martes, 10 de diciembre de 2013

EL PAÍS IMAGINARIO


            Había una vez, en un rincón de quién sabe qué mundo, un país llamado Extraña. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, vaya por delante. Que luego dicen que si esto, que si aquello. No. Es un país imaginario, porque lo que pasaba en él no cabe en la cabeza de nadie que pueda ocurrir en un país real.

            Extraña era un lugar muy raro. Allí, durante mucho tiempo, un albañil que no supiera ni escribir correctamente podía ganar el doble que un maestro de escuela, más incluso que un ingeniero. Los que gobernaban, en lugar de estar al servicio del pueblo que los puso ahí para dirigir el país, se servían de la gente para ser cada día más ricos. Hacían leyes todos los días, pero sin discutirlas con nadie ni mirar el interés general, sino el propio. En Extraña se perseguía con dureza a los criminales, es decir, a aquellos que escatimaban las migajas del pan a los recaudadores de impuestos. Pero a quienes se comían el pastel entero y no daban a las arcas públicas nada más que el olor, se les besaba en la boca y se les enviaban flores de los parques públicos envueltas en celofán.

            En aquel imaginario país al revés llamado Extraña, muchos niños se iban a la cama sin cenar, como castigo al pecado de sus padres de, queriendo darles un techo digno, haber confiado en los banqueros para comprarlo. Así, lo primero en Extraña, antes que comer, era pagar los préstamos para que los bancos siguiesen siendo como los cerdos que se destinan a la matanza: gordos, lustrosos y cebados, mimados hasta el extremo. Pero el día de San Martín no llegaba nunca para ellos.

            El orden de prioridades no tenía allí ni pies ni cabeza. Así, un Extrañés sano que tenía trabajo pagaba mucho para mantener la sanidad, pero cuando se ponía enfermo debía esperar meses para ser atendido. En Extraña se hacían aeropuertos en cada esquina para enriquecer a los amigos, y luego no servían más que para criar conejos en ellos, porque aviones, lo que se dice aviones, ni uno. En Extraña hacían palacios de la ópera hasta en las aldeas, pero se ponían tan caras las entradas que los espectáculos morían antes de ser representados.

            La población extrañesa era cada vez más vieja. Sin embargo, la gente no se atrevía a tener niños porque no podía alimentarlos. Y, en lugar de ayudar a los jóvenes para aumentar los nacimientos, convirtieron un bebé en un auténtico bien de lujo, obligando a los osados que se atrevieron a tener uno a pagar sus vacunas a precio de caviar iraní para no verlo enfermar, subieron los impuestos a los artículos más necesarios para el recién nacido y eliminaron guarderías gratuitas y profesores en las escuelas, para dificultar al nuevo ser el acceso a una mejor educación e irlo convirtiendo, ya desde pequeñito, en un peón más de su sistema desigual y equivocado.

            Para mejorar aún más la vida de todos, en Extraña las fuerzas del orden dejaban fuera de las cárceles a los grandes delincuentes y estafadores, y metían en ella a los que protestaban contra las nuevas leyes promulgadas “para facilitar la convivencia y la tranquilidad de todos”, es decir, para seguir viviendo felices los gobernantes y sus aliados, sin escuchar el malvivir de casi todos los demás. Si un juez se acercaba demasiado a la verdad era expulsado de Extraña y difamado como escarmiento; la Justicia entonces se vistió de Dior, cambió la balanza por un bolso de Louis Vuittón y se fue a tomar el té al Club de Campo. Así, mientras la policía echaba a las personas de sus hogares en lugar de encerrar a los verdaderos ladrones, mientras se ordenaba cortar lenguas y coser bocas de quienes no aceptaban a ciegas todas sus órdenes, mientras se ponían impuestos hasta por disfrutar del sol, mientras se bajaban aún más los salarios de los de abajo, los extrañeses, que seguían aguantando marea, se dieron cuenta de que sobre su piel comenzaba a crecer lana, que ya no podían hablar porque de sus bocas solamente salían lastimeros balidos, que sus manos y pies mudaban en pezuñas y que la hierba de los campos les empezaba a resultar apetecible. Y lo que antes era un país de gente alegre y diversa se convirtió en un gran rebaño de ovejas, quedando a merced de los lobos.

            Qué país más raro esa Extraña, ¿verdad? Menos mal que esas cosas no ocurren en el mundo real. Beeeeeee!!!
 
 
 

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