si, sigan sonando por siempre.

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    1. ¿Tú también eres músico? ¡Caramba, eres una caja de sorpresas! Un besete y gracias por compartir tu opinión.

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