domingo, 29 de diciembre de 2013

EL MUEBLE DEL SALÓN


            El niño tenía un nombre muy normal. Podían haberle puesto uno extranjero, como hicieron los padres de su amigo Doménico, que ya ves tú, si quieres ponerle Domingo, se lo pones, y ya está, pero andarse con sucedáneos “porque suena mejor”… es como llamarle Domingo, pero mal. También podían haberle colocado uno de esos nombres del castellano antiguo que tan de moda están entre las clases pudientes, al estilo “Rodrigo”, “Alonso” o “Martín”, pero como no iban a poder vestirle en plan “pijo Corte Inglés” de lunes a domingo (vaya, otra vez) y fiestas de guardar, tampoco lo hicieron. Por último, pudieron encasquetarle un nombre con “K”, que por los años en que él nació eran tendencia, pero ni Kevin ni Darko triunfaron entre la familia. Al final fue Miguel, como papá y el abuelo. Simplemente, razonablemente, hermosamente Miguel.

            Miguel creció querido por todos. Le gustaba curiosear cuanto estaba a su alcance; sus padres, de forma responsable, amén de los enchufes (auténticos imanes para los deditos infantiles), le vetaron con dispositivos de seguridad tres zonas: la de los medicamentos, la de los productos de limpieza y el mueble del comedor. Este último le atraía poderosamente, porque a través de los cristales de la vitrina podía ver multitud de objetos brillantes que habría querido tocar, chupar y golpear para comprobar su textura, sabor y sonido, pero eso era un tema innegociable. “¡AHÍ NO, MIGUEL, PUM-PUM AL CULO, NO SE TOCA!” No se toca. ¿Qué habría ahí dentro que fuera tan maravilloso como para que no pudiese ser tocado?

            En el trayecto de su propio crecer, Miguel intentó muchas veces violar el secreto de aquel mueble, pero no tuvo éxito. Veía a su madre sacar pastillas del botiquín, o abrir el armario de la limpieza buscando alguna botella de esos “venenos apestosos” que usaba para limpiar lo que para él ya estaba limpio, pero nunca la veía tocar nada del misterioso mueble. En su mente de niño se fue formando una idea de los tesoros que contendría: maravillosos recipientes brillantes, delicadas joyas que podían quebrarse con un soplo, como las pompas de jabón; quizá espadas samurái, tejidos misteriosos hechos con alas de mariposa cosidas entre sí, y quién sabe cuántas cosas más. Tendría que hacerse mayor aprisa para descubrirlo, ya que, por lo visto, solamente los mayores podían tocar aquellos prodigios sin dañarlos. Miguel se propuso a si mismo crecer lo más veloz que pudiese, obedecer y ser responsable, y así, un día, sus padres, que eran los reyes de su pequeño mundo, le abrirían la puerta de la cueva de Ali-Babá que era el mueble del comedor.

            A medida que cumplía años, esa fascinación iba disminuyendo: la vorágine del colegio, el fútbol, la video-consola y todas sus ocupaciones diarias hicieron que ya no pensara tanto en ello. Además, la vida le había ido ya enseñando que la magia de la niñez se esfuma como por encanto a golpe de tarta con velas. El desarrollo corporal le daba privilegios, pero también creaba a su alrededor un agujero negro en el que desaparecían las cosas que le ilusionaban: el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos, Papá Noel, el abuelo Miguel…

Hace dos meses, Miguel cumplió diez años. Una mañana de sábado, su madre le llamó y le dijo: “como ya eres mayor, hoy vas a ayudarme. Abriremos el mueble del comedor, sacaremos todo, lo limpiaremos y lo guardaremos de nuevo”. El brillo de la fascinación que un día había sentido por aquel mueble se encendió un poquito en su interior. Al fin iba a desentrañar el misterio. Imaginad su cara de chasco cuando de aquellos cajones, estanterías y vitrinas no salieron más que manteles, copas, platos, tacitas, soperas y cubiertos. ¡No eran más que cacharros de cocina! Se sintió decepcionado, enfadado, estafado. Acababan de robarle los restos de un sueño, pero no dijo nada. Ayudó a lavar y secar con cuidado cada copa, cada taza, cada tenedor. Dobló las servilletas una a una, pasó la bayeta a los cajones, le fue dando las piezas a su madre de nuevo para que las colocase en su sitio, y durante todo el proceso no dijo una sola palabra. Únicamente cuando hubieron acabado, cuando ya las puertas del mueble se cerraron de nuevo, le preguntó a su madre para qué guardaba todo aquello bajo llave si no servía para nada.

“¿Cómo que no sirve? Claro que sirve, Miguel. Son la vajilla buena, la cristalería de Bohemia, la cubertería alemana de acero con ribete de plata, los manteles de mi ajuar, el juego de café de porcelana china. Lo que me regalaron cuando me casé, son cosas muy caras, hijo”. Miguel se quedó mirando a su madre y lanzó la pregunta: “Si son nuestros y valen tanto, ¿por qué no los usamos? ¿No nos los merecemos?”

La madre quiso echarse a reír, pero no pudo. La pregunta era un dardo amargo viniendo de un niño tan pequeño. “Hijo, ¿y si se rompe algo al usarlo? Ya no se podría encontrar repuesto, el juego quedaría incompleto y perdería valor”. El niño, muy serio, respondió: “al menos lo que se rompa habrá caído en el cumplimiento de su deber, mamá. Una copa con la que no se brinda está muerta. Un plato en el que no se come es una tomadura de pelo. Un mantel sin usar es como una sábana vieja que ya no sirve más que para trapos de limpiar el polvo. Una pena. Toda mi vida pensando que tenía un armario de los tesoros en el comedor, y lo que hay es un montón de trastos inútiles. Menudo chasco”.

Esta Navidad, en la mesa de Miguel y de su familia se sirvió la comida en aquellos platos, se brindó con aquellas copas y se trinchó el pavo con aquellos cubiertos. Y se rompió una copa de cristal de Bohemia, pero no se abrieron los cielos ni se hundió el mundo. Lo único que ocurrió es que ahora hay una copa menos en el armario.

Disfrutar de lo que tenemos es una obligación, porque no hay ningún lugar mejor que “aquí”, y ningún momento mejor que “ahora”. No esperéis a que os lo tengan que decir vuestros hijos.

 

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